Nudos de sal Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

En silencio llegamos a la parte más alta de la península de Monterreal, donde habita el Parador de Turismo, un sobrio edificio que mezcla el castillo medieval con el palacio señorial gallego.

Según nos explicaron en esa visita guiada que hice con Cora tres años atrás para repasar la historia de la fortaleza, aquella fue, en su día, la plaza de armas de la villa.

Hacía siglos, la población residía dentro de la muralla, usándola como férrea defensa ante asedios y asaltos.

Paulatinamente, los baioneses fueron saliendo de allí y los años pasaron hasta que Elduayen, una de las personalidades más importantes del municipio, compró los terrenos y construyó su residencia veraniega en forma de palacete.

Posteriormente la vendió a un empresario asturiano, Ángel Bedriñana, cuyos herederos acabaron por recibir una buena suma en 1963 para que se levantase el parador, inaugurado en 1967 bajo el nombre de Conde de Gondomar.

Recuerdo ilusionado los trabajos de construcción que culminaron con aquella obra faraónica a ojos de un niño.

Años después, aquel pequeño celebró su banquete nupcial en el salón del parador.

De la mano de María José y con Ramiro y Cora en una de las mesas más cercanas, prácticamente como hermanos.

Ahora, tantísimo tiempo después, estoy en esa misma entrada con Cora, sin mi amigo y con la imperiosa necesidad de averiguar cosas que me viene exageradamente grandes.

El bar queda a la derecha de la entrada al edificio.

Hay bastante gente al ser verano, pero ni la última ni la penúltima mesa de la terraza están ocupadas.

Escogemos la más alejada. Así no tenemos a nadie al lado, salvo a dos gaviotas que roban frutos secos de un cuenquito todavía sin recoger.

Un pequeño gorrión sobrevuela también la zona, esperando a que las aves grandes se despisten y se alejen dejando desprotegidos algunos manjares que llevarse a la boca.

La panorámica de Nigrán, Playa América y Monteferro es impresionante desde allí. El camarero, un tipo espigado como un junco, cara de mala uva y pelo oscuro e hirsuto, nos toma nota de los dos blancos París que solicitamos.

No puedo esperar ni a que nos hayan servido.

—Lo sé todo, Cora…

—¿Sobre Antón? ¿Lo has conseguido? ¿Sabes quién mató a Ramiro?

—dispara las frases con asombrosa rapidez, omitiendo las pausas, conectando una palabra con otra, presa de la emoción.

No suelo pecar de elegir mal lo que digo, pero, viendo la cara de mi amiga, en esta ocasión tengo clarísimo que he tropezado.

—No me refería a eso —me disculpo con seriedad—. Me refiero a… lo tuyo. A todo lo tuyo.

Ladea ligeramente la cabeza. No tiene ni idea de qué le estoy hablando.

El camarero regresa con los albariños y la cortesía de ponernos olivas verdes y patatillas. Callamos con prudencia y esperamos a que nos deje solos para retomar. No me da tiempo a hacerlo, pues Cora se adelanta.

—Me dijiste que había cosas importantes que tenías que preguntarme.

He bajado hasta Baiona desde allí. —Estira el brazo señalando la masa de ladrillos de Cala Asterpot que se vislumbra a lo lejos afeando Monteferro—.

No quiero jugar a las pistas ni a los detectives, Alfredo.

Quiero saber quién mató a mi marido y por qué mi hijo se está comiendo el muerto.

Me siento vilipendiado y despreciado. Me dan ganas de preguntarle por qué no ha contratado a la famosa detective Nora Pardo en vez de pedirme algo absolutamente imposible.

En lugar de aquel reproche, trago saliva y barajo mentalmente mis cartas.

No es el momento más adecuado para atacar y sí para defenderse.

Sobre todo porque, diga lo que diga, va a suponerme un problema con Cora.

—No me preguntes cómo, pero he tenido acceso a los interrogatorios.

—¿A qué interrogatorios?

—A los que hizo Teo Costas.

—¿Cómo es…?

—No lo sé, Cora. No sé quién me los dio ni sé por qué lo hizo. Me llegaron en un USB por carta. Pero eso da igual. Lo he visto todo: tu conversación con Teo Costas, la de Antón, la de Sonia…

La cojo a contrapié. Se lo noto en las cejas arqueadas con sor presa y el rictus de pánico en los labios, apretados hasta ser sólo una línea en la cara rojiza y a punto de explotar. No dejo que se pronuncie.

—Eso me ha permitido imaginar una perspectiva en la que no había pensado hasta ahora, pero que es viable: ¿Y si la persona que mató a Ramiro fue un enemigo que él no conociese?

Espero una respuesta… que no llega. Por primera vez en muchos años, me aparta la mirada. Siento el engaño fluyendo furioso por mi sangre. Quemándome por dentro, hirviendo y ascendiendo de las ve nas al cerebro para contaminarlo todo. Nunca un silencio ha dolido más que una respuesta.

—He pensado que a Ramiro pudo matarlo tu amante, Cora.

Agacha la cabeza e inspira. La mantiene así un rato.

Callada y juraría que avergonzada. Antes de hablarme bebe un trago largo de vino, se pasa las palmas de las manos por la cara y se atusa el pelo con las yemas de los dedos.

Después saca una cajetilla de tabaco, extrae uno, lo prende y da una calada larga para acabar lanzando el humo en un suspiro.

Luego se echa hacia atrás y cruza los brazos, disgustada.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Tengo los interrogatorios. Ya te lo dije.

—La pelea…

—Sí. Antón le contó todo a la policía. Que os… —se me atraganta la palabra— os engañabais. Y que, al descubrirlo, empezó una discusión muy fuerte donde Ramiro se pasó contigo y tu hija se volvió loca. Según Antón, Sonia amenazó de muerte a su padre.

—Lo hizo, pero ella no lo mató. Venga, Alfredo, no me fastidies. ¿Sonia? Ya viste cómo está.

—No. De hecho no lo he visto, Cora. No he podido hablar con ella.

—Porque pasó lo de la caída de María José. —«La caída que nunca existió », pienso para mí—. Pero ¿y qué? ¿Sólo por eso ya sospechas?

—¿Cómo que sólo por eso? —Ahora soy yo el que retrocede contra el respaldo, extendiendo los brazos y con los ojos bien abiertos, estupefacto—. ¡Que su propio hermano la acusó, Cora! ¡Que la acusó Antón! ¡Que lo he visto! —Me está resultando imposible contener la ira.

—Sí, ¿y qué? Yo también acusé a Antón. No fui lógica.

—¿Y ahora sí lo estás siendo?

No responde a mi pregunta, pero sí es tajante.

—Ni Sonia ni Antón son asesinos, Alfredo.

—Bien, asumamos esa teoría. —Mi tono ha vuelto a ser sereno—. Regresemos a la inicial. ¿Y tu amante?

—Tampoco pudo ser él.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque aquella noche estaba en su casa con su mujer. Me envió una imagen.

—Nunca lo dijiste. Ni en el interrogatorio con Teo Costas. —Sonríe con sarcasmo. Sí, con sarcasmo, pero es una sonrisa al fin y al cabo—. ¿Qué te hace gracia? —La rabia está volviendo a corroerme. ¿Cómo osaba reírse en una situación así?

—Nada. Da igual. Pero no sé qué tiene que ver esto. Tenía un amante, ¿y qué? ¿Me convierte eso en una criminal?

—Cora, por favor. No insultes mi inteligencia. ¿Por qué esa persona no fue señalada?

—Porque no fue él, Alfredo. Ya está. Déjalo ahí. No fue él.

—¡No quiero dejarlo! —Grito más de la cuenta , lo que hace que un par de mesas ubicadas al principio de la terraza se giren a mirarnos.

Disimulamos como podemos. La conversación va subiendo decibelios, así que pasamos a gritarnos en voz baja.

Una de las maneras más ridículas de discutir, pero inevitable en un caso como este—.

No quiero dejarlo porque mi cabeza intenta encontrar un culpable que no sea Antón.

Y, sinceramente, me está resultando muy difícil, Cora.

¿Y si fue tu amante y estás encubriendo a un asesino?

—¡Que no fue mi amante, Alfredo, coño! —Gesticula furiosa, agitando el cigarrillo en la mano y creando involuntarios trazos de humo que zigzaguean por el aire.

—¿Cómo estás tan segura? Sólo dime cómo es posible que estés tan sumamente segura de ello.

—¡¿Otra vez?! Porque me envió una foto esa misma noche desde su casa. Y estaba su mujer. Estás queriendo criminalizar a alguien porque tenía una amante. Y, que yo sepa, tener un amante no te convierte en asesino.

—A ti te convierte en la persona que engañaba a mi amigo. Y por tanto en una mala persona.

Suelto el veneno y noto el alivio instantáneo.

Como un chute de endorfinas atravesando todas y cada una de mis conexiones neuronales.

Entre nosotros se hace un silencio desgarrador.

Breve y roto por un bufido que Cora lanza y que me recuerda a los que soltaban Marta y Elena cuando eran adolescentes y creían que lo sabían todo.

Hay en él juventud, chulería y mofa. Para redondearlo, da una calada al cigarro y habla mientras el humo abandona sus labios.

—No deberías juzgar algo de lo que no tienes ni idea, Alfredo. — Las palabras no son tan ariscas y duras como su tono. Me parece que incluso se le agrava la voz.

—¿Debo tener idea para juzgar una infidelidad?

—Sí. —Otra vez me sorprende con una inusitada soberbia.

El corazón me late desatado. ¿Cómo se atreve?

—Ilústrame para que pueda decirte a la cara, otra vez, que eres una mala persona y que me has decepcionado. —Y me inclino hacia ella, expectante.

Cora Vilaboi, que en este momento es la mujer de mi mejor amigo, bebe otro sorbo de vino.

Esta vez uno pequeño, medido. Veo cómo el líquido se desliza por su gaznate y cómo cierra los ojos, no sé si cogiendo aire o impulso.

Después resopla y se pasa la lengua por los labios.

Aplasta lo que queda del cigarrillo, al menos la mitad, en el cenicero.

Todo me parece orquestado, pensado y meticulosamente calculado como parte del show de lavado de cerebro que pretende hacerme.