Nudos de sal Capítulo 18
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Capítulo 18

A LFREDO O TERO

Uno de los planes más típicos y tediosos del verano en Baiona es ir a Portugal.

En Vilanova de Cerveira o Valença do Miño se celebran mercadillos los miércoles o sábados y María José me obliga a conducir hasta allí.

A veces vamos con las niñas y el plan mejora ligeramente: compran, paseamos, tomamos una cerveza y acabamos comiendo en Chamosinhos, un sitio especializado en carne de cebú donde ya nos conocen.

El trayecto hasta allí trae a mi mente dos escenas: la primera, el inicio de El resplandor , de Kubrick.

Los planos iniciales de la película se grabaron en una carretera conocida como Going to the Sun Road (ir al sol), en el estado de Montana.

Esas curvas, esas subidas y bajadas rodeadas de un idílico paisaje que parecen conducirte al sol, me recuerdan a la carretera de Gondomar a Portugal que culebrea en una montañosa selva de eucaliptos.

La segunda imagen siempre llega cuando veo por primera vez la señal que alerta del peligro de animales sueltos.

Imagino la escena del corzo, el jabalí o la liebre cruzando la carretera y mirándome con ojillos asustados sabiendo que puede morir.

Esa mirada es una metáfora visual de la decepción.

Si esquivas al animal, seguirás recordando siempre lo cerca que estuviste de tener un accidente.

Si te lo llevas por delante y chocas, tardarás mucho en salir adelante tras un golpe de esa magnitud. Tal vez ni lo cuentes.

—Me lo ocultaste, Cora. Me lo ocultaste desde el principio. Defendí a Antón ante las cámaras, me pediste que investigase el crimen… ¿Y no me contaste esto? Tú lo sabías. Esto podría haberlo cambiado todo.

—Alfredo…

—Lo sabías, Cora. Sabías que Ramiro estaba metido en ese mundo. ¡Y yo estuve dando la cara por vosotros! ¡Por mi familia! —Me tiembla la voz, pero ni soy capaz de gritar. La decepción que siento aplaca la furia que me ha golpeado repentinamente el estómago.

—¿Y qué iba a decirte? —Llora con la amargura de quien revela un oscuro secreto, pero también por sentirse liberada tras décadas de engaño—. ¿Que la calidad de vida que teníamos y todo el dinero de tu mejor amigo venía de aliarse con los narcos? ¿Eso querías, Alfredo?

—La merecía, Cora. La merecía y tú lo sabes.

—Nunca pudo jubilarse, Alfredo. Nunca. Durante años intentó huir de eso. La primera vez en cuanto nació Antón. Ahí sólo lo avisaron. Una amenaza y nada más. Eso me dijo, aunque estoy segura de que fue mucho más. La segunda vez… fue la grave. Un narco local, un tipo oscuro a las órdenes del Pailán…

—¿El rey narco de la trama de Cíes y Verné Dupont?

—Sí, el mismo. Él tenía súbditos y cabecillas en diferentes zonas. Dio la casualidad de que Antón acabó juntándose con uno de ellos. El amigo de un amigo de un amigo que tiene un trabajo, que le gusta la fiesta… Ya sabes. Cuando le ofreció entrar, Antón aceptó y Ramiro lo pilló.

—¿Cómo que lo pilló?

—Un conocido de Ramiro le dijo que le había parecido ver a su hijo con un chico que traficaba.

Ramiro se asustó. Primero, porque sabían quién era Antón, y, segundo, porque no quería que estuviera metido en esto.

Ramiro fue a hablar con el chico ese y después con su contacto para decirles que salían del negocio. ¿Sabes cuál fue la respuesta?

—No sé si quiero saberlo…

—Fue en el año 2004. Teníamos una cena con vosotros un sábado de febrero. El cumple de…

—¡El cumple de María José! Sí, me acuerdo.

Pero el sábado por la mañana llamasteis a casa y dijisteis que Ramiro estaba malísimo con una gastroenteritis horrible…

—Conforme lo voy pronunciando, voy dándome cuenta de mi ignorancia—.

Me acuerdo porque le regalasteis un reloj que no se quitó durante años…

Pero no había ninguna gastroenteritis, ¿verdad?

Cora sonríe con tristeza antes de explicarse.

—Asaltaron a Ramiro el día antes de la fiesta, un viernes. Nos estaban vigilando y sabían que ni Antón ni Sonia ni yo estaríamos en casa. Le dieron una paliza y lo colgaron del balcón de la primera planta bocabajo y en calzoncillos.

Palidezco. ¿Todo eso había pasado y yo sin enterarme de nada?

—Pero los golpes…

—Cubrieron a Ramiro con una toalla y lo apalearon. No dejaron prácticamente ni una marca más allá de un corte en la ceja. Él dijo que se lo había hecho…

—Al tropezar y darse con el borde de un escalón yendo al baño a vomitar. Sí, también me acuerdo…

Cora Vilaboi no dijo nada más. Yo tampoco. A veces, el silencio es lo único que se debe compartir.

Permanecemos en el mismo estado de quietud durante cinco, diez o veinte minutos. No puedo precisarlo porque el tiempo parece regirse por unas pautas diferentes durante ese rato.

—¿Pudieron hacerlo ellos, Cora, pudieron matarlo?

—Sí… Creo que sí —solloza.

—¿Y por qué no dijiste nada a la policía?

Cora suspira. Luego echa hacia atrás la silla y el chirrido toma la cocina.

Se cierra los laterales de la chaqueta gris y mira a la puerta para asegurarse de que no entran ni Sonia ni Natalia.

Especialmen te esta última, dado que Cora desconoce dónde está .

Mi amiga se agacha al lado de una enorme pachira que hay junto a la mesa, inclina el macetero y los músculos de su fibroso antebrazo se tensan. Extrae lo tiende.

—Léelo tú mismo.

Siento que la carta pesa toneladas. Cora abre uno de los armarios sobre el fregadero, se pone de puntillas y rebusca encima de un montón apilado de viejos táperes.

Saca un paquete de cigarrillos, me ofrece uno, que rechazo, y acto seguido enciende el suyo para echar el humo cerca de la ventana.

Al abrirla entran algunas gotas y el silbido del viento se cuela bajo mis musitaciones:

Ojito con sacar a Antón. Mas bale que todo siga como asta hora

PD: Bss a Sonia

Leo en voz alta. La nota está redactada con una caligrafía pésima, a bolígrafo azul. Puede haberla escrito cualquiera, y sin embargo no es difícil adivinar de qué grupo de personas proviene.

—¿Dónde estaba esto, Cora?

—En el buzón. La dejaron justo después de que Antón entrase en prisión.

—¿Viste algo?

—No, pero…

—¿Pero?

—Todas las entradas de los chalets están grabadas…

—¿Y no…? No. Claro. No preguntaste por miedo. ¿Puede que esté grabado quién lo dejó?

Asintió antes de contestar.

—Si quieres saberlo…

— ¿Cómo que si quiero saberlo? Cora, si quieres sacar a Antón, hay que arriesgarse.

Tras una pausa entre el dramatismo y la falta de convencimiento, mi amiga me indica el camino.

—Pregúntale a Antoñito.

—¿Antoñito?

—El guardia de seguridad. Hay de lunes a viernes. Puede que tenga todo…

—Cora…

—¿Qué?

—Voy a ir a hablar con Antón. Necesito la verdad sobre esto… Estamos hablando de algo muy grave.

Conviene con un gesto, derrotada y consciente de que la propia vida la está superando.

—Yo tenía concertada una visita mañana. Íbamos a ir Natalia y yo.

—Habla con el abogado y pídele que cambie los datos.

Necesito ir, Cora. Quiero saber hasta dónde llegan estas amenazas.

Puede que estéis en peligro… —Repaso la nota una vez más.

Hay algo que me escama—. Cora, una cosa más.

—Esta vez no espero su aprobación para seguir—.

¿Por qué dicen «que siga todo como hasta ahora»?

—Entiendo que se refiere a que Antón siga preso.

—Ya… Claro.

Pero no. No lo tengo claro. ¿Acaso hay alguien más ejerciendo de resguardo económico para el dinero de los capos de la droga?

Con ese pensamiento atravesando mi mente, me pongo la chaqueta Barbour. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Y eso que he usado paraguas. Pero, cuando llueve con ganas en Galicia, la única forma de no salir calado es resguardarse.

En la calle tengo la sensación de estar dentro de un huracán.

El viento azota con violencia, la tormenta se revuelve, furiosa, con una lluvia incesante formando riachuelos de un palmo de ancho en los laterales de la calzada.

Es imposible mantener limpios los cristales de las gafas.

Me las quito y las echo al bolsillo. Soy un miope de manual, pero puedo distinguir las formas y, por supuesto, ir desde la c asa de mi amigo a la garita de portería que había justo después de atravesar la valla con la C y a A en dorado tan características de Cala Asterpot.

Camino cinco minutos pensando que todavía no le he sacado a Cora el tema de la infidelidad ni a Sonia el de la discusión, pero ya tendré tiempo.

Si tienen grabado quién dejó la nota en el buzón, estaré más cerca de la verdad.

En la garita encuentro a un chico alto, con barba de tres días, gafas y ojos pequeños y marrones.

Me coloco la montura tras limpiar los cristales con el jersey que llevo bajo la chaqueta.

Ahí lo distingo mejor. Antoñito, si es que es él, está recostado en una silla con pinta de incómoda y mantiene la mirada fija en una tablet que reproduce una serie, creo que fantástica porque vuela un dragón.

Frente a él hay cinco monitores que reflejan la señal de cada cámara de seguridad, pero no les presta atención.

El muchacho tiene las mangas de la chaqueta a la altura del antebrazo.

En la muñeca derecha lleva un smartwatch, en la izquierda, un tatuaje con el símbolo de las reliquias de la muerte de Harry Potter (es lo que tiene ser padre de dos niñas lectoras de la generación milenial).

—Antonio, ¿verdad? —Levanta la vista, desconfiado. Le sueno, pero no sabe de qué. Respondo a la mirada con un aclaratorio—. Soy Alfredo Otero. Amigo de Ramiro y Cora. Creo que nos hemos saludado un par de veces. Me ha mandado ella aquí.

—Buenos días. —La frase suena sin las eses, con un andaluz cerrado—. ¿Cómo le puedo ayudar?

Pausa la serie y se levanta con la intención de salir de la garita. Lo freno como gesto de cortesía.

—No salgas. Mira cómo llueve. Sólo vengo a pedirte un favorciño . A ver si sería posible.

—Mientras — mientra — no me pida dinero.

Río por cortesía. Yo mismo he hecho la broma alguna vez, pero me parece tan anticuada que ni me hace gracia.

—No me atrevería a pedirle dinero a nadie.

De hecho, no soy de pedir favores, pero…

Enseguida entenderás la importancia. —Antoñito se queda callado, pero ya percibo que no le hace mucha gracia—.

Necesito las grabaciones del 29 de julio del año pasado.

Justo las del día siguiente a la muerte de Ramiro Rey.

Antoñito niega con la cabeza.

—Las grabaciones se borran cada dos semanas.

Es un ciclo automático. Si necesita un día concreto, hay que contactar con la empresa…

Eso suele hacerlo la policía, porque sin una orden es muy complicado que te den los vídeos.

—El acento andaluz se marca tanto que no puedo evitar la pregunta justo después de chistar de resignación.

—¿De Jaén?

—Montilla. Córdoba.

—¡Claro, Córdoba! Me encanta la ciudad. Alguna vez voy por ahí. Tengo unos amigos que viven en El Brillante.

—Eso es zona de dinero, ¿eh? —Me enseña los dientes con una sonrisa similar a la de un niño que ha dicho una maldad.

—Un amigo de la infancia al que le fue bien. Vaya chalet se compró…

Antonio, Antoñito para Cora, mira alrededor, a la hilera de adosados que se pierde entre la cortina de agua, y se echa a reír. Yo también. No puedo evitarlo.

—Yo tampoco vivo en uno de estos. Si te sirve.

Volvemos a reírnos juntos. Me cae bien ese chaval andaluz.

—Perdóname una pregunta, Antonio, pero ¿cómo acabas tú aquí?

—Es una historia corta: me enamoré, vine aquí con mi novio, que es óptico, y me tuve que buscar la vida. Salió esto y…

—¿Él es de aquí?

—De Vigo.

—¿Y prefieres Vigo o Córdoba?

—Córdoba, claro. —Vuelve a regalarme esa risa infantil, propia de un chiquillo jugando a algo—. Aunque reconozco que esto me gusta y me da tiempo para estudiar la oposición.

—¿Un opositor? Mi enhorabuena. Sólo el hecho de intentarlo ya te hace merecedor de la felicitación. Yo jamás me vi preparado.

—Se lo agradezco, pero me está costando. Es para policía nacional. De hecho…

Lo dejo hablar. Aunque para nada espero ni lo que va a decirme ni lo que voy a descubrir.

—¿Era muy amigo de Ramiro?

—Mucho. Un gran amigo. ¿Qué digo un gran amigo? ¡Mi mejor amigo! Crecimos juntos… En fin, no te quiero aburrir porque esto sí es una historia acorde a los sesenta y ocho que gasto. ¿Por qué lo preguntas?

—Es que…

Estira el cuello para mirar detrás de mí.

Cuando comprueba que no hay siluetas desconocidas, se agacha y saca un ordenador portátil.

Es relativamente moderno, de estos que se doblan y pueden transfor marse en una tablet.

Gira la pantalla, toca un par de veces en la esqui na superior derecha del escritorio y se abre una carpeta de la nada.

— ¿Qué es eso?

—Una carpeta oculta. Pero no oculta como las de Windows. Oculta de verdad. Sólo tiene una coma por nombre y no tiene icono. Aquí guardo las grabaciones del día siguiente al crimen. Lo que me ha pedido, vamos… Pero…

Siempre hay peros…

—Los peros son una mierda, decía Ned Stark.

—¿También le gusta Juego de tronos ?

—¿A quién no le gusta Juego de tronos ?

—Nadie debe saber que yo tengo esto. Por favor.

—Tienes mi palabra, pero… Sí. Ahora me toca a mí el pero. —Le sonrío para aliviar un poco la situación. Parece que sirve—. Intuyo que si me dices esto es porque viste algo raro.

—Creo que sí. Quería decírselo a la policía, pero mi novio me dijo que era un paranoico.

Que entonces empezarían a acusarme de haber grabado sin permiso y cosas de esas.

—Asiento invitándolo a seguir—. Me tocó turno la mañana siguiente al crimen…

Revisé las cámaras, pero en la piscina no hay por un tema de privacidad…

Donde sí hay es en la entrada, en las farolas que apuntan a los chalets.

Las revisé y me encontré… —desliza el dedo por la pantalla un par de veces más, pulsa sobre un archivo y me entrega el PC convertido en tableta— esto.

La imagen es nítida. Clarísima. Una persona camina con paso acelerado hacia el buzón de los Rey Vilaboi y mira a ambos lados antes de arrojar una carta al interior.

Dejo de escuchar la lluvia y su taconeo acuático contra el techo de la garita.

Dejo de escucharlo todo para sumergirme de lleno en un silencio escalofriante.

No hay lluvia. No hay gotas picando el suelo ni bombardeando con sonidos huecos el techo acristalado.

No hay nada más allá de mis manos temblando.

Es precisamente el reflejo de controlarlo lo que me devuelve al mundo real.

Ese en el que mi amigo ha sido asesinado en la piscina.

Ese en el que su mujer me pide ayuda y tiempo después confiesa entre lágrimas que ha recibido una carta con amenazas para no contarle a la policía que Ramiro estaba metido en el mundo del narcotráfico…

Ese mundo real en el que María José, mi mujer desde hacía más de treinta años, mete un sobre en el buzón de los Rey Vilaboi el día después de que encarcelen al hijo de mis mejores amigos por matar a su padre.