Nudos de sal Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—¿Alfredo Otero? ¿Es el portavoz de los Rey Vilaboi? —Asentí…, y fue como una señal de ataque—. ¿Qué se le ha perdido aquí? —La rabia contenida le brotó árida entre los dientes—. ¿Ha venido a regodearse?

—¡Por Dios, no! —saltó María José ofendida—. Si hasta le había comprado esta plantita.

La novia del policía la analizó, dudando si debía aceptar o no el regalo.

No sabía de dónde venía esa actitud, pero empecé a sospechar que lo que le había ocurrido a Teo Costas no había sido un accidente y era mucho más grave de lo que pensaba.

Finalmente cogió la maceta, la miró, murmuró un «Gracias» fútil y la dejó sobre un relieve que había a su izquierda, bajo el cartelito con el número de la habitación.

—No he venido a regodearme —tercié—, pero es que aunque quisiera tampoco podría hacerlo. Desconozco completamente qué le ha ocurrido a su… Perdone. No sé cómo se llama.

—Begoña —respondió con sequedad—. ¿De verdad que no tienen ni idea de lo de Teo?

María José y yo negamos. Al percibir la sincronización, empecé a plantearme que quizá un matrimonio con tantos años de convivencia adopta irremediablemente actitudes calcadas, similares a las de un ente unicerebral.

—Voy a por agua. Si quieren un café…

Comprendimos que se trataba de una invitación para hablar y la seguimos.

Bueno, yo la seguí. María José la sometió a un tercer grado.

Ríete tú de los interrogatorios: que si cuánto le quedaba para dar a luz, que si era niño o niña, que si tenían pensado el nombre, que si estaba preparada su habitación, que si su embarazo había sido bueno o malo…

Me sorprendió la cantidad de información que su cerebro fue capaz de recordar sobre los meses previos a la maternidad.

Entendí que esa era una de las razones por las que Dios había decidido que fueran las mujeres las que tuvieran hijos.

Imaginad que hubiésemos sido nosotros. Habría sido imposible que nos acordásemos con ese pósit que tenemos por memoria.

Una vez en las máquinas expendedoras, la invité a una botella de agua fría y por supuesto me agaché para extraerla de la boca metálica y entregársela. Me costó un poco levantarme y chirrié al hacerlo. Igual que cuando tuve que incorporarme cerca de Cora. Los sesenta y ocho no son muy discretos.

—¿De verdad no les dijeron por qué Teo está aquí? —preguntó mientras nos marchábamos. Sólo había una chica sentada en los asientos, pero entendí que quisiera privacidad.

—En comisaría sólo hablaron de un accidente. Nos lo dijo un tipo con la cara picada.

—¿Alto, con mala leche? —Asentimos—. Santiago Marín. Es el que resolvió el caso Verné Dupont en las islas Cíes junto con Nora Pardo y su compañero. Pero ni eso los salva. Son todos tan torpes… —Se pasaba la mano por la tripa, como si no quisiera que el bebé fuese consciente de su enfado.

—No fue un accidente, deduzco…

—No. No fue un accidente. Alguien entró en nuestra casa y atacó a Teo.

María José y yo nos quedamos petrificados.

—¿Cómo que atacó a…? ¿En su propia casa? —El tono de mi mujer mezclaba el asombro y el terror. No era la mejor historia para una madre de dos hijas que ha sido asaltada, amenazada y que lleva un año paranoica.

—Llamaron a la puerta, Teo abrió y lo golpearon con algo en la cabeza.

Los médicos… —Gimoteó, aguantando el llanto—.

Los médi cos no saben si saldrá… Ahora mismo está en coma.

Han tenido que operarlo. No los he entendido muy bien, pero parece que del golpe tiene el cerebro hinchado y han tenido que reducir esa hinchazón mediante cirugía.

No tengo la cabeza muy lúcida ahora mismo.

—¿Le suena craniectomía descompresiva? —Subió y bajó la cabeza despacio, en señal de afirmación—.

Es para evitar que un edema expansivo pueda dañar el resto del cerebro tras un traumatismo craneoencefálico grave —intenté explicarlo gesticulando con las manos—.

Se quita parte del cráneo para que el cerebro, hinchado, se expanda y el hueso no lo comprima y no haya presión. ¿Les han hablado de otra operación?

—Todavía no… ¿Por qué?

—Normalmente, en una operación así, el hueso que se extrae se conserva para una futura intervención cuando se haya reducido la inflamación.

—¿Es médico?

—¿Yo? —Sonreí, burlón—. Ojalá. Mejor me habría ido. Soy periodista, bueno, era. Lo que pasa es que leo mucho. Y escucho muchos pódcast.

—Demasiados —aclaró María José.

—Corrijo. —Levanté el índice en el aire, como un eficiente orador previa matización ante un público entregado—. No soy periodista, soy todólogo . Según mi mujer, claro. Porque dice que sé de todo.

Begoña me devolvió una sonrisa franca. Me dio la impresión de que era la primera que esbozaba con sinceridad en bastante tiempo. Había generado algo más de confianza.

La realidad era que sabía lo que era una craniectomía descompresiva porque a mi amigo Salva le pasó exactamente lo mismo tras sufrir un accidente de coche.

—¿Cree que lo ocurrido con su marido tiene algo que ver con Ramiro Rey? —pregunté.

—No. Sí. No estoy segura. —Ante nuestras caras, aclaró la decisión final—. No lo sé… Sé que alguien entró en casa y golpeó a Teo en la cabeza.

Había repetido lo mismo tres veces. Era más que evidente que es taba en shock.

Me parecía milagroso que no hubiera sufrido un abor to, visto lo ocurrido.

Mi cabeza funcionaba rápido y, en ese momento, ya había conexiones confirmadas por Cora entre Ramiro y el narcotráfico de las Rias Baixas.

¿Y si mi difunto amigo era una figura mucho más importante de lo que pensaba?

¿Y si el encarcelamiento de Antón había supuesto un problema para la Fariña y se habían tomado la revancha?

Sí, podía ser, pero entonces ¿por qué ahora?

Si de lo de Ramiro había pasado más de un año, y del encarcelamiento de Antón también…

, ¿qué había podido ocurrir para que ahora, justo ahora, los capos atacasen a Teo Costas?

—Begoña, ¿se llevaron algo de su casa?

—Nada. Por eso sé que fueron a por Teo… Entraron y lo…

— Aguantó el llanto como pudo, pero tuvo que sentarse en una de las sillas que había fuera de la habitación, en una especie de sala de espera cercana.

María José optó por cerrar aquel capítulo tras rodearla con los brazos. O intentarlo, al menos.

—No te molestamos más. Siento que tengas que pasar por todo esto. Y más en tu estado.

Se adueñó de nuestro espacio vital un silencio incómodo, roto por los sollozos ligeramente controlados de Begoña. El resto del hospital pareció callarse, solidarizándose con ella.

—Me he pegado dos días enteros buscando información sobre el coma…

—dijo de pronto. Comprendí entonces que esa pobre mujer necesitaba hablar.

Y además necesitaba hacerlo con alguien que no fuera de su entorno.

Supongo que a veces los extraños son los únicos que no nos juzgan ni nos compadecen—.

He estado meses buscando sobre el embarazo.

Tengo tanta información que no sé ni qué es real.

—El sentido común —atajó María José con contundencia. Eso la hizo sonreír y prosiguió con su discurso.

—Teo me decía lo mismo… —Las palabras se le atascaron.

Supe que no iba a tardar en llorar otra vez—.

Que si me iba a contaminar de información, que igual de malo es saber de más que saber de menos, que iba a volverme una maniática…

—Y se cumplió: estalló en un llanto amargo y crudo otra vez.

Hablaba hipando, como una niña en medio de una rabieta—.

Y de pronto me va a dejar sola para criarla…

María José volvió a demostrarme su saber estar y la agarró para atraerla a sus brazos. La estrechó contra ella pese a que la novia de Teo Costas le sacaba dos cabezas.

—No te preocupes. Llora. Llorar es bueno. —Lo repitió en un tono tan meloso que fue como escuchar las primeras palabras de una nana melódica y tranquilizadora.

Cobijada en el pecho de mi mujer, Begoña, la novia de Teo Costas, se liberó del yugo del miedo y la pena hasta quedarse completamente vacía.

Ante la situación tan difícil que la asolaba, era probable que rellenase pronto el tanque de lágrimas, pero de momento lo había vaciado y eso no sólo da tranquilidad, da lucidez.

—Perdón.

—No hay nada que perdonar.

—Ya, pero no es cómodo ver a alguien así. En fin. Decía que había leído mucho sobre el embarazo, pero llevo dos días leyendo todo sobre el coma y se supone que te escuchan. Eso encontré en una web.

—¿Le hablas? —quiso saber María José.

—Cada día. Le cuento del bebé, de la habitación de Antía…

—Bonito nombre.

—Gallego —repuso con chovinismo. Encogió los hombros, rebajando la ilusión.

—¿Notas algo en él? —se interesó mi mujer señalando la habitación.

—Todo… o nada. Ni lo sé. A veces tengo tantas ganas de que despierte que creo que ha movido un dedo, ha parpadeado…

—¿Le importa si…? —Indiqué hacia la puerta, solicitando el permiso. Me lo concedió mientras se acariciaba la tripa.

—Creo que en el fondo le caías bien —dijo mientras me seguía después de que la ayudáramos a levantarse.

—¿Yo, a Teo? ¿Por qué?

María José la dejó pasar primero adelantando el brazo con un gesto educado. Los tres entramos en fila india. La habitación estaba fría. Asombrosamente fría. Casi… desesperanzadora.

Me sorprendieron los cables, las máquinas y el aspecto robótico que le conferían a quien hacía un año me había interrogado en una sala de la comisaría de Vigo.

Ahora estoy en la habitación sesenta y cinco de la quinta planta del hospital Meixoeiro de Vigo contemplando el aparatoso vendaje que recubre la cabeza de Teo Costas. En el sillón contiguo a la cama hay una chaqueta de punto y nada más.

—Un día estábamos en casa viendo la tele —dice Begoña respondiendo a mi anterior pregunta— y apareciste rodeado de micrófonos…

—Hubo una temporada donde casi no podía salir a la calle. Afortunadamente para mí, la fama es veleidosa… —No debe coger la broma, porque ni sonríe. Simplemente sigue con el relato.

—… y Teo dijo algo así como «Ya está ahí el cabrón de Alfredo Otero».