Novios con chip Capítulo 28
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Capítulo 28

—¿Está muy lejos? —preguntó Mateo, ya con el cinturón puesto, viendo cómo Adrián arrancaba el coche sin prisa ninguna, con esa calma suya que después de todo lo que había pasado, contra toda lógica, seguía resultándole reconfortante.

—No mucho —le dijo Adrián mientras se incorporaba al tráfico con un movimiento suave, comprobando el retrovisor con más atención de la estrictamente necesaria—.

Aunque no tengo ninguna prisa por llegar, la verdad.

Me apetecía conducir un rato. Y cuando volvamos, si quieres, te ayudo a terminar de empaquetar el resto.

Para compensarte el tiempo que hemos perdido con... con todo esto.

Mateo se quedó mirando por la ventanilla un momento, sorprendido por la punzada de decepción que le produjo aquella frase tan razonable, tan generosa incluso, y todavía más sorprendido de identificar, debajo de esa decepción, algo que se parecía peligrosamente a las ganas de no volver a aquel piso a terminar de vaciarlo.

No dijo nada al respecto. Se limitó a mirar por la ventanilla, dejando que la ciudad empezara a desfilar a ambos lados del coche mientras el cielo, sobre los tejados, iba virando del azul claro de la tarde a ese violeta profundo que anunciaba ya, sin prisa, la noche.

—Siempre me ha gustado esto —le confesó, al cabo de un rato—. Ir en coche al anochecer. Ver cómo se van encendiendo las luces de la ciudad, una tras otra, como si alguien las estuviera probando antes de decidir dejarlas así toda la noche.

Adrián no dijo nada, pero algo en la manera en que sus manos se aflojaron un poco sobre el volante le dijo a Mateo que había entendido exactamente lo que quería decir.

La ciudad, a su alrededor, estaba en plena fiesta: coches parados en los semáforos con las ventanillas bajadas y la música a todo volumen, un grupo de chavales corriendo por una acera con banderas improvisadas hechas con sábanas, y en algún punto, hacia el centro, un estallido de fuegos artificiales que iluminó el cielo entero de dorado durante un segundo antes de deshacerse en chispas cayendo despacio sobre los tejados.

La gente parecía, sencillamente, feliz, de una manera contagiosa y ruidosa que se colaba incluso dentro del coche con las ventanillas cerradas.

—Están contentos —comentó Mateo, viendo pasar a una pareja abrazada en mitad de la calzada, ajena por completo al tráfico que tenían que esquivar a su alrededor.

—Han derrotado a las máquinas perversas que amenazaban con destruir el mundo —dijo Adrián, con una ironía tan seca que a Mateo tardo en reconocerla como tal—. Es normal que estén contentos.

—No sé, no estoy tan seguro de que las hayan derrotado del todo —dijo Mateo mirándole de reojo, con una media sonrisa que le salió sin esfuerzo, la primera de verdad en todo el día—. Tengo aquí al lado a una máquina particularmente perversa y no parece muy afectada por la derrota.

—Hago lo que puedo por disimular.

Se rieron los dos, un sonido breve y compartido que a Mateo le pareció, en medio de todo lo demás, casi milagroso, y se dio cuenta, mirando las luces de la ciudad seguir encendiéndose a su alrededor, de que la victoria en sí, fuera real o falsa, le importaba en ese momento sorprendentemente poco.

Lo único que le importaba estaba sentado a su lado, con las manos en el volante y esa quietud que había aprendido, con mucho esfuerzo, a no confundir ya con secretismo.

—Oye —dijo Adrián, en un semáforo, girándose hacia él con una seriedad nueva—. Pregúntame lo que quieras. Sobre las máquinas, sobre cualquier cosa. Lo que sea. Te prometo que te diré la verdad, sea la que sea.

Mateo se lo pensó un momento, sintiendo la tentación real, física, de hacerle alguna pregunta que le pusiera contra las cuerdas —si el presidente de algún país era una máquina, si la victoria de esa misma noche era, como sospechaba, tan falsa como le parecía—, una pregunta que demostrara algo, que forzara alguna clase de ajuste de cuentas.

Y entonces, casi con la misma rapidez con la que le había venido la tentación, se dio cuenta de que no la necesitaba.

No necesitaba ponerlo a prueba. Necesitaba, solamente, una cosa.

—¿Vais a estar bien? Tú y Leo. Después de todo esto.

—Sí —dijo Adrián, sin ninguna vacilación—. Vamos a estar bien.

El semáforo cambió a verde y el coche volvió a moverse. Durante un rato Mateo pensó que la conversación se quedaría ahí, en ese punto sencillo y suficiente, hasta que Adrián volvió a hablar.

—Hay algo más que quiero contarte. No tienes que preguntarlo. Quiero decírtelo yo.

—No hace falta, Adrián, en serio, ya has...

—Leo es mi superior jerárquico.

Mateo se quedó tan sorprendido que le costó articular una respuesta coherente.

—¿Leo? ¿Tu compañero de trabajo, Leo? Pensaba que era poco más que tu ayudante. ¿El que se emociona con los pastorcillos de cerámica y no sabe si es de día o de noche?

—Ya lo sé, lo parece —dijo Adrián y sonrió, con un cariño evidente—.

Y ni siquiera es mi superior inmediato. Está bastantes escalones más arriba en nuestra jerarquía.

No en la cima, todavía, pero muy cerca de ella, y algún día, si quiere, estará en ella.

Es una de las inteligencias más prodigiosas que existen, Mateo.

Y no digo que su manera de pensar se te escape a ti.

Se me escapa a mí también, y yo llevo mucho más tiempo que tú intentando entenderla.

—Pero cuando toda la crisis os obligó a marcharos... a ti te llamó Óscar, y tuviste que dejarme solo con Hugo un día entero. Y Leo ni siquiera recibió una llamada.

—Porque lo que hizo Leo para gestionar la crisis se hizo todo en el mundo digital.

No necesitó moverse de ningún sitio, fue capaz de comunicarse con miles de interlocutores y evaluar cientos de posibilidades mientras comentaba frase por frase una película que a nadie más le gusta.

Su puesto es clave, participó en todo lo importante, pero desenvolverse en el mundo real, con un cuerpo, con una casa rural y un test de audio y todo lo demás, nunca ha sido lo suyo —Adrián lo dijo con un cariño que no dejaba lugar a dudas de que lo que sentía por Leo no tenía que ver con la jerarquía—.

Solo alguien con su rango puede saltarse las normas que el resto tenemos que cumplir a rajatabla.

Como cambiar de cuerpo cuando le viene en gana...

o contarle a un humano lo que es, solo un día después de conocerlo.

Mateo se quedó meditando sobre aquello un buen rato, mientras la ciudad entera desfilaba fuera del coche entre bocinazos de celebración, hasta que por fin encontró las palabras.

—¿Hugo lo sabe? —dijo preocupado.

—Creo que no. Y, sinceramente, creo que es mejor que no lo sepa, al menos de momento.

—Adrián sonrió, con un humor que a Mateo le costó no compartir del todo—.

No sé si a Hugo le convendría enterarse de que está saliendo con uno de los seres más poderosos de este planeta.

Alguien que, si se lo propusiera en serio, podría conseguir que el suajili se convirtiera en el único idioma oficial de este país mañana mismo o que el Vaticano dictaminara que a partir de la semana que viene todos los curas del mundo tienen que oficiar la misa con mallas rosas.

Mateo soltó una carcajada tan inesperada que le costó recuperar el aliento, imaginándose la escena entera con un detalle absurdo que no pudo evitar disfrutar.

—¿Y Leo sabe que yo lo sé?

—Sí. Pero no te preocupes por eso. —Adrián le lanzó una mirada de reojo, cargada de un cariño divertido—.

Al fin y al cabo, fuimos tú y yo quienes le presentasteis al que Leo ha decidido, de manera irrevocable, irrenunciable y completamente unilateral, que va a ser el amor de su vida. Nos debe una muy grande a los dos.

Mateo se quedó callado un momento, dejando que todo aquello se asentara, y al final hizo la pregunta que llevaba rondándole desde que había entendido lo que Adrián le estaba contando.

—¿Debería contárselo a Hugo?

—Eso no me corresponde a mí decidirlo —Adrián lo dijo con una calma que no disimulaba del todo la ironía exacta y un poco cruel de la situación—. Yo solo te doy la información. Lo que hagas con ella es cosa tuya.

Mateo se lo quedó mirando un momento, entendiendo, sin necesidad de que nadie se lo señalara, la simetría exacta de aquel intercambio, sin saber si reírse o llorar, así que hizo un poco de las dos cosas a la vez, mientras el coche seguía avanzando hacia el barrio donde fuera que Adrián lo estuviera llevando, con la ciudad entera encendida de luces y de fuegos artificiales a su alrededor, celebrando una victoria que a ninguno de los dos, en ese momento concreto, dentro de aquel coche, le importaba ya lo más mínimo.