Capítulo 20
T EO C OSTAS
Tuve un profesor en la academia de Ávila, cuando entré para ser madero, que nos dijo que la clave para ser un buen policía es reconstruir.
La verdad que como consejo no es malo, aunque la frase es una mierda.
¿Reconstruir qué?, ¿un lego?, ¿un puzle?
La clave para ser un policía cojonudo, y ya os lo digo yo, que de esto sé un rato, es ser un pesao .
No más listo. Eso no tiene que ver. No es difícil poneros un ejemplo de compañeros que tienen menos luces que una patera y que triunfan.
Hace nada los estaban venerando en el cuerpo por «descubrir» lo del Pailán en las Cíes.
A Hollywood, y a mi chica, les encantan esas polladas donde un detective traumado con la muerte de su compañero crea un tapiz en la pared con fotos unidas entre hilos para descubrir al asesino.
Pero eso no sirve de una mierda. Bueno, a veces sí, aunque es mejor usar rotuladores.
Lo importante es: si quieres descubrir algo, usa el coco.
No hay más. Déjate de hilitos, apuntes y gilipolleces: PIENSA .
Las pistas están ahí, sólo hay que encontrarlas y deducir.
Os voy a demostrar lo importante que es pensar detallando algo que no os habían detallado hasta ahora.
Porque seguro que estáis convencidos de que Antón Rey es inocente, ¿a que sí?
Normal, estaréis escuchando la historia del pobrecito Alfredo Otero.
Tan digno, tan correcto, tan culto…, y sin embargo el muy imbécil se niega a ver la realidad.
¿Sabéis que un hombre identificó a Antón Rey en Oporto comprando el cable de acero con el que asesinaron a Ramiro Rey?
S í, ¿verdad? ¿Y eso no os parece suficiente motivo para daros cuenta de que Antón Rey mató a su padre?
Joder, si hasta arrojó el puto cable al mar…
Alfredito «el Justiciero» Otero os está convenciendo porque todo depende de quién cuenta «la verdad».
Yo, para todo lo referente a ella, prefiero optar por una práctica más propia de Descartes: lo único indudable, para mí, es mi propia existencia.
En lo relativo al resto, me cuestiono todo.
¿Qué?
A ver si os pensáis que Otero es el único que sabe leer y que fue al colegio.
Yo también lo hice, y hasta más o menos los nueve años fui un estudiante de la hostia, sacaba unas notas cojonudas.
Luego ya pasaron cositas como lo de perder a mis padres y mi hermana, irme con mi tía y su novio maltratador, escaparme de casa…
Esos detallitos que hicieron que no tuviera la cabeza muy pendiente de las mierdas filosóficas, pero algo recuerdo.
Aun así, no me interesa la filosofía. Me interesa que entendáis que toda esa pomposidad de Alfredo Otero (que habla de puta madre, no lo niego) está ocultando la realidad.
Yo sabía que Antón Rey era el asesino. Lo tuve clarísimo desde el primer momento. Pero sólo eso no sirve (por mucho que vuestro querido Teo tenga un piquito de oro para acusar a gente). Necesitaba pruebas y las encontré en Oporto.
Seguro que ahora Alfredo os contaría algo del cable para haceros dudar, pero dejad que os lo cuente yo: ¿sabíais que llevaba un trenza do típico de una empresa de fabricación de Borralha, cerca de Aveiro, y que comercializaba con todo Portugal?
Este Alfredo Otero… ¡Qué cosiñas se deja de contaros! ¿Por qué será?
Vuestro amigo Teo, que es muy listito, fue un paso por delante y, sabiendo que Antón Rey había viajado a Oporto con su novia, Mónica, la interrogó.
¿Y sabéis qué dijo ella? Que hubo un momento donde Antón recibió una llamada muy rara y le dijo que tenía que hacer una cosa.
Intuí que ese era el momento en el que había podido ir a comprar el cable, así que me acerqué a las ferreterías de Oporto cercanas al hotel donde el hijo de Ramiro se había alojado.
Y sí, hubo premio: un empleado lo reconoció e incluso me dio una grabación.
Y, ante vuestra duda de por qué coño va a irse Antón Rey a Oporto para comprar un cable de acero, la respuesta es obvia: para no levantar sospechas. El problema es que ese cabrón no esperaba que yo fuese hasta allí para preguntar. Eso es ser un buen policía. Ni puzle ni mis cojones.
Bien, una vez que tenéis claro cómo lo hizo Antón Rey para comprar el cable, es lógico que queráis saber cómo llegó a la piscina cuando había un cojón de gente en la fiesta, ¿no es así?
Aquí debo regresar a nuestra conversación anterior.
Esa en la que hablé de algo decisivo, imprescindible, clave…
Bueno, si no os acordáis tiráis p’atrás.
La cuestión es que todos los chalets de Cala Asterpot están conectados entre sí por un túnel.
Y esto lo sabe muy poca gente, pero, claro, el hijo de Ramiro era el tesorero de la Fariña…
¿Adivináis por dónde mete el dinero? Lo único que hace falta es no tener visión túnel.
¿Lo pilláis? Túnel… De verdad, tenéis el humor más atrofiado que mi cabeza.
Da igual. La cosa es que Antón desciende al túnel por el acceso de su casa, que conoce bien (no necesito deciros por qué), sale por la casa más cercana a la piscina, la de Cósima y Alberto, que, casualmente, estaban en la fiesta, y espera a que su padre se quede solo…
porque lo conocía. Eso es lo más triste de esta historia, que Antón se valió de lo mucho que conocía a su padre para asesinarlo. Un verdadero hijo de perra.
Y ahora, si me lo permitís, voy a seguir durmiendo. Menos mal que las aguas van volviendo a su cauce, porque esa historieta fantástica de salvación que se inventa Alfredo Otero es acojonante.
Joder, tanto hablar de Alfredo Otero y parece que lo oigo en el hospital.
No soy capaz de dormirme con ese timbrecito de mierda que tiene…
Un momento, ¿por qué oigo su voz… junto con la de mi mujer?
¡Joder, no! ¡Esto es lo último que tenía que pasar…
! ¡¿Qué coño hace Alfredo Otero en mi habitación? !