Novios con chip Capítulo 26
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Capítulo 26

M ateo se sentó, por fin, en el sofá donde habían pasado tantas noches viendo series, sin terminar la mayoría, y Adrián se quedó de pie frente a él, con las manos entrelazadas por delante del cuerpo en un gesto que a Mateo, le resultaba tan familiar que casi le dio pena reconocer que probablemente nunca volvería a verlo.

—Hay algo que tengo que contarte —dijo Adrián, y algo en su voz —una tensión nueva, contenida con esfuerzo— hizo que Mateo, que ya tenía la mano en el móvil dispuesto a comprobar la hora, la dejara quieta sobre el regazo—.

Algo que no le he contado nunca a nadie y que es la razón real de por qué, a pesar de que tenía permiso para decirte la verdad desde hace tiempo, nunca encontré el valor.

—Adrián, no hace falta que...

—Déjame terminar. Por favor.

Mateo asintió, cerró la boca y Adrián respiró hondo, con la misma preparación visible de quien lleva ensayando un discurso durante todo el trayecto en coche hasta allí, cada frase pulida de antemano, cada pausa calculada para el efecto que debía producir.

—Hace un año y medio, más o menos, estábamos aquí mismo, en este sofá, viendo las noticias mientras cenábamos, cuando salió un reportaje sobre un hombre en Japón que se había casado con su novia virtual.

Una inteligencia artificial con la que llevaba años de relación, con boda simbólica incluida, testigos, el traje entero.

Tú te reíste. No con maldad, ni pensando en nadie en concreto, solo por lo absurdo que te pareció, y dijiste que aquello era como casarse con una aspiradora.

Mateo sintió que se le encogía algo por dentro, un recuerdo que hasta ese momento no había vuelto a rozar ni una sola vez en año y medio, tan trivial le había parecido entonces, tan casual.

—Adrián, no me acuerdo ni de haberlo dicho, y si lo dije, no...

—Lo sé. Sé que es probable que no te acuerdes de nada.

Fue un comentario sin más, hecho sin pensar, de los que se olvidan a los cinco minutos —dijo Adrián con una sonrisa breve y teñida de cierta tristeza—.

Ese es precisamente el problema. Tú no le diste ninguna importancia porque no sabías que estabas hablando, en cierto modo, de mí.

Es como contar un chiste sobre algún colectivo delante de alguien sin saber que esa persona pertenece a él.

La frase se te olvidó enseguida. A mí se me quedó grabada, palabra por palabra, y llevo meses cargando con ella cada vez que he tenido la oportunidad de contarte la verdad y no lo he hecho.

—Lo siento muchísimo, de verdad, si hubiera sabido...

—Espera. Todavía no he llegado a lo importante.

Mateo cerró la boca de nuevo, con un esfuerzo visible, y Adrián dio un par de pasos por el salón, reordenando sus propios pensamientos con la misma meticulosidad con la que Mateo llevaba toda la mañana doblando camisetas.

—He pensado mucho en esto, Mateo. Más de lo que te puedas imaginar.

Y he llegado a una conclusión que quiero que escuches, aunque no te convenza, porque es lo más honesto que puedo ofrecerte —dijo y se detuvo, buscando el punto exacto donde había dejado el hilo—.

No sé por qué te quiero. No hay ningún protocolo que me empuje a hacerlo, ninguna directiva, ningún propósito escrito en ningún sitio que me obligue a sentir esto.

Podría haberte dejado hace mucho, cuando esto se complicó y nadie, ni Óscar ni nadie por encima de él, me lo habría reprochado.

Y sin embargo te quiero, sin ninguna explicación que pueda ofrecerte que no suene, en el fondo, insuficiente.

Y he llegado a pensar que quizás eso no sea un defecto exclusivo mío.

Quizás cualquier organismo lo bastante complejo, humano o no, sea incapaz de explicarse del todo a sí mismo por qué quiere lo que quiere.

—Adrián...

—Espera, por favor —le interrumpió Adrián levantando una mano, no de manera brusca, sino con una súplica silenciosa que hizo que Mateo, contra su propio impulso, volviera a callarse—.

Porque si lo piensas bien, la misma pregunta que tú podrías hacerte sobre mí, yo podría hacérmela sobre ti.

¿Me querrías igual si tuviera este cuerpo, u otro distinto?

¿Me habrías querido si hubiera tenido diez años más, o diez menos, el pelo de otro color, la voz un poco más grave?

No lo sabes. Yo tampoco sé si tú me querrías en cualquiera de esas versiones.

Nadie sabe nunca del todo por qué quiere a quien quiere, y si nos ponemos a buscar una explicación lo bastante simple, siempre vamos a encontrar alguna que, mirada con la suficiente frialdad, deje el amor entero como un mecanismo un poco ridículo, un poco vacío.

Química. Costumbre. Cercanía. Cualquiera de esas explicaciones podría desacreditar lo que sentimos, si quisiéramos que lo hiciera.

Mateo abrió la boca de nuevo y una vez más Adrián, con un gesto casi imperceptible de la mano, le pidió que esperase.

—Así que he dejado de buscar la explicación —concluyó, con la voz ya un poco más baja, más cansada, como quien llega por fin al final de un camino que se sabe de memoria—.

No sé por qué te quiero, ni si lo que siento se puede medir con algún parámetro que a ti te sirva para creértelo.

Pero he decidido que no me importa. Lo único que sé, con una certeza que no necesita ninguna explicación, es que estoy enamorado de ti, que quiero estar contigo y que haré lo que haga falta, durante el tiempo que haga falta, para que seas feliz.

Aunque no puedas creerte del todo que sea real.

Aunque necesites más tiempo del que yo tengo paciencia para darte. No cambiará nada de lo que siento.

Se quedó callado, por fin, con los hombros un poco más relajados, la expresión de alguien que acaba de entregar el argumento entero que llevaba preparando durante todo el viaje, convencido, con la misma seguridad tranquila de un alumno que sale de un examen oral sabiendo que lo ha bordado, de que aquellas palabras, cuidadosamente construidas, bastarían para desmontar cualquier duda que Mateo pudiera tener.

Mateo lo miró un buen rato en silencio y la expresión que se le fue formando en la cara no fue la que Adrián esperaba. No fue ternura, ni alivio, ni tampoco enfado. Fue algo mucho más parecido a la incredulidad.

—¿Qué? —preguntó Adrián, al fin, notando que algo en la reacción de Mateo no era la que había estado esperando.

—¿De verdad crees que ese era el problema?

—Mateo se levantó del sofá, despacio, con una mezcla de ternura y de agotamiento que le costaba sostener a la vez—.

¿Piensas que yo te veía como a la novia virtual de ese japonés?

¿Que en algún momento de anoche me he preguntado si lo que sentía por ti era real de la misma manera en que dudaría de si un holograma me quiere de verdad?

—Yo no...

—Porque si es eso lo que has pensado todo este tiempo, Adrián, entonces no me conoces —no lo dijo con crueldad, sino con una claridad que le dolía a él mismo pronunciar—.

Nunca he dudado de que lo que sientes es real.

Ni una sola vez, ni siquiera anoche, en el peor momento de todos, mientras conducía sin apenas ver la carretera por las lágrimas.

Nunca me he preguntado si me quieres de verdad.

Lo sabía. Lo he sabido siempre, desde mucho antes de saber lo que eras y nada de eso ha cambiado.

Adrián se quedó callado, con la boca entreabierta sobre una réplica que no llegó a formarse del todo, y Mateo, viéndolo así, desarmado por primera vez desde que había cruzado la puerta, sintió que la incredulidad se le mezclaba, sin poder evitarlo, con una pena enorme.

—El comentario de la aspiradora fue un golpe de mala suerte, nada más.

Lo lamento con toda el alma, y ojalá pudiera deshacerlo, porque sé lo que tuvo que dolerte oírlo sin que yo supiera lo que estaba diciendo.

Pero ese comentario nunca fue el problema real, Adrián.

El problema nunca ha sido lo que eres. Me da igual lo que seas.

Me ha dado igual desde el segundo exacto en que lo descubrí, ahí mismo, en el salón de la casa, con el móvil todavía en la mano y el mundo entero cayéndoseme encima por razones que no tenían nada que ver con esa pregunta en concreto.

Mateo se detuvo, con la voz atascada un momento, y volvió a empezar, más despacio.

—Me ha dado igual desde el momento en que lo he sabido, porque te conozco a ti, Adrián, de una manera que va mucho más allá de esa etiqueta.

Por eso me alegro tanto de que Hugo esté con Leo.

Por eso no me cuesta nada aceptarlo. Porque lo que sois no cambia nada de lo que significan el uno para el otro, ni para mí.

El problema nunca ha sido esa pregunta. El problema es que tú no confiaste en mí para dejarme llegar a esa misma conclusión por mi cuenta, cuando ya tenías permiso para contármelo.

Y lo peor de todo, Adrián, lo que de verdad me acaba de romper el corazón, es que ni siquiera ahora, con este discurso tan bonito que has preparado, te has dado cuenta de cuál era la pregunta de verdad.

Sigues respondiendo a la que no era. Y eso, en vez de acercarnos, nos separa todavía más, porque significa que ni siquiera en este momento me conoces tanto como crees.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores de aquella mañana: no cargado de tensión, sino simplemente vacío, el silencio de alguien que ve derrumbarse, pieza a pieza, un argumento que había construido con toda la fe del mundo.

Adrián se dejó caer, muy despacio, en el brazo del sofá, con la mirada perdida en algún punto del suelo, y cuando volvió a hablar lo hizo con una voz mucho más pequeña que la de todo el discurso anterior.

—No sé qué más decir.

—No hace falta que digas nada más —dijo Mateo acercándose y, por primera vez desde que había llegado, se permitió tocarle el brazo, un gesto breve, casi involuntario, del que se arrepintió y no se arrepintió a la vez—. Ya has dicho más que suficiente por hoy.

Se quedaron así un momento, cada uno a un lado de una distancia que ya no sabían medir del todo bien, hasta que Adrián, levantando la vista con un último resto de determinación que Mateo reconoció, a su pesar, con una punzada de ternura, se puso de pie.

—Quiero enseñarte algo.

—Adrián, no voy a cambiar de opinión. Da igual lo que me enseñes.

—No es para que cambies de opinión —le dijo mientras algo parecido a una sonrisa, pequeña y triste, le cruzó la cara—. Todo lo contrario. Te voy a dar un motivo más para que te vayas.

Mateo se lo quedó mirando, sin entender del todo, pero con una curiosidad que no consiguió reprimir, la misma que llevaba toda la mañana empujándole a hacer preguntas que ya no cambiaban nada.

—Vale —dijo, al fin—. Enséñamelo.

Cogió su chaqueta del respaldo de la silla donde la había dejado horas antes y siguió a Adrián hacia la puerta, sin saber todavía que aquella última frase —un motivo más para que te vayas— iba a resultar ser, contra toda lógica, la más sincera que Adrián le había dicho nunca.