Nudos de sal Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Mi cuñado era un jeta. —Recuerdo perfectamente que Ramiro tenía una opinión idéntica de Juan Vilaboi.

Lo consideraba un verdadero imbécil, pero, como decía él, « me toca tragarlo»—.

Básicamente, Ramiro era un bróker a pequeña escala.

Él nos aconsejaba qué hacer con nuestro dinero y se llevaba un porcentaje…

, pero nunca se ju gaba el suyo. Actuaba con comisiones y siempre se las llevaba en negro.

SIEMPRE . Todo ese chalet, ese lujo…, ¿de dónde se cree que salían?

No tengo ni puta idea de cómo lo hacía, pero la cosa es que hace me nos de un año nos dijo que tenía una inversión clarísima, sin riesgo de ninguna clase. ¿Sabe cuánto dinero nos pidió?

—Sorpréndame.

—¡Un millón de euros! —chilló Juan Vilaboi.

—¡No tienes que gritarlo aquí!

—¡Lo grito si me da la gana, Carlota, coño!

«Madre mía con Pau Gasol, está desatado», pienso.

Vuelvo a recordar a Ramiro, en ese humor tan suyo, y de pronto me entristezco pensando en que no podía llamarlo y contarle nada sobre ese cuñado suyo al que no soportaba.

Lo peor de perder a alguien son las rutinas y costumbres.

Esa es la verdadera guerra que hay que librar.

Que, de pronto, no hay nadie al otro lado del teléfono.

Que, cuando tu equipo marca un gol, tu amigo no está a la izquierda sosteniendo una cerveza…

—Supongo que le dio el dinero —siguió Teo Costas, sacándome de mi lúgubre espiral.

—¡Joder, claro!, ¿cómo no iba a hacerlo? Todas las inversiones que nos había pedido habían salido bien. No fallaba ni una. No sé cómo coño lo hacía, pero no fallaba.

—¿Qué garantías les dio?

—Triplicarlo.

—Tres millones de euros… ¿Rehipotecaron la casa?

—Totalmente. Nos dieron el dinero y se lo dimos. En bolsas, claro.

—¿En bolsas?, ¿cómo que en bolsas? A ver, a ver… —A Teo Costas le entró la risa—. Le dan el dinero en bolsas de basura, ¿y no saben por qué no fallaba su cuñado? Me están vacilando, ¿verdad?

—Suponíamos que era algo ilegal, pero…

—¿Algo ilegal? Algo ilegal es circular a 160. Esto va más allá .

—Pero nosotros no lo sabíamos.

—¿Son retrasados entonces?

—Perdone, ¿cómo se atreve a…?

—Insisto —los cortó Teo Costas, ya serio, levantando la mano y colocándoles la palma prácticamente a la altura de los ojos—: su cuñado les pide un millón de euros…

, ¡un millón de euros! —repitió alzando la voz—, se lo dan en bolsas de basura…

¿y no intuyen que lo que va a hacer es muy pero que muy ilegal?

Si de verdad me están diciendo eso, es un milagro que todavía no se hayan ahogado con su propia baba.

«¿Ramiro relacionado con las drogas? ¿Mi amigo Ramiro? No, no. Eso no es posible. Era Ramiro. Me lo habría contado…».

Juan Vilaboi y Carlota Vázquez estaban callados. Tal vez por vergüenza, tal vez porque pensaron que esa conversación podría causarles más problemas. Los nervios, esta vez en boca del hombre, afloraron con la defensa de su inocencia.

—Odiábamos a mi cuñado, pero no lo matamos. Se lo puedo asegurar.

—¿Y dónde coño estaba su mujer cuando mataron a Ramiro Rey?

—¡En la fiesta, como todo el mundo! —saltó ella, ofendida.

Sin duda, la reacción que Teo Costas esperaba. Parecía perfectamente ensayado.

—Entonces ¿por qué tengo a alguien que dice que era la única persona a la que perdieron de vista en el jardín?

—Porque subí al baño.

—¿Sola?

—Sí.

—¿A qué? —Carlota Vázquez se quedó callada. No fueron más de cinco segundos, pero Teo no le permitió que fuese más—. Venga, señora. Hagámoslo fácil y así vuelven al polvo o lo que cojones fuera que estuvieran haciendo en su casa cuando los sacamos de ahí. ¿Qué coño hacía? Suéltelo de golpe.

Primero miró a su marido. Después a Teo. Luego otra vez a su marido. Debo reconocer que me echo hacia delante en la silla por puro interés. Aunque no se me va de la cabeza esa posible relación de Ramiro con la droga, debo estar atento al interrogatorio.

—¡Arranque, coño! —bramó Teo Costas—. ¿Drogas?, ¿follándose a algún niñato?

—¡No! —La ofensa se manifestó en un grito aguado—. Me estaba haciendo unas fotos…

—¿Unas fotos? —preguntó Juan Vilaboi.

Teo Costas estalló en una somera carcajada. Luego miró al hombre torre que tenía frente a él y volvió a reírse en su cara.

—Por favor… Dígaselo. ¿Quién es el amante?

—¡Nadie!

Eso me pilla a contrapié. Y creo que a Teo Costas también.

—No tengo ningún amante, Juan. Es sólo que… Son fotos. Es dinero rápido…

—¿Qué?

—Tengo una cuenta de esas… Onlyfans.

—¿Qué coño es eso, Carlota?

—Eso, Juanito, es una web donde la gente sube fotos guarras por pasta —se mofó Teo Costas—. Oiga, ¿y le va bien? Yo estoy pensando en abrirme una, pero la tengo pequeña.

Tengo que reírme y automáticamente taparme la boca con las manos. No sé qué me ha hecho más gracia, si el descubrimiento o la respuesta del policía.

La mujer se giró hacia su marido.

—Juan, te juro que sólo enseño el pecho. El resto lo tapo.

—¡Ah!, ¡¿lo tapas?! ¡Qué bien, Carlota! ¡¿Qué digo bien?! ¡C ojonudo! ¿Y con qué lo tapas?, ¿te pones piñas?, ¿o una seta? ¡¿A mí qué coño me importa que tapes «el resto»?! —Hizo las comillas con los dedos.

Sólo la discusión tiene algo de gracia porque el resto del interrogatorio es absolutamente intrascendente.

Voy a empezar con el de Cora, el que entiendo como verdaderamente relevante, aunque no sé muy bien por qué.

A buen seguro que mi amiga me ha contado todo, entonces…

¿por qué pienso que voy a descubrir algo?

No tengo oportunidad de comprobarlo. María José me llama y apago todo. Mi prioridad es mi familia. Ya tendré tiempo para los in terrogatorios y la novela. Aunque la idea de Ramiro relacionado con la droga no se me va de la cabeza.