Capítulo 23
A LFREDO O TERO
Afortunadamente, Teo Costas no ha muerto. El monitor Holter ha sufrido una alteración por un dispositivo electrónico que ha enviado ondas, modificado los valores y provocado esa especie de colapso. Nos han hecho salir a todos de la habitación y nos han explicado que pasa en ocasiones muy muy raras.
Los médicos llegan a tiempo, tranquilizan a Begoña y nos informan de todo como si fuéramos familia.
Eso nos une algo más a ella. María José se muestra especialmente cercana y cuidadosa.
Es una mano amiga cuando más se necesita.
La pobre chica llama a su madre cuando ha recobrado la compostura para que vaya a hacerle compañía.
Regresamos a Baiona más tarde de lo debido, pero al ser verano las horas de sol son más extensas.
Durante el camino llamamos a las niñas. Ambas están en casa y nos tranquilizan asegurando que ha sido un día de lo más relajado.
Al colgar, se hace entre nosotros un silencio incómodo. Sabemos qué piensa el otro.
—¿Hay algo más que podamos hacer para protegerlas?
—Contratar seguridad privada. Pero no sé…
—Digo una idea de verdad, Alfredo.
—¡Era una idea de verdad!
—¿Cómo vas a ponerles seguridad privada a las niñas? ¡Eso llamaría todavía más la atención!
—¡Pues no sé qué hacer, María José, coño! Ya has visto lo que le han hecho a Teo Costas. ¿Y si son los mismos que te amenazaron?
—Alfredo, que estoy de tu parte…
Mi ceño fruncido se alivia. Curioso que haya tenido que recordár melo para que deje de atacarla. Sólo busca alguien con quien descar gar mi rabia e imagino que el amor, o una de las partes feas del mismo, lleva implícita esa injusticia.
—Perdóname. Es que… me pone muy nervioso pensar en…
—No lo pienses. Creo que lo mejor es que vuelvan a vivir con nosotros.
— ¿Seguro que no es mejor lo de la seguridad privada? —La broma le arranca una sonrisa. No la más amplia, pero una sonrisa al menos. Tras disfrutar de ella, continúo—. Pero es que no van a querer, cariño… Y con lo rara que está Elena últimamente, me da yuyu hasta sugerirlo.
—¿Se te ocurre otra cosa?
—Que no estén solas. Nunca. Al menos hasta que eso pase. Tienen a Iago y a Nacho. Y, si van a quedarse solas, nosotros vamos a por ellas.
Ahora María José sí que se ríe con ganas. Con muchas ganas. Y recuerdo que la risa de la persona que amas son las notas de la partitura de la vida.
—Igual que cuando te tocaba ir a por ellas a las discotecas: Basic, Ramallosa 2000, Villa Rosa…
—La de kilómetros nocturnos de carretera que me he comido por estas dos. Se bebían hasta el agua de los floreros y claro…
—Les echabas la bronca porque tenías que echársela, pero anda que tú no te ponías fino de joven.
—«La paternidad es lo más difícil que hay en la vida». Lo decía siempre Ramiro.
María José calla. Aún le apena hablar de él. Y eso que no tiene ni idea de su vinculación con el mundo del narcotráfico.
Tras cinco minutos donde el único sonido son suaves acordes del piano de Ludovico Einaudi, mi mujer rompe la tranquilidad resumien do la conversación que habíamos mantenido con Begoña. Después decide asaltarme con la gran pregunta que yo tanto temo:
—¿Tú tienes interés en ver lo que estaba investigando Teo?
La verdad es que sí, aunque no me lo he planteado hasta el momento en el que Begoña lo ha dicho.
Tal vez allí encuentre no sólo la clave para aclarar la inocencia de Antón, sino auténticas piedras preciosas que engarzar en mi novela.
El problema es que no puedo decirlo de forma tan clara, así que esquivo la pregunta como puedo con medias verdades.
No le convencen mis argumentos, pero no dice nada.
Supongo que, igual que antes, ahí entran en juego las décadas de matrimonio y convivencia.
El aprender que no puedes controlar todo lo que hace tu otro cincuenta por ciento.
El océano queda a nuestra derecha, pero no lo vemos.
Las construcciones de casitas, naves industriales y pequeños negocios lo tapan.
Vemos algún chalet en la zona de Nigrán con el que otrora soñábamos.
Con arcoíris de hortensias azules trepando por puertas metálicas correderas de las casas.
Con paredes de piedra gris desgastadas por el paso del tiempo.
Recordamos el pasado, cuando éramos novios y jugábamos a que la imaginación volase como un fénix hasta quemar los sueños para después verlos renacer otra vez más grandes e intensos.
El tono de la conversación va decayendo fruto del cansancio.
Pese a ello, tenemos tiempo para sentirnos afortunados porque tenemos más de lo que habíamos imaginado.
Sobre todo porque, conforme la vida avanza, el tiempo y la salud ascienden en la pirámide de priori dades: «¿Imaginas cómo será la graduación de nuestras hijas?
¿Imagi nas cómo será su boda? ¿Imaginas cómo será su embarazo?
, ¿su parto?, ¿nuestros nietos?, ¿la boda de nuestros nietos?
, ¿nuestros bisnietos?…». Y eso es lo que importa.
Ni las casas ni el coche caro ni el barco ni nada. La vida. La vida junto a los tuyos.
Lo que voy a decir a continuación tal vez os parezca de mala persona, pero antes envidiaba a la familia Rey Vilaboi.
No era una envidia malsana, nunca lo ha sido.
Pero es inevitable comparar y darte cuenta de que la vida les dio mejor mano a ellos que a nosotros.
Al menos al principio: mejor posición, más dinero, más lujos, mejor educación para sus hijos…
O eso creía yo cuando pensaba que el dinero puede comprarlo todo.
Tardé años en entender que los valores no se pueden pagar.
Ese pensamiento que me atraviesa la mente se bifurca en dos conceptos. Detenido en un semáforo, mis ojos brillan presos del amor hacia la mujer que tengo a mi lado.
—¿Qué? —pregunta sonriendo.
—Tú —respondo fascinado por la curva más bonita de su cuerpo. Luego me llevo su mano a la boca y la beso con dulzura. Un gesto habitual, repetido miles de veces a lo largo de las décadas y no por ello menos romántico.
Al reanudar la marcha, y aún aferrando la mano de mi mujer, vuelvo al segundo y odioso concepto: tengo que llamar ya a Cora.
Más que nada porque sé que al sentarme ya no habrá forma de ponerme en pie.
Me sugiere venir por la tarde, pero le pido que se acerque hasta Baiona a eso de las 13:00.
Así me dará tiempo a hacer la visita con Antón y volver. En este momento estoy exhausto.
Quedamos a la entrada de la fortaleza de Monterreal pegada a la playa de la Ribeira. No es un trayecto de más de veinte minutos desde mi casa.
Beso a mis niñas nada más entrar. Mejor dicho, las abrazo. Mucho y bien. Con ganas. Como sólo saben abrazar los progenitores. Representando en un gesto amoroso que la palabra inefable se inventó para definir qué sienten los padres por sus hijos.
Caigo destruido en la cama. Ni tengo ganas de leer.
Ni Roma ni historia ni nada de nada. Sin embargo, esta noche me despierto varias veces.
No recuerdo qué he soñado, pero sí que estaba Ramiro.
Desayuno rápido y, cuando sólo queda Nala, salgo en dirección a la prisión de A Lama.
Tengo poco más de una hora hasta allí si no cojo tráfico.
La cárcel por excelencia de Galicia tardó cuatro años en construirse y se inauguró en 1998.
Se hicieron muchos traslados desde la cárcel de Pontevedra.
Hay cientos de reos, algunos muy famosos por el carácter mediático de sus crímenes. Entre ellos, Antón Rey.
Os ahorraré los tediosos detalles del inicio de la visita, así como de la entrega de documentación, papeleo y avisos del funcionario de prisiones de turno.
Al entrar en la sala de visitas hay muchos presos recibiendo a sus familiares y conocidos.
Me llama la atención un joven de camisa de rayas y pantalones beige que habla con un tipo desgarbado y gafudo.
No parece una conversación agradable. Espero que la mía tenga otro cariz.
Antón Rey me espera sonriente, vestido con una su dadera gris y unos pantalones deportivos negros.
Lleva la barba cuida da, aunque tiene ojeras y ha adelgazado considerablemente.
Sus ojos siem pre han sido idénticos a los de Ramiro y la sonrisa también se parece, aun que tiene los dientes pequeños como los de Cora.
Es un híbrido perfec to entre sus padres.
Se levanta al verme y, con una amplia y cálida sonrisa, me envuelve en un abrazo.
—Esto sí que me dejó loco, ¿eh, Alfredo?
—Confío en que te dieran el aviso… Porque sé que esperabas a tu madre y a tu prima.
El hijo de mi mejor amigo extiende la palma de la mano hacia arriba, invitándome a sentarme en la silla enfrentada a la suya.
La mesa que nos separa es diminuta, en tonos claros.
Las paredes anaranjadas con puertas de madera de color huevo dan una sensación cerrada, lúgubre, contrario a lo que podría parecer por los tonos que las colorean.
—Me avisó mi abogado hace una hora o así —aclara mientras toma asiento. Se inclina para apoyar los antebrazos sobre la mesa y va directo al grano—. Cuéntame, ¿por qué ese interés en visitarme?
—Iba a preguntarte qué tal te adaptas y todo eso, pero supongo que lo considerarás un formalismo y una pérdida de tiempo.
—Llevo casi un año aquí, Alfredo. Mi entretenimiento es saber cosas de otros presos.
Mira, por ejemplo, ¿ves a ese tuerto de ahí, a tu derecha?
Está hablando con uno que creo que sale en la tele.
Pues a ese cabrón lo llaman el Chosco. Un pederasta de mierda.
Hace un tiempo mataron a su compañero de celda.
Castelo, ¿te suena? —Niego con la cabeza—.
Era de un clan narco. Da igual… Es que esto es lo único que me mantiene entretenido —hay resignación en su voz—, el resto es un puto coñazo, pero es lo que me toca.
Si quieres te lo cuento al final. Que en estas visitas el tiempo suele ir a toda hostia.