Nudos de sal Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Me agarra del brazo y yo me dejo con galantería y caballerosidad.

Después dejamos atrás la Puerta del Sol y la Torre del Reloj, en cuyo punto más alto ondean tres banderas: España, Galicia y Baiona.

A nuestra izquierda, una fila de coches pegados al muro durante toda la subida evidencian que hay más turistas de los que debería.

—¿Sabes que precisamente viniendo hacia aquí me acordé de Sonia?

—¿Y eso? —Separa un poco el cuerpo, extrañada, pero no me suelta el brazo.

—De cuando eran pequeños y los traíamos a comer helado. ¿Te acuerdas?

—Como para olvidarlo… Menudas peleas tenían ella y Antón… —Sonríe con tristeza. ¿Cuánto daría Cora Vilaboi por regresar ahora a esas disputas?

—A ver si te crees que Marta y Elena no peleaban… —respondo intentando suavizar lo agrio del recuerdo.

—Sinceramente, no me acuerdo.

No. No puedo recordarlo porque mis niñas jamás pelearon en público. Y, si lo hacían, cortábamos de raíz la discusión. Era como una extirpación. Duro, agresivo, rápido… pero efectivo.

—Bueno, ¿por qué te está dando los días?

—Está muy tocada, Alfredo. Si ni ha ido a ver a su hermano a la cárcel. Va Natalia todos los días. Ya te lo dije.

—¿Y Mónica? —Recuerdo que Antón ni la ha mencionado en nuestra conversación.

—Tampoco. Creo que ya no están juntos. Ya tuvieron problemas antes de todo esto porque estaba convencida de que Antón tenía una amante.

«De padres a hijos», pienso. Tal vez no sea mala idea preguntarle por esto. Al final voy a tener que hacer una segunda visita.

—¿Lo supiste alguna vez?

—Antón nunca me dijo nada… Sinceramente, tampoco pregunté.

—Perdona, te he cortado. Me hablabas de Sonia.

—Sí, eso. Que yo la entiendo, de verdad que sí. Joba , soy consciente de que ha perdido un padre. Que no le pido imposibles, pero un poquito de…

—¿De qué?

—De alma, carallo . De ganas. De ánimo. De querer seguir.

—Cada uno lleva el duelo como puede, Cora.

—Ha pasado un año, Alfredo… Y sé que para ella es muy duro, pero no puede estar así. No duerme, apenas prueba bocado, lo dejó con el novio, apenas tiene amigas…

—¿Y por qué no llama a Elena o Marta?

—Porque no quiere ver a nadie. O sea, no me refiero a que no tenga amigas porque las haya perdido, me refiero a que no tiene amigas porque las ha descuidado.

Ni quiere ver a su prima Natalia, que es como otra hermana y está un montón de días en casa…

Bueno, mira el otro día. Te abrió ella, aunque luego no la vieses. Sonia es que ni hizo el amago.

El bocinazo de un coche nos obliga a parar.

Pasa por debajo de la Porta Real y de sus dos arcos.

Nosotros nos pegamos al muro antes del viraje ascendente a la derecha que hace la calzada.

Seguimos al vehículo pasando por debajo de la puerta.

Cora se gira a mirar el escudo que hay en el reverso de uno de los arcos.

—Diego Sarmiento de Acuña… —aclaro.

—¿Qué?

—Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar. Por eso está el escudo ahí.

Sonríe y bufa.

—Te juro que sabía que había algo, pero no recordaba la explicación… ¿Fue en la charla?

—Fue en la charla. Nos explicaron que esta era la Porta Real y por qué el escudo de armas de los Sarmiento estaba ahí.

—Es curioso, pero hay un montón de información que he borrado de la cabeza.

—No creo que sea el momento de torturarte con eso teniendo en cuenta cómo ha sido el último año, Coralista.

Vuelve a sonreír. Creo que los jóvenes llaman a eso desbloquear un recuerdo.

Año 1993, partida de Trivial asombrosamente reñida entre Ramiro y María José, por un lado, y Cora y yo por otro.

Antón y Marta dormían en las habitaciones del chalet de Cala Asterpot y los padres, copa en mano, dejábamos nuestra noche en manos del azar y los dados, picándonos por ver quién sabía más de cultura general.

Íbamos bastante parejos hasta que Cora empezó a acertar preguntas una tras otra.

Sin fallo. Ni el pobre Ramiro entendía cómo era posible que todos aquellos conocimientos estuvieran ya en su cabeza.

La apodé Coralista. Desde entonces siempre nos pedíamos como pareja de baile intelectual.

—Sonia tiene que seguir, Alfredo —retoma tras un minuto de ascenso silencioso—. Entiendo que ha perdido a alguien importante, pero no puede encerrarse así en sí misma. Es odioso y contraproducente para su propia salud.

—El tiempo es relativo, Cora. Tal vez no tenga capacidad para superar esto todavía. La sensación de orfandad que acompaña a la muerte de los padres es pegajosa.

—Sí, pero… Ha pasado un año.

—Claro, sólo ha pasado un año. Y tú quieres forzarla a superar algo que tal vez no supere.

—¿Que no supere? —La alarmo tanto que se suelta de mi brazo y se separa. No ha contemplado ese escenario.

—¿Y si sólo vive con ello? ¿Y si dentro de su cabeza hay un muro que no puede saltar?, ¿un río que no puede cruzar? Tal vez tú necesites que vuelva a su antiguo mundo, pero ¿lo quieres por ella o por ti?

—¡Por ella!

—Sé sincera, Cora…

—¡Por ella, joder! Bueno, y un poco por mí.

No puedo hacer esto sola. No puedo tener a Antón en la cárcel de manera injusta y que ella no reme a mi lado.

Ya te he dicho que el único apoyo que tengo en casa es Natalia, no ella.

Y con eso no me da, Alfredo. —Los ojos se le encharcan.

Es demasiado pronto para preguntarle sobre la infidelidad, las amenazas de Sonia, la discusión que había visto en el interrogatorio…

Y, por cierto, según el momento, dudo de Sonia.

Veo la culpabilidad, pero también la inocencia.

¿Qué clase de hija se pasa un año en esa especie de hibernación tras la muerte de su padre?

El recorrido del trayecto obliga a ascender cerca de las almenas, donde un camino salpicado con bancos de piedra regala la postal completa de Baiona: a la derecha parte de la muralla, majestuosa y altiva sobre la playa de la Barbeira; los barcos, aletargados, aguardando en el Club de Yates, y la villa pesquera, refugiándose tras el mar y creciendo sobre las faldas del monte da Groba.

A la izquierda, la frondosidad boscosa de Monte Lourido, el tapiz acuoso y glauco del Atlántico, encanecido por las estelas de los barcos que cruzan raudos ante un grupo aislado de bateas estratégicamente ubicadas frente a las playas de Portocelo, Área Fofa y Arribas Blancas.

Sobre ellas, Monteferro y la antinatural presencia de muros áridos de la urbanización Cala Asterpot abrasando el lienzo verdinegro.

—Oye, Cora, ¿y tú cómo ves a Antón? —pregunto mientras caminamos aún cogidos del brazo.

—La última vez que fui a verlo con Natalia lo vi… —durante unos segundos valora qué decir. Seguramente, por su cabeza cruzan varias respuestas. Al final opta por una palabra que yo no espero— esperanzado.

—¿Esperanzado?

—Le dije que ibas a sacarlo.

— Carallo , Cora… —Ahora entiendo esa decepción en la cara del hijo de Ramiro cuando le aclaré la petición de su madre.

—¿Y qué le digo, Alfredo, que va a pudrirse ahí dentro? Él no mató a su padre.

—No dije que lo hiciera, pero obviamente siento muchísima presión. ¿Y si sale mal? Y si…

—¿Qué?

—No.

—¡Habla!

—¿Y si descubro que sí que mató a Ramiro?

—No vas a descubrir eso porque no pasó.

—Ya… —Comprendo a Cora. Seguramente yo actuaría igual si fuesen Elena o Marta las acusadas de algo tan atroz.

—No lo mató, Alfredo. Pongo la mano en el fuego por él. Y tú también.

—¿Cómo no vas a hacerlo? Es tu hijo.

—Claro, ese es mi caso, pero ¿y el tuyo? Porque sabes tan bien como yo que Antón no mató a Ramiro. Sabes que no fue él. ¿No pondrías la mano en el fuego por mi hijo, Alfredo?

—Sí.

—Da igual qué me respondas. Sabes que no lo mató. ¿Y sabes por qué lo sabes? Porque lo conoces. No es por nada más. Conoces a Antón desde que nació y sabes que sería imposible que hiciera algo así. Y mucho menos a su padre.

—Cora, las pruebas…

—Me dan igual las pruebas. Ya me las sé, Alfredo. Me sé lo del señor de Oporto, la compra del cable… Me sé todo. Y, aun así, sé que no fue él.

Asiento. ¿Qué voy a hacer si no? Mi memoria trae al presente un libro estupendo que leí hace unos pocos años.

Se titula El dolor de los demás . El autor, Miguel Ángel Hernández, relata cómo en 1995 su mejor amigo asesinó a su hermana y se quitó la vida tras arrojarse por un barranco.

Él lo contaba casi veinte años después, y una de las aristas que más me fascinaba del libro era que la madre de la víctima y del presunto asesino seguía convencida de una historia increíble para no asumir la posible culpabilidad de su hijo.

Me destrozó esa parte porque me sentía identificado.

Podr ía ser yo si las niñas estuvieran en una tesitura similar. ¿Cómo voy a juzgar a Cora, entonces?

El eco de la última frase de mi amiga, ese «sé que no fue él» tan tajante, flota sobre nosotros neutralizando cualquier inicio de conversación. El vuelo de aquella aseveración categórica es peligroso y amenazante, pues puede caernos encima como una bomba si se demuestra que es errónea.