Capítulo 21 #3
—Cabrón es un piropo precioso, sí…
Sonríe. Tiene una sonrisa bonita, un pelín amarillenta. Supongo que del tabaco que se habrá quitado nada más conocer su estado.
—Conociendo a Teo, podría haber sido un halago. Decía muchos tacos. Era una de nuestras peleas para el futuro con la niña. Pero después dijo: « Es listo de cojones, Bego. Él controla a los periodistas, no al revés. Marca los tiempos de todo lo que dice».
—Bueno, nada como ser uno para saber cómo pensamos. Puse mi veteranía al servicio de los Rey Vilaboi. Nada más.
—No seguí tan de cerca la investigación como cree. Teo no hablaba mucho de eso. Es más, yo sólo sé lo que aparecía en La Gaceta o en la tele. Intentaba no involucrarme.
—¿Él lo estuvo?
—¿Involucrado? Muchísimo. Se pegaba horas y horas sin dormir.
A veces se iba a una casita diminuta que heredó en Meder y que utilizaba como retiro.
—Su memoria debe volar al pasado, porque casi parece seguir un recuerdo con la mirada—.
Vivimos en un piso pequeño en Príncipe, cerca de la sede del Celta.
Su despacho no es más que una mesa plegable que tiene en nuestra habitación.
Donde pone el ordenador y esas cosas. Se tiraba allí horas.
Al final, por comodidad, me pidió ir solo a Meder para pensar.
Veo la oportunidad para preguntarle más…
a la vez que veo la mirada de María José diciéndome que ese no es ni el sitio ni el lugar para querer saber esos detalles.
Antes os comenté que normalmente nunca tengo la sartén por el mango.
Lo bueno de ello es que aprendes a vivir sin que te importen ciertas cosas.
—¿Y por qué estaba allí tanto tiempo si lo de Antón lo tenía tan claro?
«Una vez más, si las miradas matasen, ¿eh, María José?».
—Ya le digo que ni seguí la investigación. Sé que Teo empezó a encerrarse muchísimo en sí mismo. Apenas hablábamos. Por aquel entonces ya estábamos intentando quedarnos embarazados…, y pensé que quizá fuese por mí, porque no quería tener hijos y no sabía cómo decírmelo.
Ahí, en mitad de ese recuerdo, me doy cuenta de que he metido la pata.
Estoy obligando a una mujer a adentrarse más profundamente en un pozo del que ya le cuesta salir.
Siempre me ha parecido curiosa la fragilidad de los recuerdos, capaces de disparar un torrente de dolor o mecernos en una explosión de felicidad en función de cuándo pen semos en ellos.
Tal vez, si Teo estuviese bien, si estuvieran pintando la habitación de la niña, montando la cuna o viendo con su hija una película, Begoña luciría una sonrisa al recordar cómo se enfrascó su marido en resolver el crimen de Ramiro Rey, y, sin embargo, ahora sólo siente dolor.
—Será mejor que nos marchemos ya, Alfredo. Por favor. —Nunca un «por favor» sonó tan a orden.
El móvil empieza a cantar en el bolsillo, rompiendo la tranquilidad de la habitación y también la paciencia de mi mujer, que vuelve a de dicarme una de sus miradas. Ya lleva tres caídas de ojos mortales. Me va a costar cara esa visita.
Salgo al pasillo y veo el nombre de Cora en la pantalla junto a su foto.
—¿Todo bien?
—Eso digo yo, amigo. ¿Está bien María José? ¿Necesitáis algo?
Lo he olvidado. He puesto la excusa de la caída de mi mujer.
—Sí, todo bien… Se ha asustado. A esta edad que tenemos, ya sabes…
—Uy, calla. El otro día casi me caigo yo y no veas qué susto. —Hay un silencio incómodo. Ambos tenemos la certeza de qué pregunta viene a continuación—. Oye, Alfredo…, ¿te dijo algo Antoñito?
Ahí está.
Sé que ahora estáis recordando la infinita cantidad de veces que os he dicho que siempre voy con la verdad por delante (y sí, sé que me repito), pero nunca antes he estado en una encrucijada similar.
Supongo que es en casos como este donde se ve cuán profundo han calado los valores vitales y sobre todo qué estás dispuesto a poner por delante de ellos. Yo lo tengo claro.
—No, no tiene las grabaciones. Por lo visto se destruyen cada dos semanas.
—Ya imaginaba…
—Pero oye, Cora, quiero hablar contigo de algo. Creo que es importante.
—¿Has descubierto algo que pueda ayudar a Antón?
¿Y ahora qué le digo? Porque la verdad es que no. No tengo absolutamente nada que pueda ayudar a Antón. Simplemente estoy viendo cómo el disfraz perfecto de mis amigos, los Rey Vilaboi, a los que considero mi propia familia, va cayendo lentamente.
—No estoy seguro —digo.
—El abogado te ha conseguido la visita con Antón para mañana a las 10:00 en la cárcel de A Lama… ¿Podemos quedar después? Así me cuentas también cómo has visto a Antón.
Acepto el trato. La despedida es corta. Diría incluso que algo fría.
Regreso a la habitación con la disculpa en el semblante arrepentido. María José me fulmina, Begoña no le da importancia.
—Nos vamos ya —ordena mi mujer.
María José le da dos besos a Begoña. Yo la imito. Y eso que no me parece el momento.
—Oye, Alfredo —me llama justo antes de salir por la puerta—, ¿tú quieres ver lo que estaba investigando ahora Teo?
No podemos irnos de la habitación. La máquina que monitoriza los latidos de Teo Costas empieza a pitar con frenesí. Los dientes de sierra de su línea vital son ahora una raya uniforme. Todos sabemos qué significa…
Teo Costas acaba de morir.