Nudos de sal Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Nunca había dejado las preguntas de cortesía para el final, pero tú mandas: imagino que tu madre te ha contado el encargo que me hizo, ¿no?

—Vas a demostrar que no maté a mi padre.

—Voy a intentar demostrar que no mataste a tu padre.

Antón sonr íe, burlón.

—Veo muy poquita confianza.

—Confianza tengo, pruebas no. Por eso estoy aquí. Porque creo que todo esto tiene que ver con vuestra vinculación con los narcos. La tuya y la de tu padre —aclaro con una estocada directa.

—¿Lo sabes?

—Todo. Me lo reconoció tu madre el otro día.

Antón Rey retrocede con gesto extrañado, dejándose caer contra el respaldo del asiento.

—¿Así sin más?

—¿Cómo que así sin más?

—¿Mi madre te dice a qué se dedica realmente mi padre mientras tomáis café? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

—No exactamente. Tu madre recibió amenazas el día después de que entrases en prisión.

Antón Rey se pone tenso, ladea ligeramente la cabeza y frunce el ceño. La mano que se apoya sobre la mesa se cierra en una pinza rabiosa.

—¿Qué amenazas?

—Un anónimo con una ortografía horrible donde le advierten que ojito con sacarte de aquí. ¿Tienes idea de quién pudo enviarlo?

Los primeros segundos me sostiene la mirada. Luego la aparta, pero el gesto ha durado más de lo normal. Cómo si dudase si contarme algo o no.

—No. No lo sé… ¿Dónde lo encontró?

—En el buzón. Se lo dejaron ahí. ¿Seguro que no sospechas de nadie?

—No. Ya te dije que no —ataja muy rápido antes de volver a preguntar—. ¿Quién lo dejó ahí?

—No lo sé —miento—, pero tu madre se ha asustado.

—Sí, tanto como para correr a pedirte ayuda.

No le devuelvo la sonrisa sarcástica que me dedica.

—Tu madre está desesperada y asustada. Y me vas a perdonar, pero te hablo como alguien que te conoce desde que estabas en la tripa de mi amiga: por un hijo se hace lo que sea, Antón.

Incluido pedirle ayuda a un jubilado que sigue aquí pese a descubrir que su mejor amigo desde que era un niño trabajaba para la Fariña.

Antón guarda silencio durante unos segundos. Veo en sus ojos el mismo atisbo de duda de hace unos segundos. Parece que esta vez sí va a revelarme algo. Antes de hablar, se asegura de que no hay más ojos que los míos puestos en él. Luego se inclina hacia mí y habla con la voz algo más baja:

—Alfredo, esa gente es peligrosa.

—Lo supongo. Son narcos.

—No. No sólo son narcos. Ellos no.

—¿Quiénes son «Ellos»?

—No lo sé. Pero insisto: son peligrosos.

—¿Qué me ocultas, Antón?

—Nada que necesites saber. Sólo te aviso: ándate con ojo.

—Gracias por el consejo. Ahora permíteme que te dé yo uno a ti: sé que sabes algo…, ¿por qué no haces un trato con la Fiscalía?

—¿No has leído el anónimo? Si canto, irán a por mi madre, a por mi hermana, a por…

—Aguardo, expectante, pero se contiene—.

Irán a por mi familia, Alfredo. No pienso ponerlas en peligro.

Ni a ellas ni su calidad de vida. Mi madre nos hacía creer que no lo sabía, pero tonta no es.

Por mucho que no ejerza como ingeniera de minas, nadie se saca una carrera así siendo retrasada mental.

Mamá sabía lo que había desde hacía tiempo, pero supongo que los billetes son la mejor mordaza.

—No es justo que cargues contra ella, Antón.

—Y no lo hago, joder, pero se hacía la tonta y eso es una puta mentira. Con veintitrés años llegué a casa con la ceja abierta y el labio roto. Le dije que había sido una pelea y se lo creyó.

—¿Y por qué no iba a hacerlo?

—Porque una vez cuela, pero cuatro seguidas…

—¿Ajustes de cuentas?

Asiente como respuesta antes de seguir hablando.

—¿Alguien va a creerse que por tener un bar de copas en Vigo, por muy bien que me vaya, voy a ganar semejantes cantidades de pasta?

—La hostelería da mucho dinero —justifico.

—Y la ignorancia también —contraataca Antón en un nuevo envite contra su madre.

—Me vas a perdonar, Antón, pero ¿en esto no te metiste tú solito?

—Sí, ¿y?

—Pues que me parece de tener una zona inguinal bastante grande culparla a ella.

—Yo no la culpo de eso. Los culpo a los dos de esa educación de mierda que me han dado. De querer siempre más, de ser caprichoso, codicioso…

—¿Y a tu hermana Sonia también se la dieron?

—No quiero hablar de Sonia. —Es tajante. De hecho, se echa sobre el respaldo, hastiado. Creo que en el fondo ni él mismo cree que su hermana pudiese matar a su padre.

—Pues hablemos de otra cosa: ¿qué sabes del robo en vuestra casa?

—No me jodas, Alfredo. ¿Crees que por dedicarme a lo que me dedicaba le robaría a mi propio padre? No tienes ni idea.

Lejos de achantarme, me envalentona la falta de respeto.

—Si va de ti, siempre hay justificación; si va de los demás, no tengo ni idea o no quieres hablar. Es una estrategia bastante egocéntrica, ¿eh? Como no me expliques las cosas…

—No quiero hacerlo. Me da igual lo que pienses. Yo no maté a mi padre.

Levanto las cejas, suspiro y me quedo callado mientras mira hacia abajo, pensando. Antón primero mantiene los ojos clavados en mí y finalmente los aparta para perderse en un análisis de la sala de visitas.

—Voy a obviar tu falta de colaboración en algo así.

Pero que sepas que la reacción de dejar todo como está ante las amenazas a tu madre me parece sorprendentemente cobarde.

Y te lo digo desde el cariño que te tengo por conocerte desde pequeño.

—Va a replicarme, pero no lo dejo—. Centrémonos en la noche del asesinato porque hay una cosa que no me cuadra: estuviste con tu primo Javier drogándote en la cocina…

, pero él dijo que te perdió de vista quince minutos. ¿Dónde estuviste?

—Recibí una llamada y tuve que atenderla.

—¿Una llamada de quién? Porque eso no figura en ningún sitio.

—Una llamada de trabajo.

Vuelvo a suspirar, a levantar las cejas y a cerrar los ojos. Este interrogatorio me está resultando agotador.

—Antón, esto puede ser mucho más fácil. Yo sólo quiero ayudarte, pero sólo me respondes con evasivas y así es francamente imposible.

—Una llamada de algo relacionado con lo mío, Alfredo. Una llamada de esas que hay que atender sí o sí. ¿ OK ?

—No, OK no, Antón. Puedo creerte o no hacerlo. También puedes estar mintiéndome y haber aprovechado esos quince minutos para matar a Ramiro.

Vuelve a cerrar los puños, furioso. Desde luego, este Antón Rey no es ni parecido al joven que yo conozco.