Capítulo 6. El último adiós a Ramiro Rey
A LFREDO O TERO
Las películas suelen reflejar los funerales como días cargados de lluvia. En Estados Unidos, paraguas negros cubren rostros devastados y cabizbajos mientras la música melancólica se mezcla con las gotas picoteando el ataúd.
En España es más común escuchar el llanto desgarrado de la familia. Es más pasional, más febril y crudo.
La indumentaria también cambia. Los estadounidenses lucen trajes impecables mientras los españoles se dividen entre quien respeta las costumbres ancestrales del luto y los que obvian el rito y lo convierten en una bacanal hortera donde conviven riñoneras, camisas de manga corta y bermudas de cuadros anchos junto a deportivas.
Porque, total, sólo voy a dar un último adiós.
En el último adiós a Ramiro Rey, un cielo pétreo cubría Vigo.
Se mezcló en el funeral esa dejadez estética tan vulgar con la pulcritud del luto.
De camisas por las que te sorprende que alguien pague a brillantes zapatos recién pulidos.
De barbas mal afeitadas a meticulosos rasurados.
De señoras orladas con perlas a chándales aciertopelados , que no aterciopelados, de mercadillo.
Porque Ramiro Rey, mi amigo, era un hombre llano, de familia humilde, que había construido un imperio de la nada.
Hijo de los panaderos de un pequeño pueblo cercano a Vigo.
Su espontaneidad, naturalidad y, sobre todo, inteligencia, lo habían convertido en alguien capaz de destacar en muchos ambientes.
Los besos sonoros de ancianas dejaron paso a apretones de manos formales…
y a muecas cómplices que callaban tanto que hacían dudar al silencio.
Todos habían leído esas primeras informaciones sobre Antón Rey.
Todos sabían de la detención. Yo lo notaba en muchas miradas que iban más allá de la compasión.
En primera línea de consuelo, Cora Vilaboi, mujer del difunto, y Sonia Rey, hija del finado.
En segunda, pero muy cerca de ellas, el hermano de Cora y su mujer, que prestaban asistencia a su hija, Natalia Vilaboi, sobrina de Ramiro y quien encontró el cuerpo.
Me fijé en que evidenciaba los rasgos adormecidos de quien ha necesitado cierta ayuda ansiolítica para estar allí.
Sólo pareció disimular el adormecimiento cuando un grupo de cuatro hombres, ya entrados en años, se acercaron hasta ella para abrazarla y consolarla.
Yo mantuve un rictus de evidente afectación.
Crucé la mirada con Natalia Vilaboi, que durante años fue una hija más para Ramiro y Cora.
Siendo preadolescente, vivió dos años con sus tíos por problemas familiares.
El shock por la pérdida y la condena por haber hallado el cuerpo eran motivos más que suficientes para verla en ese estado.
Aquella niña que yo conocí, ahora convertida en mujer, se sintió casi obligada a esa sonrisa forzada e incómoda que se pone cuando no tienes interés en presentar a nadie.
Mientras la lluvia arreciaba, regando de tristeza las lágrimas ya de por sí amargas, continuaban llegando condolencias al tanatorio de Pereiró de Vigo: amigos y compañeros de trabajo, directivos del Celta, gente a la que Cora no recordaba haber visto en su vida, pero que le mostraban sus respetos.
Incluso el exprometido de Sonia, que sentía adoración por Ramiro, pese a que la boda con su hija se había roto sorpresivamente en el último momento.
Hasta el investigador del caso, Teo Costas, se acercó por allí, aunque se mantuvo en un discreto tercer plano, alejado de la muchedumbre y apoyado en el coche que había estacionado en el aparcamiento.
Sólo Cora le sostuvo la mirada. Lo interpreté como un reto por la detención de Antón.
El sol se abrió paso entre las nubes lluviosas y el multicolor del arcoíris impregnó las lágrimas de los asistentes.
La rabia por el asesinato se manifestaba en los pésames que clamaban contra la injusticia de perder a «un hombre bueno» y era arrastrada por los coches que cruzaban raudos por debajo del tanatorio.
Pero, a pesar de la pena y las palabras de alivio, alrededor de Cora Vilaboi flotaba un sentimiento extraño, difícilmente reconocible, pero capaz de empapar cada palabra pronunciada: desconfianza.
Porque la mujer de Ramiro estaba convencida de la inocencia de su hijo, y eso, meses después, desembocó en una serie de decisiones que cambiarían nuestras vidas para siempre.