Nudos de sal Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

—Alfredo, he aceptado estar aquí por el tema de la droga, pero no por matar a mi padre.

Yo no maté a mi padre. Me da igual lo que digan las pruebas.

Yo no compré ese cable en la ferretería de Oporto.

Yo quería a papá. Mucho. Y no merecía lo que le hicieron.

Era una buena persona… —Le tiembla la voz y los ojos se le iluminan por las lágrimas contenidas que le titilan en los párpados.

—Nunca he puesto eso en duda, Antón. Yo sólo quiero sacarte de aquí y hacer justicia.

—Pues ahora mismo esto es todo lo que puedo contarte, Alfredo. Nada más.

—¿Por qué?

—Porque esa gente es muy peligrosa, Alfredo, joder.

Son gente muy muy chunga. Más vale no tocarles los cojones.

No es la primera vez que nos avisan. —Recuerdo aquella paliza sufrida por Ramiro hacía años que Cora me había revelado en nuestra última conversación.

Esa en la que lo dejaron en calzoncillos y con la ceja abierta—.

No me extrañaría nada que hubiesen amenazado a mamá.

Si debo estar aquí para que ellas estén seguras, aquí me quedo.

—O sea, tú crees que fueron esos «ellos» de los que has hablado antes los que mataron a tu padre.

—Sé que no fui yo.

Insisto.

—Pero ¿por qué no quieres contarme nada?

—Otra vez. Mira, Alfredo, si fue esa gente… Todo debe estar muy atado. Pero me sorprendería que hubiesen matado a papá.

— ¿Por qué?

—¿Qué ganan matando a su tesorero y culpándome a mí?

—Y, si sabes que no fuiste tú, ¿por qué no me das nada para ir a por ellos?

No dice nada, sólo niega.

Da igual cuánto insista. De nuevo aquella odiosa falta de colaboración.

No estoy seguro de si calificarlo como cobardía o como protección.

Por un lado, estar ahí metido le impide protegerlas; por otro, si él los conoce, sabe que, si se queda quieto, ellos no actuarán.

Este último pensamiento me provoca ganas de vomitar porque yo sí he obrado ante las amenazas.

—Antón, sé sincero… ¿Cómo de peligrosos son? —pregunto evitando incidir en las amenazas que María José recibió la noche después de que lo encarcelasen para dejar el anónimo en el buzón de los Rey Vilaboi.

Sonríe con tristeza. Me recuerda a Cora al hacerlo.

—Matarán a quien se les ponga por delante, Alfredo.

Esto me acongoja todavía más, pero yo no puedo hacer nada. Ya he actuado. Eso sí, obra en mí otro efecto: el de fortalecer una teoría que me planteé al leer la amenaza a Cora por primera vez. Ese detalle que me escamó también lo hace ahora y me parece que ha adquirido un tonelaje trascendental.

—Antón, una última cosa antes de despedirme… —Hago una pau sa medida para generarle expectación, a ver si con eso baja ligeramen te la guardia—. El anónimo que recibió tu madre decía una cosa más: «Más vale que todo siga como hasta ahora». ¿A qué se refieren?

—Supongo que a que no intente salir de la cárcel.

—¿No pueden referirse a que otra persona siga guardándoles el dinero tal y como hacíais vosotros?

—Imposible. Sólo éramos mi padre y yo. —La respuesta es tan automática que invita a dudar.

—Antón…

— ¿Qué coño quieres que te diga, Alfredo? No hay nadie más en esa mierda. Mi padre y yo. Ya está.

—Eres consciente de que estás descartando automáticamente una vía que podría conducir a tu libertad, ¿verdad? Si hay alguien más aparte de tu padre y tú, una tercera pata, podría haber matado a Ramiro para escalar…

—No hay nadie más. —Lo dice en un tono tajante y separando las palabras con amenazante lentitud para dejar clara su veracidad.

Creo que miente, pero no voy a insistir en ello.

El tiempo está cerca de terminarse y, sinceramente, tras lo acontecido ayer en el hospital, siento que las fuerzas me fallan.

Me agobia enormemente pensar en las repercusiones que todo esto puede tener contra mis hijas.

Aunque, es cierto, María José cumplió con sus exigencias.

Por una parte, me siento liberado. ¿Qué somos nosotros más que unos mindundis que se han relacionado con la gente equivocada?

«Y tú la persona que está intentando sacar a Antón de la cárcel», añade mi cerebro en un tono asquerosamente marisabidillo que me da la vuelta al estómago.

Necesito irme de allí cuanto antes.

—¿Quieres que le diga algo a tu madre? He quedado con ella aho ra.

—Que esté tranquila por mí. Que todo va bien. Y que la quiero. —Antón se calla, cavilando, y finalmente vuelve a hablar—. Díselo también a Natalia.

Asiento. Me sorprende que no me diga nada para Sonia, pero entiendo que sigue pensando que fue su hermana la que cometió el crimen…

, y al final Natalia es quien lo visita a diario.

Nuestro distanciamiento se evidencia en la despedida: del cálido abrazo de bienvenida al frío apretón de manos como adiós.

He sacado dos cosas en claro de aquella visita. Si esos «Ellos» están en el medio, debo andarme con más cuidado del que pensaba…, y mi sospecha está empezando a convertirse en una realidad: hay una tercera arista en ese triángulo del narco que formaban Ramiro y Antón… Pero ¿quién?