Capítulo 9
T EO C OSTAS
Fijaos cómo debía odiar Antón a su padre para que su propia madre, sí, su propia madre , lo señale así. Además, si eligió a ese culpable es porque renunció a otro. La vida es eso: elegir significa renunciar. Esto me lleva a pensar en las prioridades.
Hay que ver lo que le hace a uno un golpe en la cabeza. Parezco listo y todo. Toda vuestra vida gira alrededor de las prioridades. Aprendeos esto que os lo dice un moribundo: priorizar. Priorizar. Priorizar. ¿Lo tenéis en la cabeza?
Priorizar.
Que por cierto, ya que antes hablábamos de Cora, esta palabra me arrastra irremediablemente a Alfredo Otero. Él es otro de los protagonistas de esta historia. ¿Jugamos a ser malos y os cuento algo sobre él?
Alfredo Otero era el mejor amigo de Ramiro Rey y ahora está empeñado en resolver un caso que está perfectamente cerrado: Antón Rey es culpable de matar a su padre. Punto.
Pero eso es problema suyo. Otra lección para aprender: la única mochila con la que tenéis que cargar es la vuestra.
¿Egoísmo? No. En todo caso ser práctico.
Los problemas de los Rey Vilaboi son suyos y los míos son míos.
Bastante tengo ya…, ¿o tengo que recordaros quién está con la cabeza abierta en el suelo de su casa?
Alfredo Otero era como yo: culto, inteligente, delicado…
¡Ja, ja, ja, ja, ja! No hay que perder el sentido del humor ni moribundo.
Era un moñas. Alfredo Otero era y seguirá siendo un moñas.
Delicadito como una flor. Siempre correcto al hablar, siempre cuidadoso a la hora de elegir las palabras.
Lo conocí por primera vez en el interrogatorio donde me insistió una y otra vez en que nadie de esa fiesta había matado a Ramiro porque era imposible y todos lo querían… En fin, lo que hace la edad.
Alfredo era un tipo culto, de palabras pomposas. A veces en exceso. Cuando lo interrogué me costó seguirle el ritmo. Tanta palabrería para insistir en que su cabeza se preguntaba una y otra vez si debía haber ido a la fiesta de cumpleaños de su mejor amigo.
Antes de que sospechéis: sí, tenía coartada.
Según nos contó, Cora lo había invitado.
«¿Cómo no iba a hacerlo?», se preguntó en voz alta.
Ramiro y él salían prácticamente todas las semanas a navegar.
Eran amigos desde hacía décadas. Y, si la mar no estaba dispuesta a brindar les un domingo de barcos y cervezas sin alcohol («Lo contrario hu biera sido una imprudencia», dijo), pues cambiaban el timón por la taberna Eligio de Vigo o por O Petisco de Baiona y las pintas subían de cero grados a los seis y medio que tenían los botellines de Estrella Galicia.
Tan antigua era su amistad que Ramiro había sido testigo en la boda de Alfredo, asistido al bautizo de su hijo, a la comunión… No eran conocidos. Ni colegas. Eran amigos. Amigos de verdad. De esos que se cuentan con los dedos de una mano. O eso dicen. Yo no es que tenga muchos.
La cuestión es que le pregunté a Alfredo Otero, bastante incrédulo debo reconocer, por qué no había asistido a la fiesta si tan amigos eran. Y, como ya me vais conociendo, permitidme deciros que sí: lo hice con mi habitual tono delicado y cuidadoso.
—Mucho «mi mejor amigo», mucho «mi mejor amigo», pero bien que se escaqueó del coñazo de fiesta, ¿no?
La razón que dio Alfredo Otero lo avergonzaba.
Se le notaba más en el tono que en la expresión: no fue porque le dio pereza.
La prime ra vez que lo dijo fue con la frase apagándose cuanto más se acercaba al punto y final.
Tuve que insistirle un poco más de la cuenta para que lo reconociese.
Sorprendentemente, un hombre que parecía medir cada palabra se desató luego con justificaciones absurdas que no le habíamos pedido.
Que si María José esto, que si las niñas lo otro…
Gilipolleces. Absolutas gilipolleces. Me dio la impresión de que, como todas las parejas, estaba en un momento ATD con su mujer (alta tensión doméstica, que lo llamo yo).
Días después de su primera declaración volvimos a vernos tras la detención de Antón. La cuestión es que, ese día, le pregunté a Alfredo Otero, para putear debo reconocer, si su matrimonio iba bien. Y vosotros diréis: ¿y a ti eso te importaba?
A ver si os pensáis que no tengo empat… ja, ja, ja, ja. No, no la tengo.
Era una opción maravillosa para sacarle información a alguien que yo consideraba clave en todo esto. Su relación hacía aguas, Ramiro era su mejor amigo y…
¿Os lo desvelo?
No sé, no sé… Bueno, ¿por qué no?
La mujer de Alfredo Otero, María José Suárez, había tenido un noviazgo efímero con Ramiro Rey cuando estrenaban los veinte años.
¿Donde hay fuego… quedan cenizas? Tal vez sí.
Voy más allá. ¿Y si la crisis matrimonial se había agravado y Ramiro y María José habían retomado el contacto? Era un buen móvil, ¿no os parece?
Así que, con un café denso como el alquitrán en la mano, empecé a preguntarle como si fuéramos amigos de hace años.
Lo hice con una técnica habitual: le conté algo malo de Begoña, mi mujer, que obviamente era mentira, y le dije que me estaba volviendo loco, que no sabía si era feliz…
Para luego añadir la preguntita más tocacojones para alguien que está en plena zozobra matrimonial: «¿Y tú cómo lo has hecho para estar tantos años con tu mujer, tío? ». Me gané su confianza, vamos.
Me aclaró que María José y él simplemente se querían y que «cuan do es la persona, es la persona».
Da igual lo que pase…, pero la racha de mierda (esto lo digo yo, él dijo «negativa») estaba durando más de la cuenta por culpa de sus personalidades tan opuestas.
Antes eran un incontrolable polo de atracción, pero ahora estaban tan desatadas que era imposible que alguien las modificara…
, y se habían hartado. Alfredo se quejó de que, si salía a navegar, ella se quedaba leyendo.
Si era María José la que salía de cena, Alfredo se iba al cine.
Si él salía a pasear, ella aprovechaba para ir a ver a su hermana.
Si ella salía de compras, Alfredo optaba por esperarla en casa con sus viejos libros sobre Roma.
Y la pregunta que seguro que os hacéis también me la hice yo: ¿qué hacían cuando estaban juntos en casa?
En palabras de Alfredo: «Com partir la agónica monotonía de un silencio convertido en un reloj de arena donde no se veía cuántos granos quedaban».
Sí, ya os dije que era un moñas. Aclaró, luego, que las conversaciones entre ambos existían, claro, pero eran aburridas y tediosas.
Rutinarias de la peor manera posible. Sobre todo porque, al estar jubilados, ninguno tenía mucho que contar.
Y mientras María José no paraba en casa, Alfredo prefería quedarse con su literatura de autores muertos hacía un milenio o con sus pódcast.
¿Por qué os cuento esto? Porque, para entender cómo hemos llegado hasta aquí, tenéis que conocer a Alfredo Otero.
El mejor amigo de Ramiro Rey es clave del caso.
Un hombre que paseaba en silencio por la playa para aclarar la mente cuando le dijeron que habían asesinado a su «hermano».
No podía quitarse de la cabeza aquella mañana.
Me dijo literalmente esa frase antes de describirme todo: las barcas meciéndose mansas y a lo lejos sobre las tranquilas aguas del Atlántico, el castillo de Monterreal estirándose sobre los mástiles, las islas Estelas, al fondo, y tras ellas, en lontananza, las Cíes y la línea blanca de la playa de Rodas.
Incluso a un tipo con sudadera roja que sudaba como si acabara de bañarse, pero no dejaba de lanzar un palo a su perro una y otra vez.
O a dos chicas que corrían por la arena con mallas bien ceñidas, tops muy apretados y coletas bailando de lado a lado.
Recuerdo todo esto porque me hizo gracia cuando dijo que se quedó embobado al verlas, pero que no sintió nada.
«Adiós, don Juan de los veinte. Hola, viejales de casi setenta». Me descojoné. De forma fingida, claro.
Fueron estas dos chicas las que le trajeron a Ramiro a la cabeza en su paseo por la playa de la Ladeira de Baiona.
El «esto es todo, amigos» y cómo la vida se le había pasado volando porque los tiempos en los que compartía comentarios sobre chicas con su mejor amigo eran la prehistoria.
Explicó que la vida los había ido uniendo, que un par de amigos ya la habían diñado (aunque él lo llamó «cruzar la puerta de salida»), otros se habían marchado a Madrid, Barcelona u otras ciudades grandes, pero ellos habían permanecido juntos.
Alfredo bromeó con que a veces se veían como un viejo matrimonio.
Incluso habían aprendido a respetar los silencios del otro.
Tal vez por eso aceptó ser quien luchase hasta el final por los Rey Vilaboi.
Eso explica sus palabras cuando Sonia, la hija de Ramiro, lo llamó para contarle que habían asesinado a su padre: «Me doblé.
Derrotado por la vida y sabiendo que un pedazo de mi alma nunca abandonaría esa playa». Lo que os dije: un moñas.