Nudos de sal Capítulo 19
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Capítulo 19

A LFREDO O TERO

Si la revelación de que Ramiro está metido en el mundo del narcotráfico como tesorero de la Fariña me ha parecido la decepción más profunda de mi vida, me resulta imposible explicar cuán inefable es la tristeza que siento ahora mismo.

Mi primer impulso es llamar a María José.

Para reprochar. Para atacar. Y el segundo impulso, al que hago caso, es dudar.

Tiene que haber algo que se me escapa. No puedo traicionar más de treinta años de matrimonio así como así.

Tiene que haber una razón, pero en ese mo mento recuerdo el noviazgo efímero que mantuvieron en la juventud.

¿Y si había pasado algo y me lo había ocultado? ¿Y si su amor no se había terminado? ¿Era eso una carta de despedida?

El viaje de regreso a Baiona lo hago en un silencio incómodo, sepulcral y enloquecedor para una cabeza que no para de darle vueltas a la idea de la traición y la decepción.

Sólo estaciono en una plaza de CARGA Y DESCARGA para grabarle un audio a Cora.

Hay que ser precavido. Despacho a mi amiga, asustada por mi rápida marcha, con la excusa de que María José se ha caído y dado un golpe muy fuerte en la rodilla.

Prometo la llamada de vuelta y envío el audio a toda prisa antes de incorporarme con precaución a la carretera.

Es entonces cuando reparo en que ya no llueve. Una diminuta isla azul se cuela entre la piedra gris del cielo. Dentro de ella, un círculo abrasador lanza rayos tímidos pero molestos sobre la carretera, obligándome a bajar el parasol mientras frunzo el ceño.

Mi cerebro pugna entre la duda y la certeza de que existe una explicación para todo. El problema es que la sospecha es como un faro en la niebla: brilla, te atrae, te guía…, pero cuando se revela hay rocas afiladas.

¿Estarán mis rocas esperando en Baiona, en mi propia casa?

He dejado todo para irme a hablar con María José. Ni la infidelidad de Cora ni la amenaza de muerte de Sonia a Ramiro… Ahora mismo, lo prioritario es María José. La «traición» de María José. Los porqués de María José.

Cuando llego a casa sólo está Nala. Me saluda efusivamente moviendo el rabo y enseñándome los dientes en una sonrisa tan fea como divertida.

El mismo silencio tormentoso que me ha acompañado en el coche ha asaltado mi hogar.

La claridad ilumina las habitaciones, edificadas sobre la base de toda una vida junto a mi mujer.

Sin embargo, siento que la sombra de la desconfianza va trepando por cada pared, impregnando cada cuadro, cada fotografía…

Me detengo a observar la copia de una imagen de nuestra boda (la original la guardábamos en el álbum).

Está anclada, torcida, en el marco del espejo del recibidor como la eterna declaración de amor de dos jovencitos.

La azotea de ese chico, ahora completamente despejada, luce un melenón castaño con raya a un lado.

Las gafas son grandes, de montura dorada.

La cara aniñada, contraste de unos pelos rebeldes que caen por la patilla convirtiéndolo en una estrella de la música inglesa.

Así me veo, por lo menos. Sin duda, los años me han castigado…

María José, por su parte, luce la misma sonrisa franca y sincera que siempre ha tenido.

Un velo le cubre la cara, aunque no logra esconder la mirada avispada, rápida, como una chispa atenta a cualquier cosa y reveladora de una inteligencia ágil.

A mi mujer no se le escapa nada y no necesita preguntar.

Hay un sexto sentido que la guía a detectar un problema: líos de amores de las niñas, un mal día en el trabajo…

De hecho, lleva unos cuantos días diciendo que Elena está rara y lo achaca a alguna discusión con Nacho, su novio.

María José se percata de todo lo que nos rodea.

Eso siempre me ha fascinado. Entre otras cosas, porque yo nunca he tenido esa inteligencia.

Yo soy concienzudo, meticuloso. Un tipo leído, amante de la literatura más compleja de lo habitual.

Me encanta retarme con obras pomposas que me pongan a prueba.

Mi inteligencia, por ende, nace de la palabra escrita y leída.

No es natural, sino entrenada. Al contrario que María José.

Sí, yo puedo sentarme delante de las niñas y sonsacarles qué pasa a base de paciencia, pero para lo que yo necesito horas, incluso días en alguna ocasión, ella lo averigua por un tono de voz más bajo de lo habitual, un comentario fuera de lugar, un despiste ilógico…

¿La hab rá transformado esa inteligencia en una actriz indetectable? ¿Incluso en alguien capaz de engañarme con mi mejor amigo?

Ambas preguntas me provocan terror.

Arrojo las llaves de casa y del coche en el cuenco del mueble del vestíbulo.

Es de cristal y tiene el Big Ben serigrafiado, recuerdo de un viaje familiar a Londres.

Después dejo la chaqueta, aún húmeda, en el enganche de la alcachofa de la ducha.

Reviso mi cara en el espejo: Cansancio y Ojeras, viejos amigos, me devuelven la mirada.

Bufo y me lavo las manos a conciencia. Acabo de llegar a casa y he heredado esa costumbre de mi tío abuelo Marcelino mucho antes de la pandemia.

Paso del baño a la cocina, donde me deleito con dos líneas enteras de la tableta de chocolate amargo con almendras. «El chocolate es la piedra angular de una buena alimentación», dijo una vez un filósofo… Alfredo Otero, creo que se llamaba.

En ese momento, solo y sentado en el taburete de la cocina, insisto en darle vueltas a la idea de por qué María José habrá dejado esa nota en el buzón de los Rey Vilaboi tras el crimen.

Y como buen pensador, leído, concienzudo y meticuloso…

, me doy cuenta de que no tengo ni puñetera idea porque cualquier opción me parece tan inverosímil que no soy capaz de imaginarme a mi mujer haciendo algo tan horrible.

La mezcolanza del amargor y el dulce del chocolate sigue instalada en mi boca y me relajo ligeramente, aunque no logro que aquella idea de traición abandone mis pensamientos.

La imagen de María José metiendo la carta en el buzón de los Rey Vilaboi me asalta y la espera se me está haciendo eterna.

¿Y si me voy a Vigo, a su clase de pilates, y directamente le pido explicaciones?

, ¿o la llamo por teléfono?, ¿y por qué no un wasap?

Lo descarto todo tan rápido como voy pensán dolo porque las situaciones complejas hay que hablarlas a la cara.

Algo de lo que yo me jacto de hacer tras décadas escuchándolo en boca de mi padre.

Decido hacer guardia en el salón. No opto por avanzar con ningún interrogatorio porque tengo demasiado ruido en la cabeza.

De escribir, mejor ni hablamos. Intento, inútilmente, refugiarme en Elogio de la madrastra , de Vargas Llosa, pero también soy incapaz de concentrar me en la prosa del peruano.

Releo las páginas varias veces y aun así no entiendo nada.

Pienso en un paseo, eso siempre me ha ayudado, pero lo descarto porque corro el peligro de no encontrarme con María José cuando vuelva a casa.

Cojo el móvil, miro la actualidad del Celta de Vigo, ya en puestos europeos con Giráldez como entrenador.

Reviso el correo electrónico, me intereso por un artículo de La Gaceta de Vigo , a la que estoy suscrito, sobre los seis años que han pasado desde que el Torturador del Val Miñor mató a varias personas precisamente en Baiona.

De ahí salto a otro sobre el crimen, aún sin resolver, de la periodista Andrea Lobo en un hotel de lujo de Vigo tras haber hablado con la única superviviente del Oso Rojo…

Galicia está demasiado negra últimamente. Y ahora lo ocurrido con Ramiro.

Todo es muy interesante. El problema es que llevo ahí media hora, María José sigue sin llegar y estoy desesperado. Es entonces cuando escucho la música celestial en forma de ladrido perruno primero y las llaves colándose en la cerradura después.

—¡Alfredo, ayúdame, que vengo con compra!

Acudo rápido a la entrada. No por la petición de rescate, sino por la imperiosa necesidad que tengo de conocer la verdad.

Cojo las bolsas a toda prisa, las levanto como un veinteañero fornido y las llevo presto a la encimera de la cocina.

La cara de María José raya entre el asombro y el desconcierto.

Siento el alivio al soltarlas. Mi hábito de ejercicio consiste en pasear, así que levantar la compra de todo el mes me obliga a un esfuerzo ímprobo.

Cuando la cabeza de mi mujer asoma por la puerta, ya estoy mirándola con la furia creciente de la impaciencia que va envolviendo la sospecha.

—¿Por qué dejaste la carta en el buzón de Ramiro?

Nunca olvidaré su expresión. Por un momento me transformo en Medusa, ese monstruo ctónico de la mitología griega capaz de con vertir a alguien en piedra con su mirada.

Estoy iracundo, rabioso por la confianza perdida y también por estar convencido de que mi mujer pueda ofrecerme una explicación que evitaría cualquier reproche.

—¡¿Por qué dejaste la carta en el buzón de Ramiro?! ¿Teníais un lío? —Doy un paso hacia ella, amenazante. Ella retrocede otro en un teme roso baile de tanteo, pero sigue sin contestar. Lo cual me enfurece aún más.

—¡Contéstame! —aúllo con toda mi rabia y con todos mis celos infantiles desatados, debo reconocer.

Una corriente de dolor me rasga la garganta, pero no articulo gesto alguno que me delate.

Para mi sorpresa, María José no grita. Da otro paso hacia atrás, pero no hay horror en su mirada, sino estupefacción.

—No puedo…

—No me lo puedo creer… —De nuevo aquella decepción—. ¿Después de treinta años me engañas con mi mejor amigo?

—Pero ¿qué estás diciendo? No te he engañado nunca, Alfredo.

—Ramiro y Cora se engañaban mutuamente. Tú fuiste novia de Ramiro…

—¿Se engañaban mutuamente?

—¡Ah! ¿Te sorprende?