Nudos de sal Capítulo 22
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Capítulo 22

T EO C OSTAS

Pero ¿qué mierdas voy a morir? No, no. Ni de coña estoy muerto. Sigo conectado a la maquinita y la línea esa ya es normal. Ni pitidos ni nada. Es lo que coloquialmente se llama un chungo.

No sé qué coño explicó el médico. No le hice caso.

Bueno, ni a él ni a ninguno. Sí, soy de esa gente que se automedica y además me encanta.

Me esnifaría los medicamentos efervescentes si no odiase tan to la droga.

Pero vamos, que Alfredo Otero y su mujer estaban cuan do vino el fulano y aclaró por qué me había dado un parraque. Preguntadle a él.

Tenéis muchas dudas, ¿verdad? Normal.

¿Me caía bien Alfredo Otero? No. Mi mujer se equivoca. La quiero, pero es demasiado buena. A mí Alfredo Otero me ronca un huevo… ¿Qué? ¿No lo habías escuchado nunca? Frase cortesía de mi mentor, que curiosamente también se llamaba Alfredo… Pero no viene al caso.

Alfredo Otero me caía mal, pero era listo.

Y lo es. Sí, es cierto que dije lo de la prensa delante de Bego.

Lo dije porque es la realidad. Los periolistos de los cojones saben dónde y cómo pinchar.

Pues Alfredo Otero no caía; mostraba una serenidad, una paz…

Supongo que en el fondo habla la envidia porque es lo opuesto a mí, pero me parecía increíble.

Nunca lo pillaban a contrapié. Hablaba directo, sin tapujos, desarmando hasta a los opinadores estos de las mesas de debate.

A esos sí que les tengo manía. Está todo lleno de maestros liendre: de nada sabe, pero de todo entiende.

En eso me recuerda un poco a mi difunto suegro.

Si algo me da pereza de morirme es tener que volver a verlo.

Aunque vista mi forma de ser, tengo una parcelita bastante grande en el infierno.

No sé si me dejarán subir a visitarlo si la diño.

¿Que por qué sé que él está en el cielo?

Por favor, semejante meapilas. Hay que joderse.

Como ese no esté en el cielo, ya no sé ante quién tienes que arrodillarte para que te den hueco…

No era mal tipo mi suegro, y eso que teníamos nuestras diferencias.

Me llamaba Teodoro. De hecho, insistía en llamarme Teodoro.

Y yo, que soy muy comprensivo, empecé a llamarlo «anormal » cada vez que se equivocaba.

Fijaos qué curioso, que la segunda vez que utilicé su nuevo apodo recordó que yo me llamaba Teodomiro. Otra casualidad de la vida, ¿eh?

Murió hará unos cinco años. A mí me cogió de servicio y de noche. El buen señor estaba en un restaurante con su mujer, y el de arriba, al que le rezaba, decidió que se le cruzara en la garganta un trozo de carne…, y chao. Tanto rezo para morirte con setenta y uno mientras comes.

Bego lo pasó bastante mal. Se encerró mucho en sí misma.

Estuvimos cerca de dejarlo, pero sinceramente yo no fui capaz.

Para definir lo que siento por ella, suelo pensar mucho en la canción de un grupo que se llama Arde Bogotá cuya letra dice: «La salvación estaba dentro de un beso». Para mí, ella es eso. Fue mi salvación.

Me jode dejarla sola porque alguien decidió vengarse de mí. En el fondo es injusto que con todo lo que he sufrido tenga que escuchar a mi mujer llorando y no pueda hacer nada.

Cuando éramos pequeños teníamos una casa de veraneo en Meder, en Salvaterra do Miño.

La construcción en sí era más bien escasa: dos habitaciones, un baño, un salón con cocina americana y ya…

Creo que serían, no sé, unos cincuenta metros cuadrados como mucho.

¿Mis padres tenían pasta? Sí. Un huevo. ¿Podrían haberse comprado una choza más grande?

Obvio, pero es que lo que molaba de esa casita era el jardín y sus tropecientos metros cuadrados en pleno monte.

Fijaos cómo debía ser que mis padres nos tenían prohibido a mi hermana y a mí levantar las piedras por si había víboras.

Uno de los pocos recuerdos agradables que tengo con mi madre viene de esa casa. Era de noche y fue poco antes de aquello , así que tendría unos ocho o nueve años.

Estábamos solos los dos, mi padre y mi hermana ya dormían.

Yo me había enfadado por alguna gilipollez que ni siquiera recuerdo.

En una de esas frases de niño, mientras mi madre seguía intentando que yo comprendiese por qué me castigaba, le dije: «Es que es injusto».

Os lo imagináis, ¿verdad? Con esa voz de pito que tenemos todos a esa edad y hablándole de justicia a una mujer con dos hijos.

¿Sabéis qué me respondió? «La justicia no es justa ni injusta, es justicia».

Parece una frase mala de una peli de superhéroes, pero me marcó. Y no sólo porque sea uno de mis pocos recuerdos felices con ella. Me marcó porque es una mentira como un piano de grande.

¿Cómo que algo no es justo o injusto? ¿Por qué yo, precisamente yo, que he tenido una vida de mierda, tengo que perderme el nacimiento de mi hija?

¿Por qué yo, precisamente yo, que he crecido sin familia, tengo que morirme cuando voy a formar la mía?

¿Por qué yo, precisamente yo, no puedo amar a mi hija como deberían haberme amado mis padres a mí?

Sí. La vida es injusta. Y además es injusta de cojones. Es injusto que yo me vaya ahora porque alguien entró en mi casa y me atizó en la cabeza…

Un momento… ¡Las pisadas! Joder, eran tacones.

¡Lo recuerdo!

¡Hija de la gran puta, ya sé quién eres!