Nudos de sal Capítulo 25 #4
49%

Capítulo 25 #4

—Primero, ambos nos engañábamos, Alfredo.

—Voy a replicar, pero Cora es más rápida—.

Y, por favor, déjame acabar. —Espera mi beneplácito, que llega en forma de una mano extendida y gesto de afirmación muy poco elocuente—.

Él me engañó primero. No me preguntes por qué lo sé, pero lo sé.

Nada más. ¿Fue ella la asesina? ¿Lo mató por despecho?

No. Sé que fue un affaire de un par de días.

Después Ramiro se echó atrás. Me enteré de pura casualidad, ¿eh?

Un amigo de un amigo los vio… En fin, la serie de casualidades que conducen a la verdad.

Primero pensé en reprochárselo, en mandarlo a la mierda.

Ya sabes, divorcio, rehacer mi vida…, y luego me dije: ¿qué coño?

, ¿por qué no puedo hacerlo yo si él ya lo ha hecho?

—¿Me estás diciendo que tirasteis por la borda unos treinta años de matrimonio por un ojo por ojo, Cora?

—Déjame terminar, por favor.

—Es que no lo entiendo. No lo entiendo. Lo siento, pero no lo entiendo.

—¡¿Sigo o no sigo, Alfredo?!

Bufo. Convencido en un porcentaje altísimo de no dejarla…, pero hay una parte de mí que necesita saber qué los había llevado a actuar así.

—Sigue.

—Conocí a un hombre. Alguien más joven que yo… Mucho más joven que yo.

—¿Cuánto?

—Más de veinte años.

—¡Cora!

—¡Venga ya, Alfredo! ¿Se te pone a tiro una niña de treinta o cuarenta y vas a decir tú que no?

—¡Obvio que diría que no! Estoy casado. Amo a mi mujer.

Sonríe con una tristeza infinita. Y, esta vez sí, el dolor de su alma me sobrecoge.

—El problema, Alfredo, es que yo no amaba a Ramiro…

Lo quería, claro que sí, pero no lo amaba.

El amor es el principio de las relaciones.

Los dos, tal vez los tres primeros años.

Lo que queda después es cariño, hábitos…

, pero no amor. Y sí, sé que discrepas —dice levantando la mano para frenar mi réplica—, pero yo lo siento así.

Me he dado cuenta ahora. Cuando conocí a este hombre entendí qué era de verdad el amor.

El sentir que te rompes por una persona.

Empecé a actuar como una colegiala. Nos llamábamos a escondidas, nos veíamos en sitios poco lógicos…

A veces quedábamos en Tui, en Salceda… Y por supuesto íbamos a hoteles a pasar noches enteras donde yo recordaba qué era ser mujer.

¿Sabes lo que es tener los cinco sentidos a disposición de alguien?

¿Sabes lo que es oler la pasión, mirar de tú a tú al deseo, acariciar al éxtasis, escuchar al placer, besar los lunares como si fueran un senderito al cielo…

? En una sola noche, una sola, Alfredo, volví a ser una jovencita de treinta años.

—¿Y por qué no lo dijiste, Cora? ¿Por qué no terminaste la relación con Ramiro? Hay mucha gente que se separa y no pasa nada. Y no me digas que él te engañó primero.

—Es que yo sí quería a Ramiro. Te lo he dicho. Pero lo quería a mi manera.

—Que querías las dos cosas y que fuiste egoísta es otra manera de decirlo.

—No, Alfredo. No lo estás entendiendo. —Se recoloca en la silla, pero no por incomodidad, sino para arrancar a hablar—. Yo quería a Ramiro. He dicho que no lo amaba, pero sí lo quería. Lo quería como compañero de vida, como padre, como amigo, pero no como amante.

—Entonces ¿todo se resume a una cuestión sexual?

—No… —Tuerce el gesto y matiza—. No del todo, Alfredo, encontré a alguien que me generaba el problema de que, siempre que lo besaba, me hacía falta un beso más…

¿Tú sabes lo que es dar con alguien que convierta tus arrugas en experiencia?

, ¿que bese tus complejos?, ¿que se recree en tus imperfecciones?

Te hablo de sentirse deseado. De la conquista.

Eso no puede morir, Alfredo. Y en nuestro caso murió…

—La frase quedó en suspenso, esperando un cierre que llegó en forma de pregunta—.

¿Sabes lo que es la teoría del aguacate?

—Recupera un tono más jovial, el habitual que usábamos los dos.

—Sorpréndeme. —Mi voz suena plana y automática. Todo me está pareciendo una excusa enorme.

—Es la teoría de una amiga. Imagina que a ti te encanta el aguacate más que nada en el mundo. Tanto que todos los días te lo comes para desayunar. ¿Te cansarías? Hablamos de desayunar todos los días lo mismo.

—Supongo que sí.

—¿Y pese a lo que te encanta el aguacate, si lo desayunas siempre, no te apetecería comerte, por ejemplo, un melocotón alguna vez?

—Te sigo. Y entiendo esa parte, Cora, pero no voy por ahí. No te hablo del plano físico. Eso no es lo más importante. ¿Querías a Ramiro como pareja? Y es una respuesta de sí o no.

—Se puede ser infiel, pero nunca desleal.

—¿Me vas a citar a García Márquez para justificar que te acostabas con otro?

—Yo nunca quise ser desleal a Ramiro, pero me enamoré. No lo elegí yo, Alfredo.

—¡Cora, por favor! —Hago un aspaviento demasiado exagerado con las manos. Incluso mi tono es más alto de lo normal. Acabo gritando en voz baja. Otra vez—. ¡Claro que lo elegiste tú! ¡Lo elegiste tú en el momento en el que te acostaste con ese otro tipo al que tanto proteges!

— E dalle con la protección… ¡Estaba en casa con su mujer!

Tomo aire. Mucho. Después lo expulso con la desesperación cerrándome los ojos. Trazos de un mismo pensamiento dibujan sus líneas por mi mente de manera fugaz. Cuando hablo tengo claro el concepto que quiero transmitirle a Cora. No voy a estirar más aquella discusión absurda.

—¿Sabes qué es para mí el amor, Cora? Es un hiperónimo.

—¿Qué es eso?

—Una palabra cuyo significado incluye el de otras. «Pájaro», por ejemplo, es hiperónimo de «gorrión» o de «gaviota».

—¿Y qué tiene que ver con el amor?

—Que yo lo entiendo como el hiperónimo del arte porque todas las palabras que lo componen respiran el mismo final: respetarte, besarte, abrazarte, cuidarte, amarte…

—Es que hablas del amor como si fuese algo previsible, pero precisamente a «amarte» y «amante» sólo las separa una letra. Es una distancia muy corta, Alfredo.

Entre nosotros se hace un silencio kilométrico.

El muro sólido sobre el que hemos construido nuestra amistad acaba de fracturarse de manera abrupta.

Por primera vez desde que nos sentamos, el alboroto que forman las risas de los niños, las opiniones de los pájaros con sus trinos, los motores de algún coche lejano y el ajetreo de las idas y venidas de los camareros es capaz de sobreponerse a la importancia de nuestra conversación.

En ese momento, las dos gaviotas se alejan y el gorrión se abalanza hacia la mesa colindante a la nuestra con tal ímpetu voraz que roza a Cora con una de sus alitas pardas.

Mi amiga, en un ejercicio de temple, agita los brazos despavorida e insulta al pajarillo al grito de «¡Imbécil!

». Obviamente nos entra un ataque de risa…

, y Cora quiere aprovechar el momento de relajación.

—Sí, he insultado a un pájaro. ¿Pagamos y nos vamos? —sugiere sonriendo.

Pero no. No va a ocurrir. No he llegado hasta ahí para tener una conversación filosófica sobre el amor y escuchar las justificaciones sobre la infidelidad a Ramiro. Yo busco respuestas, no la razón.

—No. No vamos a pagar. No he terminado.

—Pues yo sí, Alfredo. No quiero tener esta conversación contigo.

— ¡Me da igual lo que hicieras, Cora! ¡Quiero la verdad! Por culpa de ese hombre, Sonia amenazó a su padre y mi amigo, tu marido, fue hallado muerto poco después. Tú insistes en que no ha sido ella, pero puede haber sido él. ¡Así que dime quién es!

—¡No pienso darte un nombre para que vayas corriendo a la policía cuando ya te he dicho que no fue él! —Se levanta en un intento de conservar la dignidad que para mí ya ha perdido.

—¡Venga ya, Cora, por favor, venga ya! ¿De verdad la policía importa en esto? ¡No me jodas! Es que debería darte igual… ¡Si es que ni el investigador del caso podría hacerse cargo! ¡Está medio muerto en un hospital!

Se gira de pronto hacia mí. Pálida. Los labios bailan, intentando decir algo que no es capaz de abandonar su boca.

Trata de agarrarse al respaldo de la silla, pero este se vence y cae al suelo con todo su peso.

Me levanto como un resorte gritando su nombre.

Un camarero deja la bandeja corriendo en una mesa.

Una mujer de unos ochenta años y con un bonito fular en tonos marinos se levanta de su sitio disparada.

Ni las risas de los niños ni los trinos de los pájaros ni los motores de los coches lejanos ni el ajetreo de las idas y venidas de los camareros.

Nada es capaz de sobreponerse al repentino y agónico llanto de Cora Vilaboi.

Tiembla mientras sigue intentando hablar, incapaz de respirar ante las cascadas de amargas lágrimas que transforman sus ojos árticos en una lluvia de pena.

—¡Cora, Cora, Cora! —grito abalanzándome sobre ella. Protegiéndola con mi menudo cuerpo de quien ose acercarse.

—El… El… El policía… —Las palabras son apenas audibles. Tímidos gorgoteos impregnados de dolor—. El policía…

—¿Qué policía? ¿Que la llame? ¿Que llamemos a la policía?

—Teo… Teo…

No entiendo nada.

—¡Costas! ¡Sí, Teo Costas! ¡¿Qué pasa con él?!

—Mi amor. Mi amor… ¡Teo!

Siento el puñetazo directamente en el estómago. De hecho suelto una de las manos que sujetan a Cora para llevármela al pecho. No es posible. Aquello no es posible…

—¡Yo lo amaba!

Lanza un grito desgarrador. Una parte de su alma queda rota en ese lugar.