Capítulo 10
A LFREDO O TERO
Primer interrogatorio a Antón Rey, hijo de la víctima
Yo estoy claramente en el segundo punto.
He parado en muchas áreas de servicio, he visto coches a toda velocidad cruzar el camino con prisa.
He visto otros lentos, e incluso alguno ha chocado para nunca más regresar, o para volver al principio, renaciendo y presentándose otra vez mucho más lento y con más ilusión.
No me importa reconocer que en ocasiones me ha costado.
Porque el materialismo, el peligroso acecho del sueño americano de crecer hasta el infinito, me ha arrastrado con sus fauces babeantes de falsas promesas.
Afortunadamente, siempre he encontrado el poso en el jardín cargado de petricor, en la ternura implícita en los abrazos de mis hijas y en los ojos felinos de la mujer a la que amo.
Esto no siempre ha sido así, claro. De hecho, antes de la trágica muerte de Ramiro, mi relación con María José estaba en un momento delicadísimo.
Creo que ninguno quisimos afrontar que nos odiábamos estando juntos en casa.
Pero la vida, que tiene esos caprichos y esa sabiduría germinal, opta por darte una bofetada para que te centres.
La muerte de Ramiro y el asalto sufrido por María José nos unió sobremanera.
Dejamos atrás nuestros problemas y nos amoldamos el uno al otro.
Eran demasiados años como para arrojarlos a la basura.
Así que, poco a poco, nos fuimos haciendo a las nuevas rutinas.
Yo opté por acompañarla a alguna de sus excursiones, y ella, por respetar mis tiempos y mi soledad.
Entiendo que soy un ser complejo. En tiempos donde prima la inmediatez, a mí me fascina la lentitud. En tiempos de ruido, el silencio me refugia. Estoy lejos de las redes sociales y cerca de los libros. A años luz de la prisa y enamorado de la paciencia.
Ahora nos respetamos. Nos queremos.
Mi novela ha avanzado, aunque no mucho. Poco más de un par de capítulos con los primeros interrogatorios.
Leyendo Mientras escribo , he descubierto la importancia que le da Stephen King a los paseos como método para aclarar ideas.
Si tengo fe, tengo fe ciega. Así que estoy dando una vuelta a la fortaleza de Monterreal de Baiona mientras escucho un pódcast donde analizan con bastante tino En las orillas del Sar , de Rosalía de Castro.
A mi izquierda, crestas de espuma blanca golpean las rocas con embestidas furiosas.
El Atlántico, noble con el marinero, saluda bajo un cielo límpido y un sol imponente.
Un arcoíris de hortensias jalona el acceso a la playa baionesa de Os Frades.
Un sendero de grava precede a unos peldaños de piedra que caen hasta que miles de diminutas conchas entierran los pies.
Camino unos metros a la izquierda, hasta que hallo una roca de aspecto cómodo donde me siento con cuidado. Una costumbre malsanamente adquirida a partir de los sesenta, una vez que asumí la vejez latente de mis articulaciones.
Primero contesto al mensaje de María José sobre dónde estoy y qué hago.
Sigue manteniendo esa actitud preocupada desde el asesinato.
Luego abro mis archivos y pauso el pódcast. Pese a los auriculares, aún oigo cómo graznan las gaviotas, los truenos de las olas en sus impactos e incluso la cinta VHS de mi cerebro rebobinando a toda velocidad mientras me castiga con recuerdos luctuosos de los que ya no están y a los que reúno en cada atardecer.
El último integrante de mi particular Santa Compaña es Ramiro.
No sólo por la ausencia de la hermandad que nos unía, también por la culpa.
No haber asistido a su cumpleaños es una de las decisiones más devastadoras de mi vida.
Aceptar la oferta de Cora fue una forma de saldar la deuda con él y conmigo mismo.
Mi móvil es grande, de casi siete pulgadas.
Es ahí donde veo el interrogatorio a Antón.
Es el primero que escucho después de que Cora lo acusase de tener motivos para matar a Ramiro.
Algo que no pude compartir con nadie, pero que me quita el sueño.
Es completamente inviable que alguien como Antón haga algo así… , ¿o no?
Lo entiendo todo cuando le doy al Play.
Esperaba dar con el joven algo silencioso pero afable que yo conocí y me encuentro un chulo de instituto.
Grotescamente chulo. Una actitud impropia de su padre e inadecuada para el niño bien educado que yo traté.
Además, la exhibía con una pose fanfarrona en la silla.
Y no. No era despreocupación. Era bravuconería.
La odio . Y de pronto me planteo si esta persona sería capaz de perpetrar un parricidio.
¿Acaso no sentía rabia ante tal injusticia?
, ¿odio por la orfandad obligada con la que lo habían castigado?
En un pódcast escuché a un afamado psicólogo hablar sobre los psicópatas integrados.
Explicaba que, normalmente, imaginamos a un psicópata capaz de cometer los actos más atroces y crueles.
No os pongo ejem plos, en España hay infinidad de ellos encarcelados.
Sin embargo, un psicópata es un individuo carente de emociones.
Ahí entran los psicópatas integrados. Hombres y mujeres socialmente aceptados.
Con familias, amigos, trabajos normales…
, que esconden a personas que son témpanos ante tus emociones y comen de tu vulnerabilidad.
¿Y si Antón era uno de ellos?, ¿y si ese niño al que yo había visto cientos de veces a lo largo de los años era un psicópata integrado? ¿Y si Antón había matado a su padre?
No. No era posible. Sí, me estoy autoconvenciendo.
Vuelvo al vídeo porque, lógicamente, la actitud del hijo de mi amigo había generado una tensión en la sala que traspasaba la pantalla y había convertido ese interrogatorio en un ring de boxeo.
A la izquierda Antón Rey, con más de 1,90 de altura y unos noventa kilos de músculo y un chándal rojo.
La cara era ruda, de matón. Y ese look deportivo no la suavizaba.
A la derecha, Teo Costas, con 1,80 y setenta y cinco kilos a dividir entre músculo y grasa y un rostro absolutamente tranquilo.
Parecía hasta más tranquilo de la cuenta.
—¿Sabe por qué lo hemos detenido?
Silencio.
—¿Está implicado en la muerte de su padre?
Silencio.
—¿Es usted tonto o sólo sordo?
Silencio. Aunque ahí Antón Rey se movió ligeramente en la silla. Desde luego, si algo había que reconocerle a Teo Costas era que no se amedrentaba.
—Constará que se ha negado a cooperar durante el curso de una investigación por asesinato.
Silencio. Y una vez más ese movimiento de incomodidad en la silla.
—Hágase mi voluntad entonces porque aquí, Antón, yo soy Dios. —Teo Costas se levantó y se marchó. Apenas unos segundos después dos tipos más grandes y corpulentos que Antón Rey entraron y se lo llevaron esposado.
Pienso en la pregunta que acaba de hacerle Teo a Antón: ¿tonto o sordo? No contestar en el interrogatorio donde te acusan de asesinar a tu padre refleja, sin duda, que has escogido la primera opción.