Nudos de sal Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Me resulta muy triste y a la vez muy revelador. Llevo la mano al lomo de Nala y dejo que las caricias la relajen. Yo ni por esas lo conseguiría. La voz de Teo Costas se cuela por el espectacular paisaje de Monteferro cuando pulso el Play con la vista fija en la pantalla:

—Otra vez aquí, ¿eh? —Parece que me lo diga a mí… Se burló repanchingado en la silla mientras otro agente sentaba al hijo de Ramiro.

—¿Le hace gracia?

El policía ladeó la mano en el aire en un inconfundible gesto de «así asá» mientras su compañero abandonaba la sala.

—Estoy entre la gracia y los nervios. Es que no le había escuchado en nuestro último interrogatorio y tiene una voz preciosa.

El hijo de Ramiro Rey le devolvió la sonrisa burlona y se recostó también en la silla. Chulería contra chulería.

—¿Qué quiere?

—El premio del euromillón. Pero supongo que no lo tiene encima. Así que pasemos a lo segundo más práctico: saber por qué mató a su padre.

—¿Y qué le hace pensar que fui yo?

—Minucias. Detallitos nimios y carentes de importancia… Igual tampoco debería darle tanto peso a que su madre haya dicho que usted lo odiaba y tenía motivos para hacerlo, y su hermana, además, confirmase que discutió con él por la casa de Cala Asterpot.

Todo aquello pareció cogerlo a contrapié porque la reacción fue abandonar la actitud chulesca y ajustar el trasero en la silla. Sonrío. Desde luego, Teo Costas sabía cómo hacer sangre.

—¡Anda!, ¿qué ha pasado?, ¿se ha quedado picueto? —Acompañó el tono burlón moviendo las manos delante de él con una especie de baile estrambótico.

—Me sorprende que precisamente mi hermana sea la que me acusa de algo así.

—Cuando el río suena…

—Pero de ella nadie ha dicho nada, ¿verdad? —Antón Rey dibujó una sonrisa confiada y sarcástica.

Teo Costas se llevó la mano a la barbilla. Sí, parecía que el hijo de Ramiro lo había intrigado…, y a mí también, por qué no reconocer lo.

—Estoy más perdido que Marco el día de la Madre… ¿A qué se refiere?

—Mi hermana descubrió… Algo.

—¿Qué es «algo»?

—Mi… mi padre…

—¡Arranque, coño!

—¡Mi padre le era infiel a mi madre!

¿Cómo? ¿Ramiro, mi Ramiro, era infiel a Cora, mi Cora? Pierdo la capacidad de control de mi cuerpo. De hecho, la recupero porque Nala me da un patazo y me hace algo de daño. He dejado de acariciarla, estoy boquiabierto y el vídeo sigue reproduciéndose. Ni me he dado cuenta.

¿Tantos años de matrimonio…? Pero si eran una familia feliz.

No entiendo nada.

Una mujer joven que empuja un carrito de bebé pasa cerca y me saluda alzando la mano. Sé que la conozco, pero no sé de qué. Aun así, soy cortés y devuelvo el gesto sin dejar de pensar en que, sea lo que sea, mi siguiente paso debe llevarme a Cora, tal como he apuntado, pero ¿estoy en mi derecho?

Me turba la dicotomía entre exigirle explicaciones sobre la infidelidad de su marido y respetar su privacidad, ya que no soy quién para intervenir en su vida personal.

Por otro lado, ¿puedo escribir esto en un libro?

, ¿revelar que era infiel? Tal vez debería cambiar el nombre de los personajes.

Para no ofender a nadie en la vida real.

Decido relegar la idea a un segundo plano mental.

Aparcada, momentáneamente, hasta que termine la grabación.

Así sabré qué pasos dar. Antes de continuar con las caricias a Nala, retrocedo el vídeo casi un minuto.

No puedo darle al Play . De nuevo un mensaje de María José preguntándome dónde estoy.

Ni Maldini hizo semejante marcaje. Contesto enviando una foto paisajística sin texto y reanudo el vídeo.

—¡Arranque, coño! —bramó de nuevo Teo Costas.

—¡Mi padre le era infiel a mi madre! —repitió (no por ello dolió menos) Antón Rey.

Lo pauso, cojo aire y vuelvo a darle al Play.

—Muy bien. ¿Y qué? Echaba una canita al aire.

—No lo entiende…

—¡Pues explíquese de una jodida vez!

—Sonia se enteró. Se lo dijo a mi madre delante de mi padre y…

—¿Y qué?

—Pues que ella confesó que también.

Puedo ver una sonrisa de enorme satisfacción en la cara de Teo Cos tas. Ya había que ser mala persona para reírte viendo cómo una fami lia empezaba a desmoronarse.

—Menudos padres ejemplares, ¿eh? No me extraña lo bien que salió usted. Siga…

—Discutieron. Muy fuerte. Nunca los había visto así. Discutieron tanto que mi padre acabó amenazando a mi madre…

—Y su hermana enloqueció.

—Dijo que, si la tocaba, lo mataba. ¡Sonia amenazó de muerte a mi padre!

La confesión cayó como una losa en la sala…

y en mí. El silencio se tragó todo. ¿Sonia?

, ¿mi Sonia? Pero si… El móvil empieza a temblar en mi mano.

Entonces recuerdo mis propias palabras. ¿No era yo quien había pensado que esa luz que desprendía Sonia Rey parecía a veces tan increíble…

como impostada? ¿Escondía esa magia a una asesina?

Tengo que comprobar que la grabación no se ha parado porque veo el pecho de ambos subir y bajar. Primero el de Teo Costas, extrañamente calmado, segundo el de Antón Rey, agitado y rápido.

El policía movía la boca, pasándose la lengua por las encías y cerrando los ojos. Parecía pensar cómo gestionar la nueva información que acababan de darle.

—No le voy a mentir. Esto me ha pillado totalmente a contrapié…, pero no es suficiente.

«¿Cómo que no es suficiente?», pienso.

—¿Cómo que no es suficiente? —chilló Antón Rey.

—Es un motivo para investigarla, sí, pero la revelación que ella descubrió… Es más suave que la suya. Y lo sabe.

—¡Es usted un hijo de la gran puta! Está yendo a por mí.

—Qué feo eso que me ha dicho, pero se lo perdonaré. —El policía se encogió de hombros—. Dios dice que hay que poner la otra mejilla. Así que le ofrezco la mía donde llevo tatuado: «O me dice cómo coño mató a su padre, o lo acuso formalmente del delito».

—¡¿Pero cómo voy a matar yo a mi padre?!, ¿está loco?, ¿no ha escuchado lo que dije de mi hermana?

—Lo escuché y ya le he dicho que la voy a investigar. Y sí, estoy como una cabra, pero sé cuándo tengo delante a un asesino. Créame.

—¡Que yo no maté a mi padre, hostia!

—¿Y quién lo hizo?, ¿el Espíritu Santo?, ¿se le fue la mano con lo de embarazar gente?

—¡Eso tendrá que descubrirlo usted, que para eso le pago!

—¡¿Me paga?!, ¡¿usted?!

— ¡Yo y todos los españoles!

—Ya tardaba en salir la tontería. Vamos a ver, yo quiero detener al asesino de su padre porque es mi trabajo y porque me jode que haya asesinos sueltos. Llámelo, no sé, inquietud profesional.

—Pues yo no soy. Así que póngase a buscarlo y déjeme irme a mi casa. O meta aquí a mi hermana.

—Qué pesado con su hermana… ¡Ya le he dicho que iré a por ella!

Explíqueme cuál era su coartada para que deje de sospechar de usted…

—Teo Costas se interrumpió a sí mismo. Agachó ligeramente la cabe za, como si quisiera darle más énfasis a la primera palabra de la siguiente frase—. Porque tendrá una coartada, ¿no?

—Cuando mi padre murió yo estaba dentro de la casa.

—¿Solo o con alguien?

Puedo percibir cómo Antón Rey valoraba su respuesta. Pensando en qué decir y sobre todo en cómo. El silencio delator llenó la grabación hasta que el hijo de Ramiro se atrevió a hablar.

—Con alguien…

—¿Quién?

—Un primo.

—¿Un primo primo?

—Un primo hermano. Estábamos…

—Metiéndose unas rayas.

¿Antón se drogaba? Tal vez en otras circunstancias me habría sorprendido, pero ahora sé que era el tesorero de los narcos.

Y, además, en este vídeo he descubierto que mi mejor amigo engañaba a su mujer desde hacía años y que Sonia, su hija, podría ser una asesina. Esto me parece demasiado irrelevante.

—¿Cómo lo sabe?

Teo Costas tardó unos segundos en responder. Levantó las cejas en señal de sorpresa.