Nudos de sal Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Necesito reorganizar mis ideas, así que me levanto del sofá y voy al despacho a por el cuaderno de Frankenstein y escribo «Cronología» . No es la primera vez que la hago, pero ahora tengo bastantes más datos y nunca está de más repasar.

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Ramiro Rey es hallado muerto en su piscina comunitaria por su sobrina, Natalia Vilaboi.

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Los interrogatorios policiales apuntan claramente al hijo de Ramiro (Antón Rey). Cora y Sonia lo han señalado por la herencia y la discusión (¿móvil?).

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Antón Rey apunta a su hermana, pero niega todo. Javier Marco dice que perdió de vista a Antón 15 minutos (¿dónde fue?).

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Antón Rey compra un cable de acero en una ferretería de Oporto (¿por qué Oporto?). El dueño lo reconoce. Él lo niega, pero ese fin de semana sí había estado en la ciudad portuguesa.

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Antón Rey es, además, el guardián de gran parte del dinero de la droga del Baixo Miño.

No sólo acabo de crear unos cuantos capítulos para la novela, también he puesto en perspectiva la absoluta contundencia de las pruebas contra Antón Rey por mucho que me duela reconocerlo.

Aun así, él negó en todo momento ser el culpable del asesinato de su padre.

¿Por qué?, ¿por miedo a lo que pensase su familia?

Si incluso cumplía una condena más alta por no reconocer los hechos.

Le ofrecieron un pacto si admitía el crimen, pero se mantuvo en su inocencia.

Eso me chirría. Lo ha hecho desde el principio.

Con ese pensamiento de que algo se me escapa, he decidido ir a ver a Cora.

María José sigue con esa especie de control obsesivo, así que me he duchado bien temprano y he alegado que me marchaba a la biblio teca de Baiona donde leería La Gaceta de Vigo y buscaría información para mi novela.

Me encanta aquel lugar, más desde la remodelación de 2018.

Antiguamente, había sido el hospital Sanctu Spiritus, un hospital de peregrinos del siglo XVI , pero ahora alberga uno de los registros históricos más importantes de la comarca.

Y, además, es un sitio perfecto para disfrutar de la lectura en silencio.

Mi intención no ha sorprendido a María José, pero no he cumplido mi palabra.

Hace unos minutos que he atravesado Baiona, dejando a mi izquierda el océano embravecido y las playas hechas desiertos ante la virulencia de la tormenta.

El tráfico es lento, de luces rojas sobre asfalto mojado y cuidadosas maniobras bajo la cortina de agua.

Mi madre, la que me llamó «el niño» hasta el fin de sus días, era natural de Getafe y siempre decía que, si sabías conducir en Madrid, sabías conducir en cualquier sitio.

Creo que el axioma se rompe en cuanto inicio un ascenso por la típica carretera rural gallega mientras llueve sin cuartel.

La subida a Monteferro ya no es tan complicada como antaño, pero resulta igual de agobiante.

Ya aparcado en Cala Asterpot frente a la casa de Cora, resoplo de alivio.

La lluvia sigue cayendo sin piedad. He salido con mi cazadora habitual, una Barbour que María José me ha regalado hace dos años, y un paraguas enorme que llevo en el coche a modo de emergencia y que he recordado sacar del maletero y dejar en el asiento del copiloto antes de abandonar el garaje.

Ha sido la manera de no calarme entero. He dejado el paraguas abierto en la entrada de la puerta de casa de los Rey Vilaboi y he llamado al timbre.

He ido tantísimas veces a ese adosado… He repetido tantas y tantas veces ese proceso del paraguas…

Pero ahora lo hago sabiendo que Ramiro jamás estará dentro para meterse con mi altura y preguntarme si he encogido.

Ese sentido del humor tan suyo… Echo de menos a mi amigo. La amistad verdadera, igual que los recuerdos, es inmortal…

Han debido de verme por la cámara porque he empujado la puerta y se ha abierto.

He atravesado el vestíbulo, pulcramente limpio, y he encontrado a Cora en el salón.

Con un libro entre las manos en lo que ellos llaman zona de lectura.

Está compuesta por un sillón de c olor burdeos colocado de modo que la luz de la ventana caiga sobre las páginas.

La claridad del día baña las manos y el tomo, ajado y viejo, de Amar en tiempos del cólera , de Gabriel García Márquez .

El repiqueteo de las gotas contra el cristal hace más bucólica la postal.

—Sabes qué te habría dicho Ramiro, ¿no?

Apenas levanto la vista del libro, noto el devastador paso del último año.

La belleza nórdica tan característica de Cora Vilaboi, de mi amiga Cora Vilaboi, ha desaparecido.

El fulgor de los ojos, capaces de derretir mil inviernos, se ha extinguido.

Tiene las ojeras propias del dolor y el llanto.

A mí también se me habían manchado los ojos cuan do murió mi madre.

Las facciones, siempre marcadas, ya no resplandecen acotadas por arrugas de felicidad.

Son cadavéricas, demacradas y pálidas. Sin embargo, lo que me provoca un vuelco al corazón es su ropa…

Cora viste casi siempre con colores alegres, incluso excesivamente eléctricos algunos inviernos.

Hoy día lleva un cárdigan gris sobre una camiseta negra, un pantalón negro y unas chanclas de tira que dejan ver un pie exangüe, con líneas amoratadas en el empeine que terminan en unas uñas descoloridas y descuidadas.

Trato de disimular lo que me provoca aquel aspecto desalentador. Qué sencillo es juzgar el dolor de los demás y qué contención de prudencia hay que ejercer para no cruzar la línea entre el interés y el morbo.

—¿Encogiste o qué, Alfredito? —respondo a su pregunta imitando la voz de mi amigo Ramiro.

—Siempre te hacía esa broma. Siempre. Y mira que habían pasado años…

—Le encantaba meterse con mi altura…

—Le encantaba meterse contigo. En general. —Cora Vilaboi se levanta no sin antes marcar la página por la que iba. Señalo el libro mientras viene hacia mí.

—¿No lo habías leído?

Ella se gira para mirar la portada. El pelo, recogido en una coleta alta y gris, no oculta algunas calvas en la zona de la nuca. El estrés le está pasando factura.

—Me lo había regalado Ramiro hará…, no sé, cinco o seis años. Pero nunca lo acabé de entender.

—¿Y ahora sí?

—Más. Entre otras cosas porque entiendo a Florentino Ariza… y lo que supone perder el amor.

Ojalá pudiese decir que actúo bajo el concepto tan extendido de lo que, se supone, debe ser un hombre.

Que rodeo con los brazos a Cora, la atraigo hacia mí y la consuelo mientras ella llora y yo clavo una mirada decidida en el horizonte, motivado para lograr descubrir la verdad sobre el crimen de mi amigo…

Pero no es así para nada. Ella no llora.

Sólo me abraza. Cuando lo hace y tras su frase, las lágrimas vibran en mis párpados, luchando por no evidenciar la debilidad que me ha provocado su dolor.

—¿Qué quieres, amigo? —pregunté mientras se separaba.

—Hablar contigo.

—Me refería a de beber. Lo otro lo suponía.

—¿No podía venir a ver qué tal estabas?

—Con lo que te pedí… No. Era improbable, Alfredo.

—Café con leche, entonces.

—Ven. Creo que Sonia hizo una cafetera por la mañana. Y hablamos en la cocina.

—También quería hablar con ella…

—Déjala. No se deja ver últimamente… Ni te abrió ella.

—Bueno, tampoco es tan gra…

—Tuvo que hacerlo Natalia, Alfredo. Y ni es su casa.

—¡Ah, ¡¿tu sobrina?! Ni he visto su coche…

—Viene a hacerme compañía de vez en cuando, pero desaparece por la casa en cuanto la llaman por teléfono. Algún noviete…

—¿Y Sonia?

—¿Qué?

—Que qué le pasa.

—Me dijeron que le diera su espacio, visto lo ocurrido.

—Un año después no ha…

—No. No ha mejorado. Déjalo ahí, porfi.

—Déjame subir luego. Después de hablar contigo. Igual a mí sí me quiere contar algo.

Cora no me da el sí, pero tampoco el no.

Como respuesta me sirve un café con leche en una tacita con un colibrí dibujado en rosas y verdes.

Los habían comprado en Portugal, junto con el juego de copas de cristal con rombos de la marca Vista Alegre.

Yo también las tenía cuando era pequeño, a mi padre se las regaló un cliente.

Le dijo que eran biquinhos… Yo pensé que hablaba de un dulce. Me quedó marcada la decepción.

—¿Qué tal estás?

—Triste, cansada, harta… Intento mantener la cabeza ocupada, pero me cuesta.

—¿Y volver a ejercer? —sugiero antes de darle un sorbo al café. Se nota que es de estos que ahora llaman de especialidad, no el abono reseco y barato que compramos la mayoría.

—¿Como ingeniera de minas? —Una sonrisa incrédula e infantil ilumina el rostro ajado. Por primera vez y durante unos segundos, rejuvenece—. Me tienes en muy alta estima.

—Fuiste la primera de tu promoción.

—De una carrera que no me gustaba y que estudié por obligación paterna.

—Pero llegaste a ejercer…

—Un par de años francamente tristes, sí… Esa opción está descartada.

Cora no aguanta más. Y lanza la pregunta que ha esperado hacerme desde que accedí a su casa.

—Dime que has averiguado algo.

Soy perfectamente consciente de que no puedo revelarle que tengo los interrogatorios.

Si lo hago, corro el riesgo de que no me cuente toda la verdad.

Al fin y al cabo, ese es mi único objetivo: la verdad.

«La verdad por amarga que fuera», diría Sabina.

Y, sin embargo, la única manera de descubrir qué pasó la fatídica noche en la que perdí a mi mejor amigo es romper con mis propios valores de ir siempre con la verdad por delante.

—No he averiguado mucho todavía, pero por eso estoy aquí.