Capítulo 27
T res días. Solo habían pasado tres días desde que Hugo había cruzado por primera vez aquella puerta con el pelo aplastado por el sueño del coche y la camisa arrugada, y sin embargo, mientras recorría la casa por última vez comprobando que no se dejaban nada olvidado en ningún rincón, le costaba creer que en un tiempo tan corto hubieran podido ocurrir tantas cosas.
Así eran siempre las vacaciones de verdad, pensó, cerrando la puerta del armario del dormitorio grande que había quedado vacío toda la semana: el tiempo se estiraba de una manera que no obedecía a ningún calendario razonable, y un lugar prestado, habitado apenas unos días, conseguía convertirse en un hogar tan completo y tan propio que costaba después reconocer que nunca había sido, en realidad, suyo.
Leo bajaba las escaleras con la última bolsa colgada al hombro, silbando algo que Hugo no llegó a reconocer, y se cruzaron en el descansillo con esa sonrisa cómplice que llevaban compartiendo desde primera hora de la mañana, cansados de una manera nueva y muy agradable que ninguno de los dos había sentido necesidad de explicar en voz alta durante el desayuno, aunque Mateo, de haber estado allí para verlo, sin duda habría tenido algo que decir al respecto.
—Última comprobación —anunció Leo, dejando la bolsa en el suelo del salón y plantándose en mitad de la habitación con los brazos en jarras, mirando alrededor con una solemnidad que no encajaba del todo con la ropa arrugada y el pelo todavía revuelto—.
Chimenea apagada, sartenes limpias, la figurita del pastorcillo exactamente donde estaba.
—¿La has cambiado de sitio?
—La cogí el primer día. No pienso confesar más.
Hugo se rio y recorrió con la vista el salón entero una última vez: el sofá de cuero desgastado donde habían visto la película con Adrián callado en un extremo, la repisa de la chimenea con sus figuritas polvorientas, el reloj parado a las cuatro y veinte para siempre, la alacena de la cocina donde todavía debían de quedar, en algún tarro medio escondido, restos de las tres morcillas que Leo había comprado sin intención de comérselas.
Subió una última vez la escalera, contando sin querer el escalón que crujía siempre, el sexto, y se asomó al cuarto pequeño, ya vacío del todo, con las dos camas estrechas colocadas en forma de ele exactamente donde habían estado desde el primer día, el armario del otro dormitorio cerrado por una vez, sin ninguna intención de volver a abrirse solo ahora que ya no había nadie a quien sobresaltar con el gesto.
Fue Adrián quien se marchó primero, con una despedida más breve de lo que ninguno de los tres había esperado, un abrazo apretado para Leo y una promesa vaga de llamar en cuanto tuviera noticias, antes de subirse a un coche que ninguno de ellos había visto llegar hasta que ya estaba parado en el camino de tierra, negro y silencioso, con las lunas tan tintadas que resultaba imposible adivinar nada del interior.
Hugo, cargando una de las últimas cajas hacia la puerta, se quedó un instante mirándolo alejarse, con la extraña sensación —que descartó casi tan rápido como le vino, ocupado como estaba con todo lo demás que había que hacer esa mañana— de que no había visto a nadie sentado al volante antes de que el coche arrancara.
Miró a Leo, que también lo había visto marcharse, con una expresión tranquila que no invitaba a ninguna pregunta, y decidió, sin necesidad de que nadie se lo explicara, que aquella era una de las cosas de aquel fin de semana que no necesitaba entender del todo.
Se quedaron los dos solos en el jardín, sentados en el escalón del porche con las últimas maletas ya amontonadas junto a la puerta, esperando a que Sergio llegara a recogerlos, con esa energía traviesa y un poco inquieta de dos niños que acaban de hacer algo que no deberían y todavía no se han cansado de repetirlo.
—Tenemos como media hora, calculo —dijo Leo, mirando el reloj con una intención que no se molestó en disimular—. Podríamos volver a entrar un rato.
—Leo, hay que dejar la casa lista.
—La casa ya está lista.
—Leo.
—Solo digo que la casa lleva rato lista, y nosotros llevamos rato sentados aquí sin hacer nada y me parece una pena desperdiciar el tiempo.
Hugo se rio, empujándolo con el hombro, y se quedaron así un rato más, con el sol de la mañana calentándoles la cara y el jardín entero —la lavanda, el manzano ya cargado de brotes nuevos, el camino de tierra por donde tantas cosas habían llegado y se habían marchado en los últimos cuatro días— extendiéndose a su alrededor con una quietud que ninguno de los dos tenía prisa por romper.
El coche de Sergio apareció por el camino de tierra levantando la misma nube de polvo de siempre y Sergio bajó de un salto con una sonrisa que le ocupaba toda la cara, deteniéndose un instante al ver a Hugo y Leo sentados juntos en el escalón, con las manos entrelazadas sin ningún disimulo y esa expresión que solo tienen dos personas que acaban de descubrir algo nuevo entre ellas.
Se quedó mirando aquellas manos un segundo de más, con algo en la cara que no llegó a manifestarse del todo antes de desvanecerse.
—Vaya, vaya —dijo, con las cejas levantadas y una sonrisa cómplice—. Parece que me he perdido algo interesante estos días.
—Un poco —admitió Leo, sin soltarle la mano a Hugo.
—Me alegro un montón, en serio —y lo dijo con una naturalidad tan sincera, tan libre de cualquier sombra de celos o de rencor, que a Hugo le pareció, no por primera vez aquel fin de semana, que había algo admirable en la manera en que Sergio se tomaba absolutamente todo lo que la vida le ponía delante—.
Venga, daos prisa, que tengo que devolver el coche a mis amigos cuanto antes.
Cargar el equipaje resultó ser una tarea bastante más complicada de lo que ninguno de los tres había calculado: entre las maletas de los cuatro, las bolsas de la compra que nadie había terminado de gastar, la nevera portátil vacía que insistían en llevarse de vuelta por si acaso y un par de bolsas de recuerdos que Leo había ido acumulando a lo largo del fin de semana —una piedra especialmente bonita del arroyo, un imán con forma de cabra montés comprado en Arroyo Frío, la figurita de cerámica del pastorcillo, que finalmente había confesado haberse quedado de verdad—, el maletero se quedó corto mucho antes de que terminaran, y tuvieron que apilar dos de las bolsas más blandas en el asiento trasero, entre Hugo y Leo, que tuvieron que viajar prácticamente abrazados a ellas durante todo el trayecto sin que a ninguno de los dos le importara demasiado.
—Bueno —dijo Sergio, ya arrancando, con las gafas de sol puestas y una alegría que se le notaba en la voz desde antes incluso de empezar a hablar—, ¿os habéis enterado de las noticias?
—¿Qué noticias?
El parque natural fue quedando atrás poco a poco por la ventanilla, los pinares dando paso otra vez a los olivares, la sierra empequeñeciéndose en el retrovisor con esa misma luz dorada de las mañanas de finales de primavera, y Hugo, mirando pasar el paisaje con la cabeza apoyada contra el cristal, sintió una punzada de nostalgia anticipada, la certeza tranquila de que en cuestión de horas todo aquello —la casa, el arroyo, el olor a resina, la luz filtrándose entre los pinos— quedaría reducido a un recuerdo cada vez más lejano, mientras el mundo de siempre, el de la ciudad y el colegio y las clases del lunes, volvía a cerrarse a su alrededor.
—¡Hemos ganado! —Sergio lo dijo con tanta euforia que dio un golpecito al volante con la palma de la mano, como si necesitara descargar en algún sitio toda la emoción acumulada—.
Lo de las máquinas. Se ha acabado, tíos.
Lo han contado esta mañana, en todas las cadenas a la vez.
Los gobiernos cortaron las redes a tiempo y resulta que había un grupo de hackers trabajando en secreto —los llaman ya héroes nacionales, hay uno que sale en todas las portadas— que consiguió desactivar los servidores donde vivían esas cosas.
Han pillado un montón de vídeos, de todo el mundo a la vez, de gente desplomándose en plena calle, en directo, y cuando los han analizado, resulta que eran androides.
Perfectamente disfrazados de personas normales, viviendo entre nosotros sin que nadie se enterara, y de repente, plas, todos caen a la vez, como marionetas a las que les cortan los hilos.
Hugo sintió que se le helaba algo por dentro, algo que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del coche, y giró la cabeza para mirar a Leo, buscando en su cara alguna señal de cómo debía reaccionar ante aquello, alguna pista sobre si aquella victoria tan repentina y tan oportunamente completa era, siquiera remotamente, cierta.
Leo le devolvió la mirada solo un instante, lo justo para que Hugo captara, debajo de la expresión tranquila que mantenía hacia Sergio, algo mucho más tenso, y le apretó la mano con fuerza, un gesto rápido y silencioso que no necesitaba ninguna palabra para decir lo que decía: no le sigas la corriente, pero tampoco le lleves la contraria.
—Es una pasada —dijo Leo, en voz alta, con una naturalidad que a Hugo le costó no admirar.
—¿A que sí? —dijo Sergio, ajeno por completo a la tensión que acababa de cruzar el asiento trasero, mientras seguía conduciendo con una sola mano, gesticulando con la otra—.
Y lo mejor es lo que dicen que viene después.
Con lo que ha costado esto, con toda la colaboración que ha hecho falta entre países que llevaban años sin ni siquiera hablarse, dicen que va a empezar una época nueva.
De verdad, en serio, unidos de una manera que no se había visto nunca.
Todo el mundo celebrando en la calle, ¿eh?
Yo he visto vídeos de Times Square, de la Puerta de Alcalá, de sitios en los que la gente ni se conocía y se estaban abrazando.
Da hasta un poco de vergüenza decirlo, pero estoy orgulloso de ser humano, tíos.
De verdad. De lo que hemos sido capaces de hacer cuando nos han puesto contra las cuerdas.
Hay algo en nosotros, no sé, algo que ninguna máquina va a poder igualar nunca, por muy lista que sea.
Notó, por el retrovisor, el gesto de las manos entrelazadas de Hugo y Leo apretándose con más fuerza todavía, y sonrió, malinterpretando por completo lo que estaba viendo.
—Vosotros seguid a lo vuestro, que no os voy a interrumpir el chiste privado —dijo, guiñándoles un ojo por el espejo, con la misma alegría despreocupada de siempre—, pero yo, la verdad, no me cansaría nunca de contarlo.
Menudo fin de semana. Empezamos con el mundo entero al borde del abismo, y lo terminamos así, todos juntos, de vuelta a casa. No se puede pedir más, ¿no os parece?
Ni Hugo ni Leo contestaron y el coche siguió avanzando hacia la ciudad bajo un cielo despejado, mientras a su alrededor, en cada pueblo que cruzaban, en cada bar con la televisión encendida, el mundo entero seguía celebrando una victoria que, de los tres que viajaban en aquel coche, solo dos sabían que nunca había existido.