Nudos de sal Capítulo 14
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Capítulo 14

A LFREDO O TERO

Segundo interrogatorio a Antón Rey, hijo de la víctima

Yo logré cerrarla con la ayuda de Marta, mi psicóloga.

Han pasado casi treinta años y sigo teniendo contacto con ella.

Marta vive en Pontevedra, cerca de la iglesia de la Virgen Peregrina.

Ocasionalmente nos vemos con un café como excusa.

Nos recibimos como dos viejos amigos para los que no ha pasado el tiempo y nos aconsejamos.

Aunque, lógicamente, sus consejos son más útiles para mí que los míos para ella…

Yo me esfuerzo en intentar aportar esa visión panorámica y ajena a los problemas que es imprescindible para hallarles solución.

El primer día que me senté en la consulta de Marta fue la primera vez que lloré delante de alguien.

No lo había hecho delante de mis padres ni de amigos ni de María José.

Con ella me vacié con tanta violencia que incluso tuve espasmos.

Aguantó la tormenta, esperó la calma y aportó un paraguas infinito de pañuelos de papel que iban saliendo de la caja con asombrosa velocidad.

Acudí a ella por la recomendación de un amigo.

Habíamos pasado la segunda peor de las pesadillas para un padre: estar a punto de perder a una hija (obviamente, la primera es perderla).

Sucedió poco antes de la Navidad de 1992.

Marta apenas tenía un año y medio y Elena todavía no había llegado.

El primer año de vida con una hija es la lucha por sobreponerse a un ciclón arrasador capaz de darle la vuelta a tu existencia.

De la noche a la mañana, dejas de ser tu propio centro.

Es cruel asumir que tu egoísmo ha vivido en el corredor de la muerte hasta ser ejecutado por un pequeño clon de ti mismo.

«La paternidad es lo más difícil que hay en la vida», recuerdo.

Una gaviota cruza el cielo, dirección al horizonte.

La siguen otras dos más pequeñas. Seguramente sus polluelos, a juzgar por las plumas marrones.

Me es inevitable perseguirlas con la vista hasta que se convierten en líneas finas.

Acabo posando los ojos en las Cíes. Me acuerdo del caso de la chica francesa.

Ramiro y yo debatimos largo tiempo sobre ello sentados en la terraza del bar O Petisco, en Baiona.

Nos encontrábamos allí dos o tres veces por semana durante todo el año.

A veces media hora, a veces dos horas, a veces una tarde entera.

La dueña, Rut, ya nos conocía y nos servía sin preguntar.

Un día, algo tocados por la cerveza y la nostalgia, recordamos los viejos tiempos.

Esos en los que nuestros chiquillos nos daban guerra por tonterías y no se enfrentaban a los verdaderos problemas que un padre siempre sueña con evitar a su hijo.

Lo dijo ahí: «La paternidad es lo más difícil que hay en la vida».

Lo recuerdo en ocasiones con la voz de Ramiro.

A mi amigo no le faltaba razón. Yo lo comprobé, con todo mi pesar, cuando Marta enfermó.

Porque un año después de su nacimiento, tanto María José como yo estábamos plenamente adaptados a nuestro papel de padres.

En buena medida, gracias a la guardería que nos había permitido moldear ligeramente nuestros horarios.

Teníamos tiempo para nuestra hija y para nosotros como pareja.

Marta comía decente y dormía indecente. Lo típico de cualquier familia.

El problema surgió en la propia guardería por una maldita bacteria.

Es curioso que los momentos más felices y los más sombríos compartan la cua lidad de ser imborrables.

Este fue de los segundos y se llamó Strepto coccus pyogenes .

Entró por una herida del cuello y a Marta le provocó lo que en medicina se llama celulitis infecciosa.

Las células grasas del cuello se le hincharon tanto que se le cerraba la glotis y el aire no le llegaba a los pulmones.

Estábamos en una sala del hospital y mi pequeña dejó de respirar en los brazos de su madre.

Recuerdo una marabunta de médicos corriendo, apartándose los unos a los otros para reanimarla, mientras mi mujer, subida en una silla, miraba desde las alturas cómo devolvían el oxígeno a los diminutos pulmones de nuestra hija.

Mi niña, con apenas un año y medio, se quedó ingresada en la UCI pediátrica del hospital de Vigo durante tres días.

En cada visita médica preguntaba si iba a perderla.

Las respuestas eran miradas cabizbajas y dudas manifiestas en voces temblorosas.

Esos tres días entendí el abismo infinito que hay delante de la simple posibilidad de sobrevivir a una hija.

Estaba aterrado. Nunca había sido tan vulnerable, tan creyente.

Me dio igual a quién rezar con tal de que la salvaran.

Esa es la inefabilidad del amor hacia un hijo: renunciarías a todos tus principios si eso garantizase su bienestar.

Cuando por fin me convencieron de ir a la psicóloga, tras mucho esfuerzo y muchas promesas de que tenía todo controlado, me encontré en un bajo en el barrio del Calvario de Vigo.

Marta compartía consulta con otras compañeras de profesión.

Era atenta, cuidadosa… e inteligente. Sobre todo era, y sigue siendo, profundamente inteligente.

Así que, la primera vez que ahondamos en el tema, recuerdo que habl amos de la muerte, y, en un alarde de su magnífico cerebro, me evidenció la belleza del castellano recordándome que no hay palabra capaz de expresar el sentimiento de sobrevivir a un hijo.

Si pierdes a tu pareja, eres viudo. Si pierdes a tus padres, huérfano…

, pero nada te define si pierdes a tu hijo porque ese dolor es imposible de definir.

Luego me preguntó cómo me sentía. Sigue acordándose de mi respuesta: «Tengo el invierno dentro», le dije.

Después estallé en el llanto contenido que llevaba meses guardando con celo.

Se me ocurrió la metáfora un día que estaba sentado en mi sillón.

Ya había pasado todo y me entró una vertiginosa necesidad de leer.

Porque leer es, a veces, la única forma de escapar de la jaula de miedos donde nos encierra la mente.

Aposté por una novela histórica, ambientada en el año 800 en las regiones nórdicas, donde un personaje, una völva , el equivalente a una adivina, vaticinaba la llegada del Fimbulvetr.

En la mitología nórdica es uno de los momentos más importantes.

Se llamaba así al preludio del juicio final, el Ragnarök , cuando todo quedaba helado y cubierto por la nieve.

Así estaba yo: cubierto de un frío desgarrador y lóbrego que me impregnaba los huesos.

Tres sesiones después, Marta me recomendó hacer algo que nos uniera como familia y a la vez nos distrajese de lo ocurrido.

Le di muchas vueltas, pero acabé sucumbiendo al deseo de mi propia hija y lo hice mío: adoptaríamos un perro.

Así llegó Hope. Un diminuto teckel que me puso la pata en el pecho cuando lo cogí de la perrera.

Un cachorrillo de apenas dos meses y ya me tenía ganado.

Obviamente, Hope murió hace muchos años. El dolor por la muerte de un perro no tiene comparación por la pureza del animal, pero, si lo enfocas bien, aprendes a transmitir ese amor a otros perros igualmente necesitados de una familia que los quiera.

Hoy yo hago eso con Nala. Es la tercera perra que tenemos después de Hope y Ginger.

Nala es una palleira portuguesa. De pata larga, hocico fino, color café con leche y orejas diminutas, como si hubieran crecido ajenas al corpachón de treinta y cinco kilos que gasta.

Es tan miedosa con los extraños como frenética cuando siente la libertad de pasear sin correa.

Eso la convierte en impredecible, pero también en leal.

Ahora camina unos metros delante de mí, volviéndose cada pocos pasos para comprobar que la sigo.

El sendero que conduce hasta la batería militar de Artillería J3 de Monteferro está escoltado por pinos y eucaliptos.

Una combinación extraña entre la Navidad y el frescor de la menta.

Acículas secas y quebradizas pueblan el suelo y se rompen con livianos chasquidos bajo mis pies.

Es lo único que se escucha junto con los jadeos de Nala.

Siempre que salgo con ella en verano llevo una botellita, un cuenco plegable y una ristra de bolsas.

Mientras le servía algo de agua, le he puesto el collar.

Se deja sin oponer ninguna resistencia. Conmigo es mansa y confiada.

Ato la correa alrededor de un eucalipto de tronco más fino y me siento con las piernas colgando sobre el desnivel que rodea un gran cañón.

Un legado oxidado y casi atemporal de la Guerra Civil abandonado en los sesenta.

Igual que el resto de las construcciones que componen la batería militar.

Los viejos esqueletos de los edificios están llenos de grafitis de un amarillo gastado.

La pintura, igual que el metal de las armas, se ha corroído en la crudeza de la intemperie.

¿Será esto lo que nos pasa a todos? ¿Acaso nos corroemos y es ahí cuando se ve nuestra verdadera cara? He reflexionado mucho dentro de mi recién adaptado papel como novelista porque un escritor debe, a veces, entrar en las profundidades más abisales de su mente. Con el riesgo que eso conlleva…

Nala se ha tumbado a mi lado. Saco la libreta de Frankenstein y veo mi propia letra: «¿Hablar con Cora?

». Tal vez, después de esto, sí… Me coloco los auriculares y busco el siguiente interrogatorio entre los vídeos ocultos del móvil.

Otra vez Antón. Y justo después de que su hermana lo señalase por una discusión que la hacía heredera del chalet de Cala Asterpot.

Un enfado que sólo se entiende si tenéis en cuenta que Antón Rey era el tesorero de la Fariña.

Él sabía que su modo de vida estaba en aquella casa.