Nudos de sal Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Pulso en el vídeo del hermano de Cora. Es un hombre de casi dos metros, enjuto y con remolinos de cabello engominados hacia la parte trasera de la cabeza, como un galán de los años sesenta.

Aunque la galantería se había quedado en el pelo: dientes enormes, nariz grande, ojos saltones separados…

Me recuerda a un vendedor que conocí en un mercadillo portugués: carapau , lo llamaban.

El carapau , en portugués, es un jurel. Un pescado la mar de feo…

Además, la ropa no acompañaba: un pantalón que le hacía bolsas, una camisa de una marca completamente desfasada, de esas con un cuello doble en dos tonos, y una horrible riñonera cruzada.

La antítesis del estilo. Y no es que yo sea precisamente supermoderno.

—Usted dirá… —dijo el nuevo carapau con tono tosco.

—Le noto molesto. De hecho, me han contado mis coleguitas que han tenido bastantes problemas para que viniese a verme. ¿No le gusto? Soy un tío bastante guapete…

—No tenemos tiempo para gilipolleces. ¿Puede acabar de una vez? —El tono agudo de la mujer perforó hasta el micrófono. Sonrío al recordar que María José siempre se quejaba de la forma en la que hablaba la cuñada de Ramiro y Cora.

Carlota Vázquez también era delgada, aunque no estaba tan consumida como su marido. El moño rubio y descuidado, curiosamente, le confería un aire salvaje. Además parecía en forma. Llevaba un brazo cubierto por completo por tatuajes con la tinta desgastada por el paso de los años.

—Ustedes eran los payasos del cumpleaños de su cuñado, ¿no? Menudo humor…

El gesto de ambos mudó a la piedra. Incluso los hombros cayeron ligeramente. Teo Costas no paró.

—Voy a pasar por alto los problemas que han puesto para venir, pero… ¿tenían alguna fiestecita rara dentro de casa?, ¿algo que pueda ofender a un respetado agente de la ley como yo?

Fue Carlota Vázquez quien dio un paso al frente, aunque no respondió a la pregunta sobre la casa, por lo que deduzco que sí debían estar haciendo algo raro. Me encantaría contárselo a mi mujer, pero descubriría que tengo estos interrogatorios y eso sería sinónimo de problemas.

—¿Qué quiere saber?

—Sus problemas con Ramiro Rey.

—Ninguno. Era nuestro cuñado. Es una tragedia lo que le ha pasado —atajó carapau .

—Me lo creería si no fuera porque parece usted un robot, Juan, bonito. Hasta me hubiera tranquilizado más que fuese la típica persona seria con un palo metido por el culo. Pero, joder, un poquiño de sentimiento… Han matado a su cuñado, ¿no les da pena?

Guardaron silencio. Se miraron. Sopesaban sus opciones… y finalmente hablaron.

—Ninguna. —Lo dijeron a la vez. Con firmeza y convencimiento.

—¿Y eso por qué?

De nuevo, Carlota Vázquez intentó tomar el mando.

—Será mejor que hable yo. Es un tema delicado. Al final, no deja de ser el marido de la hermana de Juan.

—Claro, claro… —Teo Costas no pudo evitar una sonrisilla burlona mirando a aquel hombre de dos metros.

Yo tampoco. Un gigante escuálido al que su mujer tenía completamente agarrado por la inguinalia .

Seguro que era el típico al que le decidían qué beber cuando iban de cena: «Quiero un agua con gas», pediría él.

A lo que ella corregiría mirando primero a su marido y luego al camarero: «Eso no, cariño.

Que luego te da gases. Tráigale mejor un agua sin gas».

Tengo que contener la risa porque Carlota ya está hablando.

—… y esa inversión ruinosa fue por su culpa. Ramiro nos aconsejó mal y tuvimos que cambiar un chalet enorme en Nigrán por el piso de mierda de ahora.

—Por lo menos siguen teniendo una vivienda. No es para tanto…, ¿o es que hubo más? —Anzuelo lanzado…

—¿Le parece poco? —… anzuelo picado—. Teníamos un coche recién comprado, un todoterreno de casi trescientos caballos nuevecito y tuvimos que venderlo. Ahora vamos con un trasto de hace diez años porque necesitamos un vehículo. Y no sólo eso, también las joyas, los relojes de Juan…

—Igual el problema fue el grado de inversión que hicieron. ¿Eso también fue culpa de Ramiro?

—¡Claro que fue su culpa! —saltó Juan Vilaboi.

—Cariño…

—¡No! Joder, si quiere investigar quién era mi cuñado, por lo menos que sepa la mierda de persona que era.

Teo Costas guardó silencio con un gesto impertérrito mientras volaban los puñales. Después extendió las manos, con las palmas abiertas hacia arriba invitándole a hablar.