Capítulo 3. Urbanización Cala Asterpot
La cala Asterpot fue, durante años, el deseo de muchos aspirantes a millonarios. El monte nigranés de Monteferro era público, claro, como sus calas. Pero la bautizada mansión Playboy de las Rias Baixas era otro cantar.
De hecho, esa vista gorda se manifestó cuando Charles Adonis Asterpot reveló su deseo más caprichoso: quería una cala propia. Y, para alguien acostumbrado a lograr siempre lo que quería, un par de limitaciones legales y paisajísticas no podían suponer un freno.
¿Conclusión? Sí. Más sobres… y una cala espectacular donde el rico inglés amarraba el barco con el que navegaba a las Cíes cada vez que el tiempo se lo permitía.
La década de los ochenta disparó la leyenda de Adonis Asterpot en Monteferro.
De él y de sus exclusivas fiestas, algunos aseguran que sexuales.
De hecho, insisten en que por la mansión pasaron altos car gos políticos y de la jet set internacional para disfrutar de furgonetas llenas de mujeres que venían directas desde el norte de Portugal.
Dinero, fama, mujeres, drogas sin fin, alcohol sin fin, amigos sin fin…
Asterpot lo tenía todo… hasta que su estilo de vida se diluyó como una de esas aspirinas que se tomaba para las resacas porque el dinero sí tuvo fin.
Un par de malas inversiones unidas a un incontrolable despilfarro acabaron dilapidando su fortuna.
Las fiestas dejaron de ser tan frecuentes, los invitados de la élite fueron sustituidos poco a poco por narcos locales…
El dinero bajaba tan rápido como crecían los rumores de que Asterpot quería vender su adorada mansión.
Hasta que dos de esos narcos que asistían a sus fiestas y que querían convertir la fariña en ladrillo manifestaron su deseo de hacerse con ella.
Entre otras cosas, porque tenían cogidos por los huevos a quienes debían tener.
Una buena oferta al rico inglés, una amenaza por aquí, la promesa de una comisión por allá…
, y dos narcos disfrazados de constructores cerraron la millonaria venta de suelo y obtuvieron la licencia para construir una urbanización de lujo en los terrenos de la mansión.
En tres años, la cala Asterpot aunaba diez adosados de lujo con vistas privilegiadas, piscina comunitaria y una enorme verja negra de acceso con una C y una A doradas y entrelazadas entre sí en el centro de la puerta. Único recuerdo de Charles Asterpot y de su flamante y exclusiva cala.
Era mediados de 1990 y la Cala Asterpot era ahora una zona tranquila, residencial y familiar donde los niños gritaban en la piscina en verano, los coches subían y bajaban a diario en invierno y el mar siempre cargaba contra la vieja cala de un archimillonario que sólo era un recuerdo arrastrado por el Atlántico.
De Adonis Asterpot apenas se hablaba. Alguna vez, en verano, alguien recordaba su nombre y lo asociaba al peligro de la avaricia. Y, mientras lo hacían, miraban los chalets y la cala con deseo y envidia. Como un tesoro tangible que nunca podrían atrapar.