Nudos de sal Capítulo 21
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Capítulo 21

A LFREDO O TERO

No es la primera vez que veo a alguien postrado en la cama de un hospital y no por ello deja de impresionarme.

El aspecto de Teo Costas es devastador e ingrato para un hombre que debe rondar los cuarenta.

Ahora se mueve en la fina línea que separa la vejez de la adultez.

Una edad indeterminada unida a la fastidiosa imagen de un cuerpo joven, denigrado por la bata de hospital, y ahora robótico, tomado por cables y tubos que se ondulan hasta las máquinas.

Para que comprendáis cómo he acabado en el Meixoeiro de Vigo, es importante retroceder al menos veinticuatro horas.

Justo después de la terrorífica revelación de María José, cuando aclaró por qué había estado tan sobreprotectora el último año.

El tonelaje del secreto la había hundido y, al liberarse de su indescriptible pesadez, había sentido la ligereza de la libertad.

Flotó hasta el jardín, donde la seguí cual perro fiel.

La tarde de julio era calurosa, de cielo limpio, sol radiante y aroma a mar.

La típica tarde de verano en las Rias Baixas que evidencia la falacia del «en Galicia siempre llueve».

La hierba brillaba bajo mis pies como briznas de esmeralda.

El muro gris de la casa de piedra se calentaba con la luz tibia del estío…

, y sin embargo el invierno se había cernido sobre nosotros.

Me acerqué hasta mi mujer. Miraba por encima de la valla una carretera de Baiona que en ese momento no era más que una serpiente gris reptando entre el océano verdoso del monte. Coloqué las manos en sus hombros con dulzura y apreté con confianza.

—Lo que hagamos ahora podría determinar la vida de nuestras hijas, María José.

—¿Y qué quieres hacer, Alfredo? No podemos hacer nada. Si avisamos a la policía… Lo único que queda es obedecer y esperar. —Pese al tono duro y hosco, no movió los ojos de la carretera.

—No, María José. Sí que hay que hablar con la policía. Claro que hay que hablar con la policía. Si no lo hacemos, las estamos dejando desamparadas.

—¡No, Alfredo! ¡Las estamos protegiendo! Sabía que no tenía que decirte nada… —Sus ojos pardos, vivos, inteligentes, se clavaron en los míos. En ellos sólo brillaba el miedo.

—Las estamos separando de los únicos que pueden protegerlas.

Si no confiamos ya en la policía, ¿qué nos queda?

—Obvié que yo mismo no confiaba en ellos y que estaba investigando la muerte de Ramiro por mi cuenta…

Y sí, siempre he ido con la verdad por de lante, pero los valores importan hasta que tus hijos están en juego.

—La certeza de que no han venido a por ellas en un año.

—Que nosotros sepamos, María José. No sabemos si las han vigilado. Estás confiando en un fantasma. Quizá su seguridad sea un espejismo.

Calló y apartó la mirada. La posó en el suelo y supe que estaba calibrando su decisión. Tanto el «sí» como el « no» podían ser peligrosos. Y ella lo sabía.

Durante sesenta interminables segundos sus lágrimas bañaron nuestros pies en un llanto mudo e incómodo.

Estrechándola entre mis brazos, sentí la fragilidad de una madre recorriendo su cuerpo menudo y también la indeseable vulnerabilidad que recubría aquellas lágrimas amargas e imposibles de olvidar.

Al alzar la vista encontró una presa a punto de estallar en mis párpados.

Resistí, estoico. Comprendiendo que uno de los dos debía aparentar serenidad y control, aunque estuviese aterrado.

Fue la primera vez que invertimos esos papeles.

Normalmente, la dura, la irrompible, era María José.

Entendí que, si en ese momento se había quebrado, mi obligación era ser su red de seguridad durante la caída.

Una vez calmada, optó por el sí. Hablaríamos primero con las niñas para que comprendieran la situación y después con la policía para poner en su conocimiento las amenazas recibidas.

Optamos también por revelar que María José había dejado la carta en el buzón, pero solamente se lo diríamos a Teo Costas, el hombre que nos había interrogado y que dirigía la investigación del caso.

Lo recordaba como alguien arisco, aunque competente.

Tal vez yo, si no conociese a Antón Rey, también me hubiese dejado guiar por las pruebas y un relato incontestable.

Fuimos a buscarlo a comisaría y no lo encontramos.

Aun así denunciamos y nos dijeron que se harían cargo tras unas tediosas preguntas.

Cuando quise saber por qué Teo no estaba, un bigardo con la cara picada, que se identificó como Nosequé Marín, nos dijo que Teo Costas estaba ingresado tras sufrir un accidente y que no molestáramos.

En un ejercicio de gallardía, vista la respuesta antipática que nos habían dado, María José pidió saber en qué hospital estaba para llevarle «unas flores por todo lo que nos había ayudado».

La respuesta, literal, fue: «En el Meixoeiro. ¡Y lárguense ya, coño! Que esto no son las páginas amarillas». Una contestación que, lejos de la intención desagradable, nos provocó una risa cómplice por lo antigua que sonaba.

No es que esté orgulloso, pero debéis entender que mis hijas estaban en peligro. Eso condiciona los actos y las decisiones de cualquier padre. Era Teo o nada.

Cruzamos Vigo en el SUV , todavía sucio por el baño de lluvia recibido al ir a ver a Cora.

El coche se había conectado automáticamente a la biblioteca de mi móvil y por los altavoces vibraba el virtuoso piano de Ludovico Einaudi interpretando su Divenire.

Era la música que usaba para relajarme. Parece que con María José también funcionó: estiró la mano con la palma hacia arriba desde el asiento del copiloto y yo solté una del volante para tomarla.

Colocamos la unión cerca del cambio automático y nos miramos. Fue ella quien habló.

—Sabes que todo va a ir bien, ¿no?

Cómo habían cambiado las tornas desde hacía un par de horas… La red de seguridad en la que me había convertido, destrozada por una vulgar frase.

—Sí. Sé que va a ir todo bien —mentí. Y debí hacerlo con tan poca convicción que María José, dándome un apretón cariñoso, volvió a insistir.

—De verdad que va a ir bien, Alfredo. Ya verás.

—No van a tocar a las niñas —sentencié.

Mi única preocupación en el mundo era esa. Sabía que en su caso era exactamente igual, pero a mí, en ese momento, me nació el machito que todos los hombres tenemos dentro. Y eso que, como se dice coloquialmente, no tengo ni media torta.

Tuve la fortuna de ver cómo una mujer encendía su coche a lo lejos, así que aceleré sutilmente, marqué con el intermitente y esperé a que saliese para estacionar.

No fue una maniobra de más de un minuto, pero sé que varios conductores pasaron a mi lado recordando a mis ancestros por tan pronta suerte.

Una vez en el hospital Meixoeiro, entramos en la floristería y compramos una planta.

Bueno, María José entró en la floristería y compró una planta.

Yo aguardé con la misma cara que ponían las niñas cuando eran pequeñas y, en la fila del supermercado, les decía que me esperasen porque me había dejado algo.

La planta era muy bonita, de hojas grandes y moradas y tallo fino pero consistente.

Mi mujer me explicó que se llamaba Anthurium lila .

Que se había decantado por ella porque tenía una estética que mezclaba la elegancia y la arrogancia, y que el color le transmitía calma y tranquilidad.

Que era equilibrada en los tonos. Después me preguntó qué me parecía…

, y yo respondí que era una planta morada muy bonita.

Si las miradas matasen …

Me obligó a sostenerla mientras sacaba el móvil y enviaba un mensaje con un tecleo frenético. Recibió la respuesta casi inmediata.

—Dice Rosiña que está en la quinta planta. Habitación sesenta y cinco.

—¿Eso no va contra la protección de datos? —pregunté, inocente. Rosiña era una amiga de toda la vida de María José. Estaba a sólo dos años de jubilarse como jefa de Medicina Preventiva del Meixoeiro.

—Le he dicho que un amigo nuestro había sufrido un accidente y que no sabíamos dónde estaba.

Es Rosiña. No va a hacer preguntas… Pero vamos a ver, Alfredo —recrudeció el tono, como si recordase que tampoco eran necesarias tantas explicaciones.

Total, sólo era su marido—. ¿Quieres decirle a ese policía lo que ha pasado o no?

Adoraba a mi mujer. Adoraba a mis hijas. Y por supuesto adoraba la capacidad que Dios me había concedido de comprender que en mi casa jamás tendría la sartén por el mango. Callé, asentí y caminé. El orden perfecto.

En la puerta de la habitación sesenta y cinco de la quinta planta, una joven embarazada hablaba por el móvil dando vueltas en círculos.

Nerviosa, tensa y visiblemente agobiada.

Llevaba un vestido premamá blanco, de tirantes anchos y caída holgada justo por encima de las rodillas, aunque eso no disimulaba la prominente barriga.

Calzaba unas zapatillas blancas marca Autry.

No es que haya estado nunca muy pendiente de la moda, pero conocía la firma estadounidense porque Marta también las tenía.

Supuse que sería la pareja del policía, aunque también podría ser su hermana… Calculé cuál debía ser nuestro siguiente movimiento. Y, mientras lo hacía, mi mujer se lanzó directamente. Viva el disimulo.

—Perdona, ¿eres la mujer de Teo Costas? —Se acercó con una delicadeza que ocultó el manojo de nervios que la dominaba prácticamente desde que me confesó la carta amenazadora hacia nuestras hijas.

La mirada fue de absoluto desconcierto. Primero analizó a María José y después a mí. Murmuró un «Ahora te llamo» y cortó la llama da.

—Hemos ido a verlo a comisaría. Un compañero suyo nos ha dicho que estaba aquí…

—Lo siento, pero es que no sé quiénes son. Teo no tiene familia. No ha venido por aquí mucha gente más allá de sus pocos amigos… Y son en realidad los míos. Y sí, soy su novia…

—Soy Alfredo Otero. Su marido y yo… Bueno, nos hemos visto un par de veces. La última por la calle. Yo iba con mi hija Elena. Pero no vengo por eso. Soy…