Nudos de sal Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

¡Ah! Un detalle importantísimo: la sala donde Antón guardaba el dinero…

¡no ha sido descubierta! Entonces ¿de dónde se adivina la existencia de esa sala?

Antón ha admitido que existe, pero se niega a r evelar su paradero.

Es una estrategia absurda, que me resulta incomprensible, pero él está convencido.

Eso sí, pese a haber admitido su trabajo para la Fariña, insiste una y otra vez en que no mató a su padre.

Aunque socialmente no sólo ha sido juzgado, también condenado.

La teoría policial sobre el crimen ha sido meridiana: mi amigo, Ramiro Rey, se enteró de las fechorías de su hijo, amenazó con denunciarlo si no se deshacía de ello… y Antón lo mató. ¿Se sostiene? Sí. ¿Es verdad? No.

¿Por qué lo sé? Porque lo sé.

Es justo esto lo que me llevó primero a convertirme en portavoz de la familia Rey Vilaboi.

Bueno, esto y la culpa por haberme perdido el sesenta y cinco cumpleaños de mi amigo.

Sí, he pensado mucho que tal vez las cosas serían diferentes de haber estado presente en la fiesta.

La pegajosa culpa me ha llevado a aceptar algo inasumible para un civil: averiguar la identidad del verdadero asesino.

¿Quién mató a mi amigo Ramiro Rey?, ¿por qué le han colocado el muerto, y perdón por la broma macabra, a Antón? Esos son los misterios.

Lo de la portavocía nació de un modo casi natural.

Al día siguiente del crimen, en casa de mi amigo y con un luto solemne, me quedé a solas con Cora.

Ella aprovechó un momento en el que María José, mi mujer, se fue al baño para preguntarme si me sentía cómodo ante los micrófonos dado mi pasado en la radio y me pidió el favor de ejercer de portavoz.

La flaqueza que Cora atravesaba en esos momentos le impedía conservar la claridad suficiente ante la ingrata tarea de dar explicaciones.

Me habitué a los focos, a los canutazos (como llamamos los periodistas a las declaraciones que se cogen con una decena de micros) e incluso a las ruedas de prensa. No me tensaban las cámaras ni me agobiaban los presentadores.

La frecuencia de mis apariciones fue decayendo conforme iban pasando semanas sin noticias del presunto culpable y volvieron a aumentar cuando se detuvo, de manera oficial y bajo acusación de parricidio, a Antón.

Ahí no sólo ejercí de portavoz, también de parapeto.

Pero en un medio vales mientras das audiencia, así que la miasma que desprenden los programas de sucesos fue desapareciendo de mi alrededor.

Ahora soy más libre para acometer esa investigación y también tengo más contactos. Aunque dudo que a Cora le haya incentivado eso, más bien creo que su propuesta nace de la desesperación y se ampara en el secreto.

Antes os he hablado de un argumento irrefutable para decidirme a escribir la novela: tengo una buena historia.

No hay más que sumar dos y dos. Sí, voy a escribir el crimen de Ramiro.

Mi libro se titula El crimen de Cala Asterpot .

Ese es el nombre que encabeza la primera página del cuaderno que tengo desplegado junto al ordenador.

Es de tamaño bolsillo y me lo regaló mi hija Marta hace unos cuantos cumpleaños porque tiene un grabado que representa al Frankenstein de Mary Shelley en la portada.

No es mi libro favorito, pero me une a mi hija por una curiosa historia: ella tenía quince años y debía hacer una exposición sobre una obra al azar.

Yo ya la había leído y la reté: «Veinte euros si al final sabes decirme el nombre del monstruo».

No, no es tan fácil. No se menciona en toda la novela.

Fue la propia Mary Shelley quien, en una lectura pública, lo llamó Adam, pero en las páginas se refiere a él como «engendro» o «monstruo».

Frankenstein es el doctor. ¿Sabéis qué pregunta le hizo la profesora cuando terminó de exponer?

Sí: «¿Cómo se llama en realidad el monstruo de Frankenstein?

». Le pusieron un diez y yo pagué veinte euros por un recuerdo vitalicio.

Tengo la mirada fija en ese título de El crimen de Cala Asterpot .

No puedo creer que haya pasado ya un año desde que me arrebataron a mi mejor amigo.

Debo reconocer que esta idea sobre mi novela me revitaliza.

Sobre todo, porque a mi edad brotan inevitables ciertas preguntas trascendentales: ¿quién me recordará?

, ¿cómo lo harán?, ¿cuál será mi legado?

Bueno, creo que como contexto ya es suficiente, ¿verdad?

Un jubilado de sesenta y ocho años dando la chapa…

¡Eso sí que da para una novela! Vamos a lo importante: ¿seguís queriendo saber qué contiene ese USB para provocar sudores fríos?

Ese pequeño cachivache tiene algo que ni esperaba…

y que me sorprende que llegue una semana después de aceptar investigar el asesinato de Ramiro: los interrogatorios hechos por el policía que se encargó del caso. Un tal Teo Costas.

¿Quién me los ha enviado?

¿Qué razones tenía para hacerlo?

No tengo respuestas para ninguno de los interrogantes, pero ahora mismo no las veo necesarias. Lo importante es que están en mi poder y que voy a saber todo de cada persona que fue interrogada. Y eso, automáticamente, me convierte en el narrador de mi propia novela.