Capítulo 14 #3
—Salta a la vista que consume. Ha sido pura deducción.
Antón Rey se calló. Entiendo que fue una intentona de no seguir hablando, algo que ya le había perjudicado en el primer interrogatorio. Teo Costas no lo dejó y continuó preguntando.
—¿Y ese primo suyo quién es? Porque necesito confirmar su coartada.
—Se llama Javier Marco.
—¿Dónde vive?
—Baiona. En un piso encima del bar que tiene su novia Rut.
—¿Me va a dar todos los datos en una misma frase o voy a tener que estar preguntándole como si le faltase un verano?
Antón Rey estuvo a punto de responder a la provocación. Fue muy claro por cómo echó la cabeza ligeramente hacia delante. La palabra murió en su boca justo en el momento en el que rozó los labios. En lugar de eso, tragó saliva y contestó.
—Viven los dos encima de O Petisco, en la rúa do Reloxo.
¿Cómo? ¿Rut? ¿La misma Rut que siempre nos servía a Ramiro y a mí? Se me están abriendo demasiados frentes.
Paro la grabación, abro el cuaderno de Frankenstein y apunto:
- Hablar con Cora. Infidelidad.
- Hablar con Sonia. Amenaza a Ramiro.
- Hablar con Cora y Sonia. Drogas Antón.
Empezaré por Cora. Seguramente será lo más sencillo. Si Sonia está en casa, incluso podré abordar la amenaza a Ramiro y también el tema de las drogas de Antón. A ver hasta qué punto de drogadicción llegaba.
Reanudo el interrogatorio intentando concentrarme. Aunque me resulta complicado tras la gravedad de las revelaciones.
—Él tiene unos treinta años y ella treinta y dos. Es alto, moreno, con la nariz bastante grande, pero guapo. Está bastante fuerte porque hace mucho deporte. Ella es guapa, bajita, rubia, con los dientes pequeños y muchos tatuajes fine line .
—¿Qué coño es eso?
—Finitos. De trazo fino, vamos.
— Boh . ¿Y por qué carallo no lo llama así? —Teo Costas no lo dejó responder y atacó con una nueva pregunta—. ¿Sabe ella que él consume?
—Para nada. Rut odia las drogas. ¿Por qué?
—Solo para tocarle un poquito los cojones a su primito cachas. Y, terminado esto, empiece a largar: ¿cómo fue la discusión con su padre?
—Ese día habían entrado en casa…
—Sí, sí, sí —lo cortó el policía—. Esa parte me la sé. Entraron, les robaron, blablablá… ¡Al turrón, meu !
«Idéntica referencia a la que ha hecho Sonia» , pienso.
—Encontré el papel con la herencia en el suelo. Y, obviamente, abordé a mi padre.
Ramiro sí me había contado lo del robo, pero no había dicho nada de esa discusión. ¿Por qué?
—¿Y qué le dijo su papaíto?
—Que no iba a dejarle el chalet a Sonia. Que esa herencia no era la suya.
—¿Cómo que esa herencia no era la suya?
—Que su herencia estaba bien clara: todo al cincuenta por ciento para los dos hermanos y mi madre como administradora hasta que muriese.
—¿Y lo creyó?
—No. Obviamente no. ¿Cómo iba a creerlo? Tenía delante un papel firmado por él mismo que decía otra cosa.
—Y entonces un día se calentó de más… y decidió matar a su padre.
—¡No, joder! ¿No quedó claro ya que estaba con mi primo Javi?
—Lo que no entiendo, Antón, es por qué matarlo.
Si hay un testamento donde deja la casa que usted tanto quiere a su hermana…
, ¿por qué lo mata? ¡Si es la forma de que se cumpla ese testamento!
No entiendo el plan. Y me considero un tío listo.
A no ser que me reconozca que fue por un ataque de rabia.
Podría alegar enajenación mental transitoria. Eso gusta mucho a los abogados.
Antón Rey golpeó la mesa con las palmas de las manos.
Se levantó con la cara roja y la mirada iracunda apuntando a un Teo Costas que ni se inmutó mientras el hijo de mi amigo le gritaba a la cara.
De hecho, el policía levantó la mano con parsimonia hacia la cámara.
Supongo que era para que ningún agente entrase.
—¡Que no hay ningún plan, hostia!, ¡que no lo hay! —chilló—. ¡Yo no maté a mi padre!, ¡no lo maté!, ¡no lo matéééééé!
Teo Costas respondió con una calma desquiciante. La misma que había exhibido durante casi todo el interrogatorio. Primero manteniendo la mirada fija en Antón y luego añadiendo una sonrisilla de suficiencia.
—¿Lo ve? Enajenación mental transitoria —se burló Teo Costas—.
Ya veremos si mató a su padre, Antón. Lo veremos.
—Y sonrió con seguridad, algo que desquició todavía más a un Antón Rey que todavía intentaba digerir el sentimiento de ser acusado del crimen mezclado con la tristeza de perder a su padre—.
No me fío de usted. Se va a quedar en prisión hasta que interrogue a su primito.
—Le recordaré su error cuando me suelte.
—Lo dudo. Yo no cometo errores.
La grabación se detiene. No hay más. Pero en apenas unos minutos de conversación he descubierto muchas cosas que hacen tambalearse mi fe inquebrantable en la bonhomía de la familia Rey Vilaboi. ¿Había vivido engañado por Ramiro, Cora, Antón y Sonia durante más de treinta años? ¿Qué más escondían?
Cojo a Nala y echo a caminar. Se resiste a hacerlo, pero le pego un tirón enorme. Desmesurado…, y la miro con rabia. Sus ojos pardos, lastimeros por la incomprensión, me rompen.
Hay verdades que es mejor no saber nunca.