Nudos de sal Capítulo 25
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Capítulo 25

A LFREDO O TERO

Hago el viaje de vuelta desde la cárcel de A Lama en completo silencio.

Ni pódcast ni interrogatorio ni nada parecido.

Mis hijas están trabajando y a María José quiero contarle la conversación con Antón Rey cara a cara.

Me preocupan esos Ellos y por supuesto el peligro.

No puedo quitármelos de la cabeza, y se quedan instalados en un cuartucho trasero de mi cerebro, reservado solamente para las cosas capaces de inhibir mi capacidad de pensar.

Tras encerrarlos con llave y varios candados, me pongo a elucubrar sobre la novela.

Ir imaginando opciones acaba por amenizar la hora de viaje hasta que aparco en la puerta de casa.

Tal como bajo del coche, echo a andar hacia el punto donde he quedado con Cora.

Valoro llevarme a Nala, pero declino la opción.

Es una caminata larga y mi perra tiene artrosis.

La edad no perdona y acabaría siendo un suplicio para ella.

Ya le ha costado lo suyo recuperarse de aquel último paseo por Monteferro de hacía unos días.

Mientras la historia del asesinato de Lavandeira me acompaña, me deleito con el precioso trayecto que une Ramallosa y Baiona.

Decido ir pegado al estuario de A Foz. Ahí desembocan los ríos Belesar y Groba, y, cuando la marea es baja, puedo disfrutar de las gaviotas paseando entre la hierba o de las garzas blancas bailando sobre sus zancos negros.

Entre el océano y el estuario, una gran lengua de arena ejerce de ubicación privilegiada para el camping de Baiona y permite a los bungalows estar a pie de las dunas blancas de la playa de la Ladeira. Yo suelo ir allí a pasear con Nala, pese a estar prohibido.

Hago el camino pensativo y, sinceramente, algo perezoso.

No es que no me apetezca quedar con mi amiga, pero prefiero quedarme en casa tras lo vivido con Begoña y Teo Costas…

y el encuentro con Antón. Sin embargo, siento la imperiosa necesidad de preguntarle a Cora sobre esa infidelidad.

¿Y si ese amante se había cansado de compartir y decidió acabar con Ramiro?

¿Fue aquel asesinato un crimen pasional?

La teoría de una tercera persona, ajena a la familia, me impulsa porque hay dos vertientes: el amante de Cora y también esa posible tercera pata que se haya sumado a Ramiro y su hijo.

La posibilidad de escalar posiciones también tiene fuerza, aunque son pura especulaciones. Ni siquiera sé si es real.

Lo importante es cómo llegar hasta ese asesino o asesina. Si lo hubiera hecho el amante de Cora sería sencillo. Si era cosa de un narco, algún rey de la Fariña, tendría que conformarme con demostrar la inocencia de Antón, sin acusaciones.

Pienso en lo absurdamente enrevesado que estoy haciéndolo todo.

¿Y si únicamente estoy negando la realidad?

¿Y si todo este ejercicio de hilar interrogatorios, indagar en personalidades, en excusas y coartadas…

es realmente el rechazo a asumir que Antón Rey mató a su padre? ¿Me habr á mentido en plena cara?

¿Conozco casos? Sí. En España hay varios: el asesino de la katana, el asesino de Pioz… Hasta de algunos sucesos en el extranjero se han hecho series en plataformas digitales que yo he visto.

No puedo negarlo, la posibilidad de que Antón cometiese un parricidio es real.

Debo contemplarla porque existe. Más teniendo en cuenta que lo reconocieron comprando el cable metálico en una ferretería de Oporto.

Chisto en voz alta al darme cuenta de que no le he preguntado por ello.

Tal vez deba volver a verlo en unos días…

Él ha negado siempre haber entrado en ese sitio, pero había cámaras de seguridad grabando, un empleado que juraba que le cobró y que, además, lo hizo en efectivo. ¿Cómo se desmonta algo así?

Absorto en mis pensamientos he llegado prácticamente hasta Santa Marta, la primera playa de Baiona, frente a la única gasolinera del pueblo y donde aprovecho para comprar La Gaceta de Vigo .

La marea está bajísima, por lo que las boyas rojas y amarillas están a un par de pasos del agua.

Un grupo de chicos juega un partido de fútbol y el griterío se mezcla con los graznidos de las gaviotas y los coches.

Avanzo por el paseo, bien pegadito al mar, dejando a la izquierda los edificios de apartamentos Puga, llamados así porque antiguamente se ubicaba allí una fábrica de conservas de idéntico nombre.

Barcas y gamelas son acunadas por un Atlántico calmo y bañadas por un sol radiante.

El aparcamiento del puerto deportivo está lleno en esta época.

Un poco más adelante están la lonja y el paseo marítimo.

Empiezo a escuchar el bullicio desatado del verano baionés.

En la acera enfren tada al mar, las terrazas rebosan de cafés, batidos, gofres y helados en cucuruchos y tarrinas.

Por el lado por el que yo camino, el muro ele vado unos metros sobre el océano sirve de asiento a la infinidad de turistas y nativos que se han quedado sin sitio en las terrazas y disfrutan allí de sus dulces.

Muchos, muchísimos, veranos he sido uno de esos padres que contentan a sus hijas con un helado.

Ahora, décadas después, sigo invitándolas si pasamos por la zona.

No por una cuestión económica, sino por el recuerdo que me trae hacerlo.

Pienso en Marta, en Elena, en los paseos con cada una agarrada de una mano mientras con la otra saboreaban el manjar gélido.

Felices, ajenas a las preocupaciones. A veces incluso con Antón y Sonia, con Ramiro, con Cora…

¿En qué momento el tiempo se ha acelerado tanto?

Giro a la derecha una vez que llego a la Ribeira, dejando la playa bajo mis pies.

Es uno de los pequeños arenales por excelencia para la infancia baionesa.

De hecho, es adorada por los niños y rehuida por muchos adultos que buscan paz.

Yo mismo dejé de ir en cuanto las niñas se convirtieron en adolescentes.

Camino hasta la entrada de la fortaleza.

Espero durante cinco minutos a Cora, incluso veo su coche entrando en el aparcamiento de la Palma.

Pese a lo carísimo que es ese vehículo, no lo envidio.

Entiendo que no es más que la maldición de la fosa en la que se había sumergido Ramiro y de la que no le dejaron salir.

—¿Qué tal estás?

Sonrío, fraternal, mientras camino hacia ella con los brazos abiertos, inequívoca oferta de abrazo.

Tiene mejor aspecto que el día anterior.

Se ha enmarcado los ojos en dos rayas negras.

Los bloques de hielo de su mirada ya no se derriten en lágrimas amargas, aunque siguen abatidos y carentes de brillo.

—Cabreada contigo. —Deja que la arrope y devuelva el gesto, llevando las palmas de las manos a mi espalda—. ¿Cómo se te ocurre irte y decirme por mensaje que se había caído María José? Te habría acompañado… —asegura mientras se separa.

—Ni me di cuenta, Cora. Perdona. —Ella sonr íe. Yo sé perfectamente que no hay reproche en su voz—. Pensé que podríamos dar la vuelta a la fortaleza por la parte alta. Está menos concurrida y además está el bar del Parador. ¿Qué me dices? Paseo, buenas vistas y una conversación tranquila…

—¿De qué quieres hablar?

—Hay cosas que no te pude preguntar el otro día, Cora. Cosas importantes.

—¿Sobre Antón? ¿Has averiguado algo? ¿Qué tal la visita?

—Su tono va descaradamente cargado de impaciencia.

Es algo telúrico. Inevitable. La voz de una madre desesperada.

De una mujer necesitada de respuestas a dudas capaces de destrozar su propia existencia: «¿He sido una buena madre?

¿En qué me equivoqué? ¿De verdad puedo querer a alguien que mató a mi marido? ».

—Ha ido bien. Me ha pedido que te diga que te quiere. —Le arranca una sonrisa y yo prosigo—. También le he contado lo de las amenazas… Creo que debía saberlo.

—No quería preocuparlo.

—Lo sé, pero eso nos podría dar una idea de a quién nos enfrentamos. Él los conoce mejor que… yo. —Voy a decir «nosotros», pero luego recuerdo que Cora sabe perfectamente a qué se dedicaba Ramiro y no soy capaz de verbalizar la primera persona del plural.

—¿Y qué te ha dicho respecto a eso?

—Que es mejor que se quede en prisión. Por vuestra seguridad.

Mi amiga no dice nada más. Parece decepcionada con aquella respuesta.

Sé que le turba la idea de pedirme que siga adelante, pero, sinceramente, yo necesito hacerlo.

Dudo si volver a sacar esa idea de una tercera persona en la tesorería de los narcos, alguien que colaborase con su difunto marido y su hijo guardando el dinero de la droga.

Finalmente no lo hago porque quiero aprovechar esta conversación para incidir en la posibilidad de un crimen pasional. En su amante.

—A tu pregunta de si he averiguado algo: no todavía. Hay matices, detalles, que aún necesito que me aclares. ¿Me aceptas invitarte a un café?

—Suficientes problemas para dormir tengo ya.

—No es impositivo, mujer. Puedes elegir otra cosa.

—Con los días que me está dando Sonia, un gin-tonic…

—¿Está bien?

Y comenzamos a caminar hacia la parte alta de la fortaleza de Monterreal.

Un hombre bajito, de piel cetrina y polo azul claro, nos cobra dos euros para permitirnos subir desde la Puerta del Sol al Parador de Turismo.

Una especie de gabela al populacho que yo no pago por estar censado en Baiona.

Cora sí debe pagar, pues reside en Nigrán.

Hago amago de sacar la cartera, pero reacciono fingiendo una ofensa e insistiendo en que esa era mi casa.

La última vez que habíamos paseado por allí fue para una charla guiada con el cronista de la villa donde aprendimos unas cuantas características y datos históricos sobre la fortaleza de Monterreal. Han pasado tres años, pero yo seguía con el recuerdo de esa tarde en la memoria.