Capítulo 4
A LFREDO O TERO
Me llamo Alfredo Otero, tengo sesenta y ocho años y estoy a punto de resucitar… Por supuesto, hablo en sentido metafórico y estrictamente mental. Estoy a punto de comenzar lo que, sin duda, será mi legado inmortal: mi primera novela.
Antes, como buen jubilado con necesidad de no callarse, os contaré que hace tres años que dejé de trabajar.
Tuve una buena vida laboral: años en la radio, también en el Concello de Ponteareas como responsable de comunicación, ayudé a algún que otro alcalde o candidato en la oposición con la prensa, monté un periódico digital…
No tengo queja. He sido afortunado con el chollo , como decimos los vigueses al trabajo.
Pero eso nunca fue el motivo de mi felicidad.
Ese tiene tres nombres propios: María José, Marta y Elena. Mi mujer y mis niñas.
Voy a matizar un detalle, las llamo «niñas» porque siempre serán las mías, pero tienen ya treinta y cinco y treinta y dos años.
De hecho, la pequeña ha vuelto a casa de madrugada tras una buena juerga a juzgar por el mensaje de seguridad que ha recibido María José y que le exige cada vez que sale por la puerta.
Desde la noche anterior a que encarcelasen a Antón se ha vuelto un poquito paranoica.
Normal si tenemos en cuenta que casualmente esa noche la atracaron mientras paseaba a Nala.
Setenta y cinco euros menos y un susto tremendo más.
Ahora siempre coge la misma rutina: sale con un espray de pimienta en el bolso al paseo nocturno con la perra, llama a su hermana, llama o mensajea a Elena y Marta para comprobar que han echado la llave y, cuando ellas le dan la confirmación, se toma una pastilla para conciliar el sueño con normalidad.
Los traumas pesan demasiado. En fin… Supongo que los padres tenemos arraigado el rechazo de ver a nuestros pequeños como adultos.
Yo perdí a mi madre cuando tenía cincuenta y cinco y ella ochenta y seis.
Con medio siglo, seguía preguntándole a mi hermana si « el niño» venía a comer el domingo…
Ahora mismo, el niño de sesenta y ocho años está en su despacho con La Gaceta de Vigo , un cuaderno y un ordenador abierto. Acabo de recibir un envío certificado con un USB que ha provocado que tenga que limpiarme el sudor que me cae por detrás de las orejas.
Afortunadamente, no puedo quejarme de muchos achaques: rodillas desgastadas, una hernia lumbar…
, pero nada grave. Me recuerda a un amigo que acudió al médico muy agobiado por un dolor en la rodilla.
«¿Qué es lo que tengo, doctor?», preguntó, y el médico respondió: «Años».
En resumen, que soy un tipo calvo, con nariz agui leña, herniado, guapo en algún momento de mi vida (no sé exactamen te cuál, pero supongo que alguno hubo), que está a punto de enfrentarse al monstruo mitológico que es la página en blanco.
Imagino que vuestra primera pregunta será por qué se ha metido este jubilado en un embolao de tamañas características.
Primero, por la imperiosa necesidad de perdurar, algo que va germinando con el paso de los años y que alcanza una frondosidad inesquivable cuando se llega a la senectud.
Segundo, porque soy bastante culo inquieto.
Tercero, porque tengo una extraña pero efectiva mezcla de motivación y aburrimiento (o, lo que es lo mismo, demasiado tiempo libre).
Cuarto, por pura culpa. Y quinto, ligado al cuarto como ya entenderéis, porque tengo una buena historia.
Porque esa es la base de cualquier novela: una buena historia.
Ojalá pudiera deciros que es una historia que llevo años pensando, como esas sobre la historia de Roma que tanto me gustan.
Ojalá hablar de décadas moldeando un conjunto de personajes, formas, historias…
, pero no. Nada más lejos. Es una historia que yo mismo he vivido.
Una historia real… a la que se suma el inesperado sobre que ha actuado como gasolina.
La segunda pregunta, por lógica, es: ¿qué carallo hay en un USB para que yo sude tanto?
Os pondré en contexto, porque es el cierre extra ño a una semana extraña.
Todo comenzó el miércoles pasado. Era una mañana cualquiera.
De esas que los jubilados disfrutamos sobremanera en tiempo y forma: compra de pan, lectura de periódico, la tentación críptica de instruir a obreros como si fuéramos ingenieros…
y la falsedad de que todavía somos jóvenes para caer en los estereotipos.
Esa mañana, mi amiga Cora había cogido el carísimo coche de su difunto esposo y se había presentado sin previo aviso bajo mi casa, un adosado en la urbanización Puente Romano de Baiona.
Intuí que el tema que tratar sería delicado, especialmente porque Cora es de esas personas con un cerebro brillante que le permite pensar que mis hijas estarían trabajando; María José, en su clase semanal de pilates…
, y yo, pasando el rato. Como diría Ramiro: «Reivindicando mi derecho a aburrirme» .
Vamos, que estaba completamente solo cuando su tez de porcelana y sus ojos de agua llenaron la pantalla de mi móvil con un retrato hecho en Mondariz.
—Necesito ir a tu casa a tomarme un café —había dicho con misterio. No fue una pregunta, sino más bien un apremio. Las palabras exactas para provocarme un compromiso irrechazable. Ignorante de mí, no sabía que el compromiso no era el café. Más bien lo que traía con él.
—Tú sabes que Antón es inocente —dijo con los ojos turbados por lágrimas desesperadas cuando le serví el café en la cocina de casa y un cigarrillo al que apenas había dado dos caladas agonizaba entre sus dedos.
Ese fue el inicio de una propuesta que he aceptado. Más que aceptar, le he prometido y me he prometido que revelaría quién había asesinado a mi mejor amigo y, lo más importante, que ayudaría a sacar a Antón de la cárcel.
Ramiro y yo nos sacábamos dos años y creo que fuimos inseparables desde que nos conocimos.
Representamos la verdadera amistad, esa donde la verdad importa más que el dolor y donde la cuerda siempre llega por muy profundo que sea el pozo ni importar cómo te has caído…
Nos conocimos en el colegio Maristas de la rúa Venezuela de Vigo.
Un niño mayor que yo intentó pegarme y Ramiro, un criajo nervioso y fibrado al que le sacaban casi dos cabezas, se metió a de fenderme.
Fue un acicate para mí ver su valentía intentando zafarse de aquel abusón, así que salí en auxilio de mi salvador.
Nos dimos una somanta de palos que en los tiempos modernos hubiese acarreado expulsión, pero en aquellos años no fue más que una llamada a nuestros padres, el consiguiente castigo y la certeza de que ese abusón jamás iba a volver a meterse conmigo o con él.
Desde aquel día no nos separamos. Ni siquiera el pequeño lío que tuvo con María José mucho antes de que se casase conmigo influyó en el «nosotros» que componíamos.
Juntos brindamos por mi boda, por la suya, por la primera paternidad, por la segunda, por las bromas que hacía Ramiro sobre usar la escopeta de su difunto padre cuando Sonia fuese adolescente, por mi petición de que me la dejase cuando Elena y Marta creciesen, por sus graduaciones, por el inicio de sus carreras profesionales…
Forjamos una amistad eterna a base de cerveza y mar.
Un nudo de sal. Dos amigos más allá del tiempo… hasta que alguien acabó con el suyo.
Seguro que ubicáis el crimen. Prensa, radios, televisiones…
Sólo con vivir en el mismo mundo que el resto habéis tenido que ver a Ramiro: pelo cano, nariz grande, ojos profundos, cicatriz en una ceja, barba de esas de tres días que ahora se consideran moda y que en mis tiempos eran, básicamente, ir desaliñado…
Es más, quizá hasta hayáis visto un precioso encuadre que yo mismo hice hace dos años con las Cíes de fondo.
Si por algún capricho de la vida con estos datos no es suficiente…
¿Os suena si os digo que es el crimen donde el encarcelado es el hijo de la víctima? Ahora sí, ¿verdad?
Antón Rey, el hijo de mi mejor amigo, conocido de mis hijas, un joven saludable, de buena familia, deportista, guapo, con cultura e intereses…, lleva meses en prisión por un parricidio. Atroz… e injusto.
¿Qué ocurrió? Según las pruebas (perdón, «las pruebas»), Antón aprovechó la fiesta de cumpleaños de su padre, a la que yo no asistí, para estrangularlo en la piscina donde tantas veces habían jugado de pequeños.
Algo imperdonable… e increíble. Pero en el sentido más puro de la palabra.
No es creíble. Antón no es el asesino. Lo sé.
¿Qué hay contra Antón? Todo. La investigación policial no deja ni una duda ni un cabo suelto.
Según la secuencia de hechos, el hijo de Ramiro viajó a Oporto con su novia.
Allí, en un momento de distracción de Mónica, su chica, compró un cable de acero que trajo a España oculto en su coche…
y que luego usó para estrangular hasta la muerte a su padre.
¿Hay testigos? Sí. El dueño de la ferretería lo reconoció comprándolo.
¿Hay arma del crimen? Sí…, pero nunca apareció.
Según la policía, tras cometer el parricidio, Antón arrojó el cable metálico al mar por uno de los acantilados cercanos a la urbanización Cala Asterpot y el mar se lo llevó.
Por si esto no fuera suficiente, la reputación del hijo de mi mejor amigo se ha emborronado por culpa de la revelación de todos sus trapos sucios.
Desconocemos quién lo ha filtrado, sólo se sabe que alguien envió un e-mail denunciándolo…
Y sí, se ha confirmado que Antón estaba relacionado con las drogas, aunque no de la for ma en que pensáis.
Lo han calificado como el tesorero de la Fariña.
La maldita televisión y sus motes. Antón Rey recibía bolsas y bolsas de dinero de la droga, lo guardaba y después se lo daba a los capos a cambio de una comisión.