Nudos de sal Capítulo 16
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Capítulo 16

A LFREDO O TERO

Rosas, orquídeas, albahaca, bergamota… El ambientador de mi coche era una obsesión para María José y parecía que mil primaveras hubieran estallado sobre la tapicería. El limpiaparabrisas se esforzaba al máximo.

La tormenta arreciaba sin control, igual que había hecho por la noche. ¿Dónde estoy? ¿Por qué he venido aquí?

Todo empezó de madrugada. Era un búho en mi habitación, alternando pesadillas extrañas con periodos prolongados de insomnio.

Acabé en el salón, con mi mujer farfullando y yo cobijado en el sillón bajo la luz macilenta de una lamparita que usamos para leer.

Repasé la estantería visualmente. Dudé entre releer a Santiago Posteguillo, incluso las Meditaciones de Marco Aurelio…

Pero finalmente abrí La sonrisa etrusca , de José Luis Sampedro.

Uno de mis libros refugio. Esos que releo cuando tengo malos días…

o malas noches. Aguanté un par de páginas hasta que los ojos me picaron.

No podía volver a la cama ni leer ni tampoco escribir. No me sentía nada lúcido. Y en esto pequé de incumplir un refrán popular: que tu musa te pille escribiendo. Tendré sesenta y ocho años, pero estoy en primero de escritura.

Me quedaba la opción de un pódcast o de un interrogatorio. No tardé mucho en decidirme, me levanté a por los cascos, giré el móvil para ponerlo en horizontal y pulsé sobre el que tocaba ahora: Javi Marco y Rut, el primo de Antón Rey y su novia.

Los dos eran jóvenes y guapos. Él tenía el cuerpo atlético, de futbolista, pero con más masa.

Nariz grande, ojos grandes, boca grande…

Sonrío por la broma soez que cruza por mi mente.

Ella también era guapa, de mirada ardiente, dientes pequeños, pelo rubio recogido en una coleta y una piel radiante por el envidiable y primoroso efecto del verano.

Tal como había dicho Antón, tatuajes de trazo fino cubrían los brazos que terminaban en una manicura impecable, recién hecha.

Tenía las manos sobre la mesa, con los dedos entrelazados entre sí y la espalda recta.

Miraba a Teo Costas con firmeza, parecía conscien te de la gravedad de todo.

Javier Marco era el polo opuesto. La acti tud era parecida a la de Antón Rey en ese primer interrogatorio cargado de chulería: repanchingado en la silla y con las piernas estiradas bajo la mesa.

Rodeaba el respaldo de la silla de Rut con un brazo y tambo rileaba en la madera.

Con los dedos de la otra mano articulaba una especie de chasquido constante y rápido.

Su mirada volaba por la sala, analizándolo todo, pensando que no debería estar ahí.

Si yo lo he notado, Teo Costas también. Y mi impresión me dice que este no es Antón. No tardaría en sonsacarle todo.

—¿Dónde estaba cuando mataron a su tío, Javier?

—En la cocina con mi primo. —Intentaba sonar seguro, pero estaba lejos de ello.

—¿Haciendo qué, bonito? —Teo Costas disfrutaba. Se le notaba. Tenía la misma mirada que un león que observa a una presa que aún no lo ha detectado.

—Hablar.

Los ojos ambarinos del depredador brillaban. La presa tenía la guardia baja. O, directamente, no había calibrado el peligro que la acechaba. Yo casi siento la lengua de Teo Costas deslizándose por los dientes, saboreando la victoria.

—Entre raya y raya, ¿no?

El movimiento de cabeza de su novia fue tan lento que asusta. Rut Estévez tenía los ojos muy abiertos. La boca se abría en un círculo de decepción que apuntaba a su novio. Casi exnovio, diría yo, a juzgar por esa reacción.

—¡Ah, sí! No lo sabe. Bueno, su primo Antón ha confesado. —El policía tiró el pedazo de carnaza a Rut y esperó a que fuera ella quien atacara. Sin duda, Teo Costas estaba disfrutando.

—¿Es coña? —La voz de la chica temblaba de pura rabia.

Silencio.

—Eres un puto desgraciado, tío… —El golpe en el brazo que le propinó fue tremendo. Después volvió a pegarle. Dos, tres, cuatro veces, pero él no hizo nada—. Con lo que yo viví con esa mierda y mi hermano… ¡Hijo de puta!

Teo Costas acabó por levantarse y parar a Rut, ya fuera de sí. In tentó agarrarla como pudo, pero fue ágil. Y fuerte, sorprendentemen te fuerte. No sólo esquivó la mano del policía, sino que se libró de su agarre. Y, aunque no destacaba por un cuerpo fornido, le sacaba una cabeza.

El policía reaccionó haciendo un gesto a la cámara. En cuestión de segundos, dos agentes entraron y sujetaron a Rut Estévez. Uno de ellos era enorme. Daba la sensación de que podría alzarla con un solo brazo.

—¡Dadle agua y calmadla! —ordenó Teo mientras la arrastraban fuera. Aun cuando había desaparecido del plano se seguían escuchando los insultos que lanzaba contra su novio.

Teo Costas volvió a su sitio sonriendo. Ni pizca del jefe impositivo que acababa de lanzar la orden a sus subordinados.

—Me ha encantado el espectáculo. Si soy sincero, Javier, lo he provocado queriendo… Su primo Antón ya me avisó de que su novia no sólo odiaba las drogas, sino que usted le mentía con que no consumía. Vaya huevazos, meu .

—Cabronazo, cho.

—¿ Cho ? Vaya, un malote baionés de manual, ¿eh?

—Yo no le hice nada para que fuera a joderme.

—¡Ah, no! Claro que no, Javier, por Dios.

Yo soy así, ¿sabe? Me gusta ir jodiendo.

Pero vamos al grano: quiero que me cuente con todos los detalles cómo fue su estancia en casa de sus tíos, qué hizo con su primo en la cocina, qué hora era, quién podría haberse cargado a su tío…

Porque fue feo, ¿sabe, Javier? Es feo meterse en una piscina, en el cumpleaños de un tipo, y estrangularlo con un cable de acero.

Es de ser muy hijo de puta. ¿No le parece?

Así que… ¡Hable! —Teo Costas estampó la mano contra la mesa metálica.

El estruendo sobresaltó al chico, que retrocedió ligeramente en la silla.

—Pues… ¿por dónde quiere que empiece?

—Es igual que su primo, también le falta un puntito de cocción… ¡Que me cuente todo!

Javier Marco titubeó. Titubeó mucho. Se irguió en la silla. Intentaba que las manos acompañasen las palabras, el problema era que estas últimas no sal ían de ninguna manera. Y Teo no aflojaría. Eso lo tengo yo clarísi mo.

—Nos…, nos metimos unas rayas en la cocina cuando escuchamos el grito de Natalia.

—¿Hora?

—Sobre la una de la madrugada. Había mirado el móvil un poco antes y eran las doce y media, así que habrían pasado unos diez o quince minutos.

—¿Cuántas rayas?

—Dos cada uno.

—Joder, bien serviditos. Muy bien. ¿Quién la llevó?

—La tenía Antón en su casa. No sé de dónde la saca, pero…

—¿Pero?

—Siempre tiene.

—¿Y no sabe de dónde la saca? ¿Pretende que me trague eso?

—¡Se lo juro!¿Para qué voy a mentirle, cho ?

—¡Cómo vuelva a oírle un cho le meto tres días en el calabozo! Me invento algo de lo que acusarle y le juro que lo hago. —Javier Marco respondió asintiendo. Teo Costas siguió—: ¿Alguien más de su fami lia sabía que estaban ahí?

—No. Nadie.

—¿Seguro?

—¡Que sí, seguro! ¿Qué espera? Joder, tampoco vamos anunciando por ahí que vamos a drogarnos.

—No, pero pudo pillarlos alguien.

Javier Marco no contestó a eso. Y Teo Costas tampoco insistió. No entiendo muy bien por qué, pero Teo siguió preguntando sobre quién podría ser sospechoso.

— Eu que sei … A mi tío lo querían… —Javier Marco se encogió de hombros, resignado. No era la primera vez que se hacía esa pregunta—. Non sei . No tenía enemigos.

—No. Está claro que no. Por eso lo estrangularon. Dios mío. Espero que usted y su primo Antón no sean la parte inteligente de la familia. Escúcheme, sus padres, sus otros tíos… ¿Alguno había discu tido recientemente con Ramiro?, ¿alguno tenía problemas con él?

—Nadie.

Esta vez sí sonó contundente y seguro. Por un momento, tengo una extraña sensación de orgullo, como si la confirmación de que todo el mundo quería a mi amigo fuese una medallita para mí.

—¿Antón hizo algo raro?

—¿Cuándo?

Teo Costas se pasó las manos por la cara, desesperado. Le estaba costando tener un mínimo de paciencia con ese chico.

—A ver, Javier, bonitiño , que me está empezando a tocar muchísi mo las pelotas. Pruebo otra vez: se está metiendo rayas en la cocina con Antón, no lo pierde de vista y cuando él se entera de lo de su padre…

—No, a ver…

—A ver ¿qué?

—Que sí lo perdí de vista. Hubo quince minutos que Antón desapareció.

Teo Costas suspiró. Se cubrió la nariz y la boca con las dos manos formando un triángulo. Cerró los ojos. Estaba controlándose. O intentándolo al menos.

— Cago en Deus …, pero ¡¿por qué no me lo dice al principio?!

—Es que, bueno, fueron quince minutos de nada. Yo tampoco era muy consciente del tiempo…

—A ver, Javier… Y le pido por favor que se concentre muchísimo.

Inténtelo con la única neurona que tiene y que va rebotando por el hueco vacío de ahí arriba.

¿Hay algo más raro que viese ese día? —Se lo dijo muy lentamente, haciendo pausas entre cada palabra, como si se dirigiese a una persona con algún tipo de problema neurológico. Una forma de hablar hiriente y cruel.

—Nada m…

—¡Shhh! Piense bien la respuesta porque como tenga que volver a llamarle le juro que me invento algo para joderle, ¿eh? Que ya se lo dije. Piénselo bien. Avisado está.

—Nada… Nada más, señor.

—¿Señor? —En la cara de Teo Costas había una expresión infantil, risueña—. Esto no es el Ejército, pero me gusta lo de «señor»… ¿Hay algo más o no?

—No…

—¿Está completa y absolutamente seguro?

—Del todo.

—Una última cosa. ¿Sobre qué hora perdió de vista a Antón?

—Fue antes de meternos las rayas… Entre las doce y las doce y media. En esa media hora. Pasada la medianoche.

—¿Y dónde fue?

—No lo sé. Cogió el móvil y salió.

Teo Costas sonrió. Después lo despidió con cordialidad.

Entiendo perfectamente su alegría. Javier Marco acababa de confirmarle que per dió de vista a su primo, principal sospechoso del crimen y ahora en carcelado, en el periodo de tiempo donde cuadraba el asesinato.

No sólo lo de Oporto jugaba en contra de Antón Rey…

, y, sin embargo, tengo la impresión de que se me escapa algo.