Capítulo 29
A drián dejó el coche aparcado al pie de una cuesta empedrada que subía en zigzag entre casas encaladas, en una calle demasiado estrecha para que ningún vehículo pudiera aventurarse más allá, y los últimos minutos del trayecto los hicieron a pie, subiendo despacio bajo un cielo ya casi del todo oscuro, salpicado de las primeras estrellas y de los reflejos lejanos de algún cohete de fiesta todavía estallando sobre la ciudad, a su espalda.
El Albaicín, de noche, guardaba un silencio distinto al del resto de Granada, roto solo por el eco de alguna guitarra lejana y por el sonido de sus propios pasos sobre los adoquines desiguales.
Mateo, mientras subía aquella cuesta sin saber muy bien hacia dónde iba, sintió que el corazón le latía con una mezcla extraña de cansancio y de algo parecido, aunque no se atrevía todavía a llamarlo así, a esperanza.
Adrián se detuvo frente a una puerta de madera vieja, pintada de un verde ya desvaído por los años, encajada en un muro encalado que no dejaba adivinar nada de lo que hubiera al otro lado, y sacó unas llaves del bolsillo con una calma que a Mateo, en aquel momento, le pareció casi insultante dada la magnitud de lo que fuera que estaba a punto de pasar.
—¿Aquí?
—Aquí.
La puerta se abrió sobre un pequeño zaguán de piedra que desembocaba, casi de inmediato, en un patio interior abierto al cielo, con un naranjo pequeño en el centro y azulejos desgastados cubriendo parte de las paredes.
Mateo, al cruzar aquel umbral, sintió una punzada de reconocimiento que le heló un instante los pasos: conocía aquel patio.
Lo había visto antes, meses atrás, en una tarde de domingo en la que Adrián le había arrastrado, medio en broma, a ver «un pisito que había encontrado», y Mateo, recorriéndolo entonces con los brazos cruzados y una actitud que ahora, mirándola con perspectiva, le parecía casi cómica de tan defensiva, había encontrado pegas a todo: que el patio perdería demasiado calor en invierno, que las escaleras eran incómodas, que la cocina, aunque bonita, le parecía poco práctica.
—Este es el piso que vimos en invierno —dijo, casi sin aliento—. El del naranjo.
—El mismo.
—Le puse mil pegas.
—Le pusiste mil pegas —confirmó Adrián, con una sonrisa que se le dibujaba despacio en la cara, como quien saborea de antemano el momento de contar algo que lleva tiempo guardándose—.
Más que a ningún otro. Y por eso supe, aunque tardé unos meses en atreverme a hacer nada al respecto, que era el que más te había gustado de todos.
Nunca discutes tanto por algo que no te importa, Mateo.
Cuanto más te esfuerzas en encontrarle defectos a algo, más sé que en realidad lo quieres.
Mateo se quedó en mitad del patio, sin saber qué decir, mientras Adrián, con las manos en los bolsillos, lo dejaba avanzar solo hacia el resto de la casa, sin apresurarlo, sin explicar nada más de lo estrictamente necesario, dejando que fuera el propio espacio quien hablara.
La cocina, al fondo de un pasillo corto con el techo abovedado, no tenía ninguna isla de mármol ni ningún electrodoméstico que pareciera sacado de una nave espacial: era pequeña, práctica, con armarios de madera maciza y una ventana baja que daba directamente al patio, del tipo de cocina en la que a Mateo, sin poder evitarlo, le costaba imaginar que alguien se sintiera nunca fuera de lugar.
Subió una escalera estrecha de piedra hasta un piso superior donde dos terrazas, comunicadas entre sí por un arco bajo cubierto de una buganvilla todavía sin florecer del todo, se abrían hacia la ciudad entera: una hacia el valle, con la Alhambra recortada al otro lado como una promesa de piedra dorada esperando a que cayera la noche del todo para iluminarse; otra, más pequeña, escondida entre dos muros encalados, con un banco de azulejos y un hueco en la pared que parecía pensado, expresamente, para sentarse a leer con la última luz del día.
—Es como un castillo pequeño —dijo Mateo, en voz baja, recorriendo con la mano la piedra fresca de uno de los muros—. Con escondites y todo.
—Eso mismo pensé yo la primera vez que lo vi entero, sin que tú le buscaras defectos a cada rincón.
—Adrián se apoyó contra el arco de la buganvilla, con una expresión que Mateo no le había visto nunca del todo, algo entre la timidez y la certeza absoluta—.
Me pareció que alguien había metido aquí dentro los sueños de infancia de quien lo diseñó, sin renunciar por eso a que la cocina funcionara de verdad, o a que las escaleras no fueran un peligro.
Evocador y práctico a la vez. Como debería ser todo lo importante, creo.
Se quedó callado un momento, y Mateo, esperando, sintió que el silencio se cargaba de una intención que todavía no terminaba de entender del todo.
—Lo he comprado —dijo Adrián, al fin, sin ningún adorno alrededor de la frase, como quien ha decidido, después de un discurso entero que había fracasado esa misma mañana, que esta vez no iba a intentar convencer a nadie con palabras—.
Quiero que vivas aquí. No te lo estoy ofreciendo como parte de nada, Mateo.
No tiene condiciones. Puedes vivir aquí aunque decidas que lo nuestro se ha terminado del todo, aunque no quieras volver a verme más que lo estrictamente necesario.
Y si el problema es sentir que dependes de mí, que vives en un sitio que no es tuyo, del que cualquier día podría echarte, puedes pagarme un alquiler.
El que tú decidas. No me importa la cifra.
Lo único que me importa es que tengas un sitio, tuyo de verdad, en el que nunca tengas que preguntarte si pronto tendrás que marcharte.
Mateo se quedó mirándolo, con la Alhambra tiñéndose despacio de dorado a su espalda bajo los últimos focos que empezaban a encenderse para la noche, y sintió que la tensión que llevaba meses enteros encajada en su pecho se le aflojaba por fin del todo.
No era el gesto de alguien que compraba algo caro para enmendar un error.
Era, entendió, con una claridad que no dejaba ya espacio para ninguna duda, el gesto de alguien que había escuchado, de verdad, cada una de las cosas que Mateo llevaba meses sin conseguir decir del todo bien, y que había encontrado la única respuesta posible que no consistía en más palabras: darle, sin condiciones, exactamente lo que necesitaba para dejar de tener miedo.
—Quiero pagar un alquiler de verdad —dijo, al fin, con la voz un poco quebrada—. No simbólico. Lo que pueda permitirme de verdad, con mi sueldo de fisioterapeuta y nada más.
—Lo que tú decidas.
—Y quiero vivir aquí contigo. No sin ti —le dijo cruzando la distancia que quedaba entre los dos bajo el arco de la buganvilla, para cogerle la mano con una firmeza que no había tenido en toda la mañana—.
Aunque me digas que eres capaz de convertir el suajili en idioma oficial del país.
Aunque tu compañero de trabajo resulte ser más poderoso que cualquier gobierno del planeta.
Adrián no dijo nada durante un momento y cuando por fin sonrió, fue una sonrisa completa, sin ninguna sombra de la seriedad ensayada de esa mañana, la misma con la que Mateo se había enamorado de él dos años atrás, en una cocina mucho más pequeña y mucho más ajena que aquella.
—Con esas condiciones —dijo, atrayéndolo hacia sí—, no tengo ningún inconveniente en quedarme con tu sueldo entero, si tanto insistes.
—No insisto tanto.
—Qué pena. Ya me había hecho ilusiones.
Se rieron los dos, con esa risa floja y agotada de quien ha llorado ya todo lo que tenía que llorar ese día y no le queda más remedio que reírse, y se quedaron un rato largo allí, bajo el arco de buganvilla todavía sin florecer, con la ciudad entera desplegada a sus pies celebrando una falsa victoria, mientras la Alhambra, al otro lado del valle, se iba encendiendo poco a poco contra la noche, dorada, entera, exactamente como Mateo siempre había querido verla: desde un sitio que, por fin, sin ninguna duda posible, sentía también suyo.