Capítulo 8
A LFREDO O TERO
Primer interrogatorio a Cora Vilaboi, mujer de la víctima
¿Existe algo más cautivador que la belleza?
No, no me refiero a los cánones. Esos son tornadizos e irreales.
Me refiero a la belleza verdadera, la que oculta la paradoja de ser eterna y a la vez fugaz.
Porque hay momentos que siempre serán bellos, pero sólo son instantes: la luz que reverbera en la mirada de los enamorados, dos manos entre lazadas en el véspero, el sol de invierno besando el cuerpo desnudo del ser amado, el abrazo luengo de unos padres, la risa revitalizante de un hijo, el arrebol en la rumazón sobre el mar…
¿Alguna vez habéis visto una puesta de sol en el monasterio de Oia?
Es uno de esos instantes bellos, fugaces.
El espectáculo se multiplica si buscas el sitio adecuado.
Hay una tapería, A Camboa se llama, donde puedes disfrutar de un blanco París o una cerveza helada mientras te deleitas con un momento deífico.
Una pareja con un bebé se hace fotos a nuestra derecha, un grupito de amigos a nuestra izquierda.
El barullo está vivo… y muere cuando comienza el espectáculo.
El agua, a la izquierda, teñida de naranja.
Los muros del monasterio de Oia, a la derecha, ardiendo con el sol ya oculto.
En Galicia, donde tenemos algunas de las palabras más bonitas que existen, llamamos a ese momento luscofusco .
Es cuando la luz del sol ya se ha ido casi por completo y va entrando la noche.
Otra vez, un momento único, fugaz, bello…
¿Que qué hacemos en el monasterio de Oia?
La pregunta es qué hacéis vosotros sin haberlo visitado todavía.
Se construyó sobre el siglo XII , durante el mandato de Alfonso VII .
Tuvo su papel estratégico en 1624 cuando los monjes lograron desbaratar el ataque de una flota turca.
Gracias a ellos, Felipe IV concedió al monasterio el título de Real.
En 1835 ya pasó a ser propiedad privada, pero la iglesia sigue funcionando como parroquia.
¿Cómo sé todo esto? Basta con pagar la magnífica visita guiada a un precio miserable para todo el conocimiento que ofrece.
Y además, como nosotros, podéis tomar algo mientras disfrutáis de la puesta de sol…
, de la que yo debería estar disfrutando en vez de pensar en el interrogatorio de Cora.
El pensamiento per se me agobia sobremanera.
Marta y María José discuten sobre un conjunto para la boda de un primo suyo que tenemos el año que viene.
Elena, lejos de integrarse en la conversación, está más callada de lo habitual y mira al horizonte.
¿Qué hago yo pensando en ver qué le dijo mi amiga a un policía en lugar de disfrutar de ese pequeño placer de la vida acompañado de mi mujer y mis hijas?
Ojalá pudiera pararlo, frenar mi cerebro, pero en su lugar pienso si mi amigo, mi mejor amigo, estaba relacionado con el mun do de las drogas.
Me había tomado con muchas reservas aquella declaración de Juan Vilaboi y Carlota Vázquez.
Sobre todo porque sabía que a Ramiro le parecían estúpidos y el sentimiento era mutuo.
A mí Ramiro jamás me había invitado a participar en ningún negocio.
¿Por qué no hacerlo conmigo, una de las personas con las que más con fianza tenía, y sí con gente a la que no soportaba?
¿Qué sabe Cora de todo esto?
Intento apartar el pensamiento, pero soy completamente incapaz.
Regresamos a casa pasadas las doce de la noche.
María José llama a las niñas para asegurarse de que han llegado bien, y yo me encierro en el despacho con la excusa de trabajar en mi novela.
María José ya ha tomado la pastilla para dormir e incluso mi perra descansa en su enorme cama gris. Estoy solo.
Me coloco los auriculares, cierro la puerta y pongo el cerrojo con muchísimo cuidado de que no haga ruido. Si María José viene, le diré que me he enclaustrado para evitar que le moleste el ruido frenético del tecleo.
Selecciono el archivo de Cora y aspiro nervioso.
Play .
Veo a la mujer de Ramiro. Es mi amiga de hace tantos años que aún la recuerdo sin las arrugas y la preocupación trazando pinceladas por un rostro nórdico, rubio y de ojos pequeños y turquesas.
—¿Quiere agua? —le preguntó Teo Costas. Me sigue pareciendo un tipo peculiar, sorprendentemente normal.
De hecho, no hay nada en él que resultara distintivo.
Altura media, sobre 1,80, algo de tripa…
Camisa azul claro, vaqueros y deportivas blancas, pelo desordenado y rizado, nariz aguileña y ojeras.
No era feo, pero tampoco guapo. Un hombre normal.
No me había fijado antes de este interrogatorio.
—No. Quiero terminar cuanto antes —contestó mi amiga Cora al policía.
—La entiendo. No es una situación agradable.
—No, no me entiendes.
«¿ Por qué lo tutea?», pienso.
—Sí, sí la entiendo —zanjó Teo Costas, remarcando el trato de usted. La grabación de la cámara de seguridad era en color, y la definición, bastante decente—. Créame que lo único que deseo es detener a la persona que mató a su marido. Es mi trabajo.
—Si es su trabajo, es una obligación. No un deseo.
La sala de interrogatorios quedó en silencio con el corte de Cora.
Es de esas personas que no suelen decir mucho, pero cuando lo hacen…
Sonrío, claro, porque no es la primera vez que lo veo, y la conozco.
Son una familia modélica. Bueno, eso pensaba.
Antón debe ser la oveja descarriada…, y aun así estoy convencido de que es inocente.
Una cosa es estar metido en el mundo de la droga, y otra bien distinta matar a tu propio padre. Pero sigamos.
Tras el corte de Cora, Teo Costas suspiró y tamborileó con los dedos de la mano derecha en la mesa. Después se pasó el pulgar y el índice por el bigote varias veces y, por fin, habló en tono conciliador.
—Señora Vilaboi…, yo no soy el enemigo. Lo sabe, ¿verdad?
Guardaron silencio otra vez. De unos quince segundos. Hasta que Cora primero agachó la cabeza y luego respondió:
—Lo sé. —El tono hosco había cambiado. Mi amiga levantó las palmas de las manos aún con la mirada baja, avergonzada—. Necesito que esta pesadilla termine cuanto antes. —Noté la súplica en su voz.
—Y para eso tenemos que coger al asesino.
Sí. Lo sé perfectamente. Ya le dije antes que la entiendo.
De verdad que sí, pero para atrapar al que se cargó a su marido necesitamos su ayuda.
—Teo Costas le tendió la mano derecha. No lo suficientemente baja como para que la cogiera, pero sí para que entendiera la importancia de la oferta y del claro gesto de acercamiento.
Cora Vilaboi la miró. Dudó si cogerla o no.
Y de pronto alzó la vista hacia el policía, aunque no logro interpretar qué dijeron sus ojos oceánicos.
Finalmente, mi amiga levantó los hombros.
Estaba cogiendo aire. Todo el que podía.
Todo el que necesitaba porque sabía lo que se venía.
Y lo que se venía no es fácil ni de entender ni de asumir ni de responder.
—Adelante.
—¿Qué estaba haciendo cuando mataron a su marido?
—Hablar con mi sobrino, unos amigos nuestros de toda la vida y su hija.
—¿Dentro de la casa?
—Dentro de la casa, sí.
—¿Y no escuchó nada?
—Si hubiese escuchado algo, habría ido corriendo.
—Bueno… Podría estar usando una batidora, una tostadora… O haciendo cualquier otra cosa. Cualquiera. No sé si me explico… —Las cejas del policía ascendieron y descendieron a toda velocidad, fingiendo una pícara conexión que mi amiga rechazó.
—No. No se explica.
—Da igual. —El tal Teo Costas se separó ligeramente de ella echándose hacia atrás en la silla. Después siguió preguntando—: ¿Cuándo supo que algo iba mal?
—Cuando escuché los gritos de Natalia. Ella…
—Disculpe. —El interrogador había levantado la mano para cortarla en seco y se acercó de nuevo, aunque no hacia ella, sino hacia su cuaderno.
Empezó a pasar hojas de papel a toda velocidad.
Tanta que el sonido de los folios agitándose con inquietud en el aire se coló por el micro—. ¿Se refiere a Natalia Vilaboi?
—Sí. A mi sobrina Natalia.
—Muy bien, siga. —El policía volvió a echarse hacia atrás.
—Natalia gritó, nos asustamos y salimos corriendo.
—¿Hacia dónde?
—¿Cómo que hacia dónde? Hacia la piscina, claro.
—¿Y por qué sabía que estaba en la piscina?
—No sabíamos que estaba allí. Seguimos a la gente.
—O sea que no salió corriendo hacia la piscina. Salió al jardín trasero… ¿y la gente ya estaba corriendo?
—Sí.
—¿Quién iba delante?
—No me fijé.
—¿Y se fijó en quién iba en ese grupo?
—No. O sea, sí. O sea… —De pronto Cora se calló, agobiada por haberse liado.
Entre el primer «no» y el primer «sí» había agitado la cabeza.
El policía también se había dado cuenta y se cernió sobre ella con los codos apoyados en la mesa.
Parecía incluso haber estirado la espalda para parecer más alto.
—¿Me está mintiendo?
—¡No te miento! ¡Perdón! ¡No le miento!
—Lo ha dicho muy segura, y sin embargo no sabe decirme quién iba en el grupo cuando escuchó los gritos de su sobrina.
—Iban… —Mi amiga cerró los ojos, tratando de evocar el recuerdo.
Se lo he visto hacer tantas veces que me sorprende fijarme en un gesto tan robótico.
Después cantó los nombres mientras llevaba la cuenta con los dedos de la mano—.
Mi hija Sonia, mi sobrina Natalia y mis otros sobrinos, Alejandro y su mujer.
—¿Nadie más?
—No me acuerdo bien… Tengo esos momentos bastante borrosos.
Teo Costas estaba tomando notas, garabateando con el bolígrafo en una libreta de bolsillo. Después dejó el boli con cuidado sobre el papel, como si fuera de cristal, y juntó las yemas de los dedos. Levantó los ojos hacia mi amiga y atacó sin previo aviso.
—¿Alguien quería matar a su marido?
Fue prácticamente un gancho. Una frase pensada para desestabilizar, para confundir y generar un efecto de aturdimiento por la sorpresa.
—¿Có… cómo quiere que responda a eso?
—Abriendo la boquita y hablando. No es difícil. —Ahora era Teo Costas quien tenía un tono hosco. Las tornas habían cambiado. Ambos lo sabían. Cora también.
—No… No sé. No creo.
—No. No sé y no creo —se mofó el policía—. Si tiene usted el coño para meternos tanta presión con encontrar al asesino, también lo tiene para ayudar.
Yo no doy crédito. Y eso que Cora ya me ha hablado pestes del tal Teo Costas. Menudo maleducado. De pronto, un violento mano tazo estalló contra la mesa seguido de un chillido confuso y un respingo. El tono grave y el agudo rebotaron por la sala y se colaron en la grabadora.
—¿Alguien tenía motivos para matar a su marido, sí o no? —aulló el policía con una furia desmedida.
—Sss… ííí… —El siseo fue tan suave que apenas resultó audible.
—¡¿Sí o no?! —insistió la voz con violencia.
—¡Sí!
Tras la afirmación, Cora Vilaboi se quebró en un llanto. Era lastimero, hasta cruel para los oídos, sabiendo que lo proyectaba una persona que acababa de perder a su gran amor. El amargor casi traspasó el objetivo.
—¿Quién?, ¿quién podía odiar tanto a su marido como para querer matarlo? —El policía volvió a usar el tono liviano y calmado del principio.
—Mi… mi…
No pudo continuar. La palabra le ardía en la garganta. Si la vocalizaba sería una condena. Ella lo sabía. También yo. Y sólo había una persona en el mundo que merecía tanta protección tras un crimen. La entiendo porque yo también lo haría.
Teo Costas esperó. Sin movimientos, sin habla, pero con los ojos fijos en Cora Vilaboi brillando de apremio y ansiedad.
Esperó a que lo dijera porque era un juego de pesca, y ella, un triste pez que había mordido el anzuelo.
Todas las preguntas iniciales, toda la delicadeza de las primeras cuestiones, desapareció de un plumazo.
El sedal estaba tenso, el policía arqueó la caña y mantuvo el carrete aferrado.
Me acordé de El viejo y el mar , que leí tiempo atrás.
Llegó el momento de recoger, pero había que hacerlo con suavidad.
Un tirón más de la cuenta, y el pez escapaba en vez de subir a la superficie.
Justo a donde ascendió Cora Vilaboi en cuanto terminó de llorar.
—Mi hijo. Creo que lo odiaba tanto que pudo matarlo.