Capítulo 19 #2
—¡Pues claro que me sorprende! Supongo que como a ti. —Ahora sí, se acerca hasta mí, manteniendo sus ojos fijos en los míos. Eso me aplaca—. Y, además, no fuimos novios, Alfredo. —Sonríe, burlona—. Nos dimos dos besos tontos años antes de que tú y yo empezáramos a salir.
—Donde hay fuego quedan cenizas.
—Alfredo, por favor, que tienes sesenta y ocho años…
—¿Y qué?
—Pues que, con tu edad, igual es momento de no tener ciertos ruidos en la cabeza.
Me defiendo con un argumento irrefutable, dignificando sesenta y ocho años de conocimiento y lectura:
—Blablablá.
Tras la aguda burla infantil, guardo silencio, ligeramente avergonzado, pero me dura poco. Una oleada de furia me recorre el espinazo. Vale, tal vez he tenido un ataquito de celos absurdo…, pero lo de la carta es una absoluta evidencia. Lo he visto.
—¿Y qué me dices de la carta? La he visto… ¡Te he visto dejarla en el buzón, María José!
No responde.
—¿Te das cuenta de lo grave que es? ¿Te das cuenta de que coaccionaste a Cora para que no dijese nada a la policía? ¡Ellos podrían ser los asesinos de Ramiro!
—No lo entiendes, Alfredo.
—¡Claro que no lo entiendo, no me has explicado nada!
—¡Es que no puedo!
—¡¿Que no puedes?! ¡¿Cómo que no puedes?! ¡Que esto podría llevarte a la cárcel, María José, coño!
Mi mujer nunca ha sido de llanto fácil. Más bien lo contrario.
El llanto no va ligado a la frialdad de una persona.
Puedes ser un témpano, pero incapaz de controlarte.
Mi mujer es lo contrario: cariñosa, calurosa, cercana, pero no llora.
Mientras yo me emociono con cualquier tontería, ella mantiene el tipo en prácticamente cualquier situación.
Y sin embargo, esta mañana de julio, un año después del asesinato de mi mejor amigo, María José estalla en lágrimas incontenibles.
Me asusto cuando abre la boca intentando coger aire, como si le faltase.
Boquea como un pez, señalándose los labios mientras dos cascadas amargas le caen por las mejillas, empapando un sentimiento que todavía no es capaz de identificar.
Caminando hacia atrás, María José busca a tientas algo en lo que apoyarse y finalmente, agarrada a la encimera de la cocina, acaba dejándose caer al suelo, absolutamente devastada y rota. Liberada por fin de un año entero guardando un tormentoso secreto.
Yo sólo comprendo eso, pero necesito explicaciones. Desde luego si, como he sopesado antes, mi mujer es una fantástica actriz, está rozando el Óscar con esa interpretación.
Estira los brazos hacia mí y sólo entonces aprecio el miedo en un rostro contrahecho.
¿Qué la aterra? La abrazo antes de poder preguntárselo.
Permanecemos así diez minutos, aferrados como dos niños.
Cuando dejo de percibir el movimiento espasmódico que acompaña al gimoteo, la separo con delicadeza y sonriendo (actuando, mejor dicho) demando explicaciones.
Brotan en una voz trémula y apenas audible.
—¿Te acuerdas de la noche que me robaron los 75 euros?
—La noche anterior a que encarcelasen a Antón.
Asiento antes de continuar.
—No sólo me quitaron el dinero, Alfredo. No fue un robo. Eso lo hicieron para disimular. Iba paseando a Nala y acababa de colgar con mi hermana. Ya conoces esto, por aquí, de noche, no hay ni un alma… No vi que se acercase nadie. Salió de la nada. Ni siquiera…
—María José, tranquila…
Apoyo la mano en su hombro. Después la beso en la frente con ternura. Es mi forma de decirle: «Da igual todo, estoy aquí». Resoplo antes de continuar y bajo las revoluciones pese al evidente nerviosismo.
—Un tío salió de no sé dónde, se puso delante de mí con una pistola y encañonó a Nala.
—¿Y la perra?
—Gruñía. Pareció detectar el peligro, pero no se atrevía a ladrar.
Creo que, si lo hubiese hecho, me habría matado.
De hecho, amenazó con hacerlo si yo gritaba.
Me ordenó que atase la correa a la farola.
No sabía qué iba a hacerme, Alfredo… —No puedo contener más las lágrimas y dejo que broten con libertad, reviviendo un trauma escondido durante casi un año—.
Obedecí muerta de miedo y entonces sacó un cuchillo y me lo puso en el cuello.
Noté el frío del metal en la piel. Pensé que iba a matarme…
Entonces sacó un sobre de la chaqueta y lo arrojó a mis pies.
—La amenaza a Cora…
Mueve la cabeza arriba y abajo en señal de afirmación.
—Me ordenó dejarla en el buzón. Antes de irse, volvió a mirar a Nala y me dijo que le diera lo que tuviese en la cartera.
Le di los 75 euros. Y después… —Mi mujer comienza a hipar y temblar mientras sorbe por la nariz.
Las lágrimas siguen cayendo, aunque aún no son una cascada.
Yo intuyo que falta algo…, y es un golpe de gracia lo que rompe la presa—.
Después atravesó el dinero con la navaja y me dijo que imaginase que eso era el cuerpo de Nala.
—¿Cómo sabía el nom…?
No me deja terminar.
—Y me dijo que le haría lo mismo a Marta y Elena si avisaba a la policía…
La oleada de pánico se manifiesta en forma de arcadas. Ahora el aire está faltándome a mí. María José me agarra del antebrazo y con la otra mano me acaricia la mejilla.
Yo no hablo y la presa que contiene el llanto de mi mujer está desbordada, esperando a que yo reaccione.
Comienza a decir algo, pero ni una sola de sus palabras tiene sentido.
O, por lo menos, yo no las entiendo… Entre todo ese pandemonio inconexo de frases titubeantes, distingo una que repite como un mantra al principio y al final de cada cosa que dice:
—Tuve que hacerlo. Tuve que hacerlo. Tuve que hacerlo.