Nudos de sal Capítulo 2. El crimen
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Capítulo 2. El crimen

Hace un año

La muerte no estaba invitada a la fiesta, pero se coló de todas formas.

Ramiro Rey fue asesinado en la celebración de su sesenta y cinco cumpleaños.

La noche era espléndida. De cielo estrellado, pocas farolas y una luna redonda y brillante que dibujaba un sendero de plata sobre el agua de la piscina.

Su hija y tres de sus sobrinos se habían bañado con él, pero ya habían vuelto a la casa.

Estaba solo tras un día cargado de emociones que incluso le habían sacado alguna lagrimita.

Y eso que él, como decía su mujer, no era de llorar.

Lo envolvió un silencio sobrenatural, casi místico.

Flotaba bocarriba en el agua, con la mirada fija en las diminutas bombillas que tapizaban el lienzo negro del cielo.

Inspiró profundo, dejándose mecer, y cerró los ojos para recrear todo lo que había vivido ese sábado de finales de julio.

Por la mañana, al abrigo del amanecer tardío, hizo el amor con Cora, su mujer desde hacía más de treinta años. Fue silencioso, rápido y muy diferente a las primeras veces. La pasión, a los sesenta y cinco, es más una idea que una realidad.

Después llegaron los primeros mensajes: algunos parcos en palabras, otros excesivamente largos, como el de Alfredo, su mejor amigo, que sacaba a pasear esa prosa tan pomposa como elocuente cada año en la misma fecha.

En los grupos de WhatsApp se repetía el mismo patrón: fotos con corazones, emojis de tartas y velas virtuales que lo mantuvieron media hora pegado al teléfono hasta que se cansó y se marchó a la ducha.

El espejo empañado por arriba encuadró un rostro borroso de labio superior grueso, barba rasposa, pómulos marcados y ojos hundidos cubiertos de dos cejas frondosas y grises, una de ellas atravesada por una cicatriz apenas perceptible por el espesor del pelo que la rodeaba.

Cogió un peine y se deslizó los mechones plateados hacia atrás, tal y como le había enseñado a hacer su padre de pequeño.

Cora ya había bajado a la cocina mientras él atendía el móvil.

Además de un desayuno especial, lo obsequió con un bonito reloj de esfera y correa de silicona negras y manecillas blancas.

Lo estrenó sonriendo, sintiéndose afortunado de la mujer que tenía, capaz de abandonar una prometedora proyección como ingeniera de minas para que él despegase en sus negocios.

«La verdad es que es precioso», dijo girando una y otra vez la muñeca para admirarlo.

Jamás volvería a quitarse aquel reloj. Ni en el féretro que guardó su cadáver para la eternidad.

Cora y él se acaramelaron en el sofá tras el desayuno.

Total, todavía era temprano. Disfrutaron de una película de estreno, después dieron un paseo que culminaron con un vermut que sirvió de comida y comenzaron con la tediosa rutina de los preparativos: cortar sándwiches, inflar globos, colgar cartelitos con un FELICIDADES mayúsculo y en letras de colores…

Todo hasta recibir a algunos invitados, generalmente más familiares voluntariosos y con ganas de ayudar.

Un peaje necesario… y aburridísimo. No fue hasta un par de horas después, ya por la tarde, cuando todo estuvo listo y la fiesta se animó: las clásicas copas, la clásica música animada y, por supuesto, la clásica tía que se pasa con el alcohol, en este caso su hermana, y saca a bailar a quien se le ponga por delante y se justifica con que sólo bebe «en ocasiones especiales».

Eso sin contar la clásica tarta de cumpleaños, el clásico soplido de velas y el clásico deseo egoísta: «Que todo me vaya bien».

Sólo unos minutos después, y con la muerte desternillándose por las ironías de la vida, a Ramiro Rey lo estrangularon con un cable de acero en la piscina comunitaria.

Antes, su adosado en Cala Asterpot, la conocida urbanización de Monteferro, en Nigrán, le había regalado uno de los días más felices de su vida.

Sus hijos, junto con sus hermanos y amigos, le habían hecho un vídeo precioso con fotos antiguas que vieron en el jardín trasero gracias a un proyector.

Hasta Alfredo, su mujer y sus dos hijas habían participado, y eso que ninguno había acudido a la fiesta.

Se sintió decepcionado, pero no le aguó la celebración.

Después llegó el turno de los regalos, que mezclaron la rutina con la excelencia.

Del clásico vino a la joya: una camiseta del Celta de Vigo firmada por Iago Aspas que provocó un murmullo de admiración…

y el orgullo manifiesto en el pecho de Sonia Rey, hija del cumpleañero y autora del regalo.

Tras un discurso emotivo donde todos aplaudieron, Natalia Vilaboi, sobrina de Ramiro Rey, pidió una foto de grupo.

Todos sonrieron felices hasta que el flash del temporizador los cegó.

Se escuchó algún «patata» y algunas risas cómplices entre los jóvenes que aún no comprendían cómo había gente incapaz de salir sonriendo en las fotos sin encomendarse al tubérculo.

La fiesta no tardó mucho más en apagarse y llegaron los primeros abandonos.

En el chalet quedaron los últimos invitados, familiares en su mayor medida y algún matrimonio amigo.

Todos sofocados por un calor indigno de un mes de julio gallego.

Porque pasaban las doce de la noche y hacía veintiocho grados.

Y los veintiocho grados de la costa gallega, con la humedad, no son los veintiocho grados de las ciudades de interior.

Son veintiocho grados de sudor pegajoso y desagradable recorriéndote el cuerpo de arriba abajo.

Y Ramiro Rey, encendido (casi en el sentido literal del término), sugirió un baño nocturno en la piscina de la comunidad.

Algunos calificaron la idea de buenísima, otros, sudando como pollos, de celestial…

Sin embargo, sólo cuatro personas la secundaron: su hija Sonia y sus sobrinos, Natalia Vilaboi y Alejandro Gómez, y la mujer de este, Ariadne.

Corrieron a toda velocidad al interior de la casa y se pusieron los bañadores. Apenas tardaron tres minutos hasta que la puerta metálica del jardín trasero chocó violentamente contra el cierre mientras se dirigían a la piscina comunitaria con toallas en el hombro.

Se movieron por un camino empedrado, escoltados en los laterales por chalets idénticos que componían la urbanización Cala Asterpot: tres plantas, jardín trasero y ladrillo vista.

Farolas de luz tibia iban jalo nando el acceso hasta la piscina.

Alrededor de ella, la hierba recién re gada abrazaba con mimo y frescor los pies descalzos, aliviando el insoportable calor.

El cielo era un azabache, y las brillantes estrellas, sus reflejos.

Dejaron las toallas en un banco y se lanzaron al agua.

«Menos fría que la de la playa, pero nada mal», apuntó Ramiro.

Algunos de sus sobrinos le dieron la razón.

Su hija, Sonia, dijo que estaba helada. A lo que Ramiro replicó salpicándola y tronando: «Menuda norteña de merda » . Fue una de sus últimas frases.

Su sobrina Natalia lo recordaba bien porque en ese momento contemplaba ensimismada la luz verde de un avión que fue alejándose hasta devolver al cielo la estampa inmaculada con la que se habían metido al agua.

Fue Sonia quien propuso salir de la piscina tras unos minutos con versando sobre la importancia de aquellos momentos excepcionales dentro de celebraciones ya de por sí excepcionales.

«Sí, salte, que el día de mañana te acordarás más del baño que del sesenta y cinco cumpleaños de tu padre», había culminado Ramiro Rey ante tanta filosofía alcohólica de su hija.

No obstante, rechazó la propuesta de abandonar el agua.

Usó una de esas frases tan suyas para pedir unos minutos más a solas: «Reivindico mi derecho a aburrirme, carallo ».

A nadie le pareció extraño. De hecho, horas después declararían la normalidad de esas situaciones ante la policía.

A Ramiro Rey le encantaba la soledad siempre y cuando fuese buscada y no impuesta por la vida: escuchaba rock clásico en su estudio, leía y subrayaba con un eterno lapicero mordisqueado.

Tanto Sonia como Antón ubicaban ese lápiz como uno de los primeros recuerdos con su padre…

Misma marca y mismo modelo desde hacía más de treinta y dos años.

A veces, incluso cogía la bicicleta sin previo aviso y se marchaba a algunas de las calas que Monteferro le regalaba para darse un chapuzón.

No importaba si era pleno invierno. Simplemente obedecía con una fe ciega a ese impulso de soledad que su mente le exigía.

¿Hubo algo que les pareciera extraño? No. ¿Alguien estuvo raro o diferente en algún momento de la fiesta? No. ¿Vieron algo fuera de lugar en la piscina? No. No. No. No.

Esa era la respuesta por defecto en cada pregunta policial sobre aquella noche.

Ramiro Rey había pedido quedarse solo unos minutos más y ellos habían vuelto. Eso era todo. No sabían nada más, juraban.

Claro que Ramiro Rey nunca podría desmontar ni tan siquiera dudar de las defensas de sus familiares y amigos. Él seguía flotando en la piscina comunitaria, entrando en la sexta planta de la vida y ajeno a la sombra que acechaba entre los arbustos esperando el momento exacto.

Llegó cuando todavía tenía los ojos cerrados. No percibió ni las pisadas en la hierba ni el olor distinto al del petricor ni la silueta sombreada que se dibujó sobre su cuerpo endeble antes de abalanzar se sobre él como un animal salvaje y feroz.

Los párpados ya le abrasaban cuando los despegó y vio un rostro borroso y líquido antes de hundirse.

La sangre ascendía como arena roja dentro del agua.

El acero le cercenaba la piel del cuello.

Los pulmones se llenaban de agujas. Las yemas de los dedos se cortaban intentando liberarse de la mortal soga metálica.

Hasta que, exhausto, Ramiro Rey dejó de moverse, y su cuerpo, independiente de su mente, se agitó con espasmos involuntarios que certificaron su horrible final.

No hubo túnel con luz. No hubo diapositivas con los momentos más felices de su vida. No hubo ningún pensamiento filosófico, ningún arrepentimiento, ninguna redención.

Sólo pánico. Terror.

Porque Ramiro Rey tenía una vida perfecta que alguien le arrebató asfixiándolo con un cable de acero hasta la muerte cuando iba por la mitad de la sexta planta.