Nudos de sal Capítulo 7
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Capítulo 7

A LFREDO O TERO

Interrogatorio a Natalia Vilaboi, sobrina de Ramiro y quien encontró el cuerpo

La soledad deseada es una de las necesidades vitales menos escuchadas…

Especialmente, porque muchos pecan de un exceso de sociabilidad para no quedarse a solas con ellos mismos.

No es mi caso. Disfruto enormemente de mi soledad.

Más ahora que tengo un proyecto tan interesante como mi propia novela centrando mis pensamientos.

Lo primero que he hecho ha sido buscar cuáles son los mejores pódcast para aprender a escribir un libro.

Soy un absoluto adicto a este tipo de programas, ¿qué voy a hacerle?

Imagino que viene de tantísimos años de vocación radiofónica: crímenes, historia de Roma, cine…

y ahora, también, literatura. Me interesa todo lo que me cuentan.

Como segundo movimiento preliterario, en la librería adquir í Cartas a un joven novelista , de Mario Vargas Llosa, y Mientras escribo , de Stephen King. Dos biblias para los legos como yo en esto de escribir grandes historias.

He decidido que lo mejor para explicar lo ocurrido con Ramiro y, por ende, mi novela, es detallar los interrogatorios y que sean estos los que vayan guiando mis movimientos.

He ido ordenando alfabéticamente la carpeta del ordenador con las conversaciones mantenidas por Teo Costas con los sospechosos del crimen, y los he abierto uno a uno y numerado basándome en la fecha que aparecía en la esquina superior derecha de las grabaciones.

Ahora sólo tengo que buscar si hay algo que no cuadre.

Tengo el olfato periodístico un poquito oxidado, pero también confianza.

Antes de empezar, me parece relevante recordaros que mi intención es ayudar a Cora…

, pero también a mí mismo. La culpa sigue haciendo mella en mis noches.

Escribir la apacigua. Si a eso le sumas que el día de mañana mis hijas y mis nietos o nietas tengan algo de un valor incalculable creado por su abuelo…

La historia de Ramiro y mi obra magna van ligadas.

Si resuelvo el crimen, se hará justicia y yo tendré un cierre perfecto para mi libro.

Obviamente, mis hijas y Ma ría José saben lo de la novela, pero no que pretendo desenredar un caso que ni la policía ha sido capaz de desentrañar.

Y eso que mi mujer parece haber recuperado la normalidad.

Este último año no nos dejaba estar solos prácticamente ni un segundo.

Supongo que le afectó sobremanera lo de Ramiro…

He bajado la luz del cuarto para que ninguna reverbere en la pantalla del ordenador. Las distracciones deben ser mínimas. Me voy a colocar los cascos… y empiezo con el primer interrogatorio. A ver si descubro algo.

Play .

A la primera que veo es a Natalia Vilaboi.

Es la persona que encontró el cadáver de Ramiro, así que responde a la lógica que inaugure los interrogatorios.

En el lado izquierdo de la pantalla está Teo Costas, el policía; a la derecha, Natalia Vilaboi.

Es una sala pequeña, con una úni ca mesa y dos sillas.

La sobrina de Ramiro tiene un hermoso melenón castaño, suelto y brillante.

Casi parece sacado de una de esas películas infantiles de Disney que mis niñas veían de pequeñas.

Los ojos son pequeños, igual que la nariz y la boca.

Es alta. Muy muy alta. Rondará el metro ochenta y, en conjunto, es atractiva.

Mira de forma desafiante a Teo Costas… Lo cual no me parece una estrategia muy inteligente.

—¿Cómo puedo ayudarlo? —preguntó Natalia Vilaboi mientras dejaba en la mesa un vaso de plástico del que salía humo. El hilo con la etiqueta de papel de un té pendía del borde.

—¿Qué recuerda de la noche en la que encontró muerto a su tío Ramiro? —Sin presentaciones ni formalismos.

—¿Cuándo podremos celebrar el funeral? Antón… Bueno, todos estamos afectados.

—Mañana o pasado mañana. No queda mucho para que concluyan la autopsia. ¿Qué recuerda de aquella noche?

—Estábamos celebrando el sesenta y cinco cumpleaños del tío, él propuso ir a la piscina, algunos aceptamos…

—¿Quiénes? —la cortó Teo Costas.

—Sonia, mis primos, Alejandro y Ariadne, y yo.

—¿Nadie más?

—No.

—¿Vio alguna silueta?, ¿una sombra?, ¿un agaporni?, ¿una meiga ? No sé, alguna mierda extraña.

—Eeeh… No.

—¿Y por qué Ramiro se quedó solo?

—No lo sé. Le gustaba. —El rostro se le ensombreció con una sonrisa triste. Tenía los dientes pequeños y enseñaba las encías—. Mi tío Ramiro era, cómo decirlo… Era como muy metido para dentro para algunas cosas.

—Ojalá el castellano nos hubiese regalado alguna definición para alguien tímido. O introvertido.

—Es que no es exactamente eso… Le gustaba disfrutar de sus ratos a solas. Reivindicar su derecho a aburrirse, lo llamaba él.

—O sea, que fue él quien pidió quedarse solo…

—Sí. Y, como no nos sorprendió, aceptamos y ya está.

—¿Y cuánto pasó desde que se fue hasta que volvió?

—Pues unos… ¿quince minutos?, ¿diez?

—¿Me lo pregunta a mí? —se burló Teo Costas—. Yo a esa hora estaba aguantando los vómitos de mi mujer. Usted sabrá…

—Es que no puedo ser más exacta, pero diría que sí. Fue muy poco tiempo.

—Fue el suficiente para matar a alguien —atacó Teo Costas antes de proseguir—. Y en ese lapso desde que regresó a la casa para luego volver a la piscina… ¿hubo alguien que se fuera?, ¿alguna ausencia que le pareciese extraña?

—La verdad es que n… —Movió levemente la cabeza, como si le hubiera dado un tic o la fuerza de la revelación que acababa de tener la hubiese desplazado involuntariamente—.

¡Sí! —exclamó mientras estiraba el cuello y la espalda—.

O sea, no del todo. Quiero decir que, ahora que lo dice, sí que vi ausentarse a una persona…

y además creo que no se llevaban muy bien.

—Venga, acelere.

—¿No apunta?

—¿No ve la cámara o qué? —Natalia Vilaboi tragó ante la bordería del policía. Abrió la boca un par de veces para replicar, pero en lugar de eso lo aclaró con tono serio.

—Cuando todos fueron a cambiarse, yo me quedé fuera unos segundos con mis padres…, y estábamos todos menos mi tía Carlota.

—¿Quién coño es su tía Carlota?

—La mujer de mi tío Juan, el hermano de mi padre.

—¡Ah, vale, clarísimo! —Teo Costas se golpeó los muslos con las palmas de las manos y después las levantó con rapidez—. Pero vamos a ver, ¿cómo coño quiere que yo sepa quién es su tío Juan?

—Porque es usted quien investiga el caso. Supuse que habría hecho su trabajo.

Celebro con orgullo la respuesta. Ya estaba bien de tanta bordería de Teo Costas.

El policía parece verme porque se reclinó en la silla y señaló insistentemente a Natalia Vilaboi con el dedo índice mientras sonreía, burlón. La sobrina de Ramiro interpretó la invitación.

—Mi tía Carlota es bajita, rubia, con un gran tatuaje en un brazo…

—Ya la buscaré… Avancemos de una puta vez. ¿Qué le pasaba a tita Carlotita con Ramiro?

—Tuvieron problemas por un tema de dinero, pero no sé nada más… ¿No le parece vergonzoso que por dinero discuta gente de la misma sangre?

Teo no respondió, pero sí intuyo que ocultaba una sonrisa sarcástica.

— ¿Sus tíos viven por aquí?

—¿Juan y Carlota? En Nigrán. ¿Quiere la dirección?

—No. Por si no se ha dado cuenta, tengo el poder de llamar a quien considere necesario.

Lo da esta plaquita brillante. —Golpeó dos veces con el dedo índice la insignia policial—.

¡Ah! Permítame un comentario antes de despacharla…

¿Dónde vive? —Natalia dudó—. En realidad es una pregunta retórica.

Tengo su dirección. Gran Vía de Vigo, ¿no?

—Sí…

—Tengo aquí que es teleoperadora en una compañía de móviles… —Se inclinó sobre el papel y volvió a repanchingarse en la silla.

—Bueno, soy licenciada en Periodismo.

—¿Trabaja de ello?

—No…

—Entonces esa titulitis la deja para sus padres. Es teleoperadora porque lo pone aquí. ¿Le puedo preguntar cuál es su sueldo?

—Mil… Perdón, pero ¿esto qué importa? Me parece una pregunta muy personal…

—Sólo que me extrañó que una teleoperadora tenga un pisazo de la hostia en plena Gran Vía. He tenido curiosidad y he mirado el catastro: ciento diez metros cuadrados, cuatro habitaciones, dos baños, terraza… ¿Lo ha reformado?

—Quiero irme de aquí. Esto son preguntas personales. Lo… ¡Lo voy a denunciar!

—Yo lo voy a llamar intuición policial, pero algo me dice que tiene usted un piso, seguramente bien reformadito, que usted no puede pagar.

Así que deduzco que detrás de él está la cuenta corriente de papá y mamá.

—Silencio como respuesta—. La próxima vez que se plantee si es o no es vergonzoso que alguien de la misma sangre discuta por dinero, acuérdese de que hay gente que no tiene padres que le regalen un piso.

Cuando mis niñas eran pequeñas se inventaron un verbo para la cara que acababa de poner Natalia Vilaboi: furiar .

Y, por supuesto, con su conjugación: Yo furio , tú furias , él furia , nosotros furiamos , vosotros furiáis , ellos furian .

La sobrina de Ramiro acababa de furiar mientras se levantaba y se iba hacia la puerta.

Teo Costas gritó en cuanto ella cogió el pomo.

—La señora Natalia Vilaboi ha terminado… Qué hasta los cojones estoy de las niñas de papá.

Estoy anonadado con la actitud de Teo Costas.

Aunque lo recordaba brusco…, nunca habría creído que llegaría tan lejos.

El interrogatorio de la sobrina de Ramiro había sido considerablemente rápido, pero apuntaba claramente a sus tíos…

Consulto el reloj. Aún es pron to. No pierdo nada por seguir viendo los vídeos.

Además, no llegará nadie hasta dentro de, como mínimo, una hora.

El segundo es el de Juan Vilaboi y Carlota Vázquez. Algo bastante lógico.