Nudos de sal Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Se echa café en otra taza y se sienta a mi lado, en la enorme cocina reformada hacía apenas tres años.

Habían colocado una isla central, derribado una habitación contigua que servía de despacho a Ramiro dándole amplitud y modernizado todo el mobiliario en colores negros, grises jaspeados y exentos de tiradores.

Incluso habían cambiado los electrodomésticos por otros plateados de última generación y con pantallitas.

María José siempre dice que cuando algún mueble lleva pantallitas es que no saben qué ofrecerte para que lo compres.

—¿Qué quieres saber?

—Si hay algo que no me hayas contado, Cora.

Lo que sea. Piensa que esto no es ni por ti ni por mí, es por Ramiro…

y por Antón. —Hago la pausa entre « Ramiro» y «Antón» con toda la intención.

Dura un suspiro, suficiente para que caiga con el peso necesario de la culpa.

Yo sé que Cora ha acusado a su hijo de querer matar a su marido.

Necesito que me lo diga y también que me dé el motivo de dicha acusación.

Obviamente, y gracias a los interrogatorios, sé que engañaba a Ramiro, pero es necesario escucharlo de su boca para no revelar mis cartas.

Mi amiga agacha la cabeza en un inconfundible gesto de vergüenza.

Veo lágrimas amargas provocar diminutas ondas en la superficie plana del café.

Levanta la mirada, de brillo inexistente y dolor incalculable, y rompe en un llanto amargo.

Con pavorosa lentitud, se lleva los puños de las mangas a los ojos y aprieta antes de colocarse de lado y encogerse sobre sí misma en la silla.

Yo me levanto de inmediato, arrodillándome ante ella y poniéndole las manos en las rodillas.

Noto el crujido de mi rótula al hacerlo.

Igual la manera de que deje de llorar es que vea mi indignidad al levantarme.

Porque sí o sí necesito apoyarme en algo.

La voy abrazando hasta que se inclina para cerrarse sobre mis hombros.

La dejo. El consuelo siempre me ha parecido propio de valientes porque es difícil superar la incomodidad de ver a alguien vulnerable.

Cora llora durante casi tres minutos. Lo hace a corazón abierto.

Descargando un torrente de emociones sobre mí.

Tengo la certeza de que hace mucho que no llora así y también de que no tiene a nadie con quien hacerlo.

La vida la ha condenado a una jaula de soledad tras el asesinato de Ramiro, el encarcelamiento de Antón y el silencio de Sonia.

Cuando termina, se echa a reír con vergüenza y filtra entre dientes un «lo siento» de voz queda.

—No tienes nada por lo que pedirme perdón, Cora…

—Necesitaba… Hacía tiempo que no me desahogaba así. Da igual, amigo. Gracias.

—Tampoco tienes nada por lo que darme las gracias.

Me mira con dulzura y, por un momento, me parece que por sus ojos cruza una chispa de la vitalidad extinta desde hacía un año. Aun que sólo es un reflejo. Una vez que recupera la compostura, da un sorbo largo al café, resopla y me sonríe antes de hablar.

—Antón…

—Tenías claro que él no fue. ¿Por qué me pediste ayuda si no, Cora?

—Porque las pruebas no dicen eso, Alfredo.

—Sé esa historia, Cora. Sé que es una de las bases del encarcelamiento: Antón va a Oporto con su novia, compra el cable de acero, que es el mismo con el que matan a Ramiro, y encima el tipo de la ferretería lo reconoce.

Pero no me lo creo… —Me quedo pensativo.

No he caído en un matiz hasta ese momento—.

Necesito hablar con la exnovia de Antón.

—¿Con Mónica?, ¿para qué?

—Para ver si Antón lleva o no lleva un año mintiendo.

—¿Por qué estás tan empeñado en el viaje a Oporto?

—Es la gran prueba contra él, Cora. Lo han encarcelado por ello, adjudicado el crimen de Ramiro.

A tu hijo le han ofrecido reducirle la pena si reconoce el parricidio…

, y sigue firme, insistiendo en su inocencia.

Firme, Cora. No ha dudado en ningún momento.

Eso hace dudar a cualquiera… —Me callo que Javier, su sobrino, había reconocido que perdió a Antón quince minutos de vista la noche en la que mataron a su marido.

—No fue él, Alfredo. O sea, yo quiero creer que no fue él…

—Se calla de golpe sin terminar la frase.

No hace falta. Sé lo que viene después. Cora Vilaboi es incapaz de vomitar ese «pero» que yo ya conozco y que permanece atascado en lo más profundo de su corazón precisamente por el verdadero peso de la aporía: ¿se puede querer menos a un hijo…

o la cualidad de lo inefable permanece independientemente de sus acciones?

—Cora…

—Lo acusé, Alfredo —confiesa.

—¿A quién?

—A Antón.

—¿Lo acusaste de qué? —Finjo desconcierto y asombro, aunque ya sé lo que hay.

—De querer matar a Ramiro.

Guardo un silencio medido y ensayado.

—¿Por qué?

—Nunca lo había visto tan furioso como cuando discutió con su padre por la herencia.

—¿Qué herencia? —Otra mentira necesaria. Sé perfectamente de qué habla.

—Unas semanas antes de que… ocurriese —sé que el verbo es «matar», pero ella no puede decirlo; no la culpo— lo de Ramiro, entraron en casa.

Se llevaron los relojes de Ramiro, dinero y algunos documentos.

No todos, pero revolvieron toda la caja fuerte.

Dejaron todo desordenado y Antón encontró el testamento. Le dejaba a Sonia esta casa.

—¿Tú lo sabías?

—¿Yo? No. Ni de lejos. De hecho, pensaba que iba a dejar todo al cincuenta por ciento…

—¿Y qué le hizo cambiar?

—No lo sé, pero él sostenía que ese testamento no era el suyo.

—¿Cómo que no era el suyo?

—Que no era el suyo. Lo dijo una y otra vez. Y todos le decíamos: «Pero si tiene tu firma». Pero él insistía en que no había firmado nada.

—¿Le creíste?

—No…, y Antón tampoco. Y le gritó, lo insultó, sacó basura… Dijo que lo había protegido. Y Ramiro se enfadó muchísimo. Le dijo que cómo se atrevía, que si no hubiera sido por él ni siquiera pisaría la calle.

—¿Protegido?, ¿protegido de qué?

Las lágrimas corren velozmente por sus mejillas, aunque no emite sonido alguno.

—¿No lo intuyes, Alfredo? ¿De verdad no sabes de dónde venía este nivel de vida que tenemos?

—El tesorero de la Fariña… —Recuerdo el mote que le había puesto la prensa a Antón. La condena sobre guardar el dinero a los narcos.

Cora asiente. Y lo hace con terror mientras le tiembla el labio de abajo.

Voy a preguntarle si ella envió ese e-mail acusador, pero la pregunta muere en mis labios ante una revelación aún peor.

—Ramiro también estaba metido hasta el fondo, ¿verdad?