Novios con chip Capítulo 25
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Capítulo 25

T erminó de sellar la caja de libros con un trozo de cinta que estiró más de lo necesario, notando bajo los dedos ese chirrido seco y particular del plástico al despegarse del rollo, y se llevó consigo la última hacia el salón, donde todavía quedaban por recoger un par de cosas suyas repartidas entre las estanterías: algunos discos, una manta que había comprado en un mercadillo, y nada más, porque el resto del salón entero —los muebles, los cuadros, incluso las plantas tan bien cuidadas por Adrián— no le pertenecían.

El salón, con dos huecos ya vacíos en la estantería donde antes había libros suyos, devolvía un eco nuevo que Mateo no recordaba de ningún otro día del tiempo que llevaba viviendo allí, como si el sonido de sus propios pasos resonara de una manera distinta contra unas paredes que pronto empezarían, poco a poco, a olvidarlo.

Fue al pasar junto a la repisa de la estantería principal cuando su vista se detuvo, casi por inercia, en la fotografía enmarcada que llevaba dos años presidiendo aquel rincón del salón: un hombre y una mujer, en blanco y negro, con la ropa y los peinados de otra década, sonriendo a una cámara desde lo que parecía el porche de una casa que Mateo jamás había visitado y tal vez ni siquiera existía.

Los padres de Adrián. Los había mirado cientos de veces sin pensárselo, siempre con el mismo cariño distante que se le dedica a la familia de la pareja, gente a la que nunca se llegó a conocer pero cuya ausencia se hereda de todos modos, un poco, por simple cercanía.

—¿Es real esta foto? —preguntó, sin apartar la vista del marco, con una curiosidad tan desapasionada que le sorprendió incluso a él mismo, la misma con la que se navegan los extras de una película una vez que la historia principal ha terminado y solo queda satisfacer la curiosidad técnica de cómo se hizo cada truco.

Adrián se acercó, sin ninguna prisa, y se quedó mirando la fotografía junto a él, como si también él la viera por primera vez desde una distancia nueva.

—No exactamente —lo dijo sin ningún titubeo, con una franqueza que parecía deliberada, casi como si quisiera demostrarle a Mateo, con cada palabra, que ya no le quedaba nada más que ocultar⁠—.

Es una imagen generada con mucho cuidado.

Dos personas cuya genética, si la analizaras, sería compatible con la mía.

El color de ojos, la estructura de la cara, hasta el tipo de pelo.

Alguien se tomó su tiempo en diseñarla bien, para que resistiera cualquier pregunta que pudiera surgir con los años.

—Es un trabajo minucioso.

—Mucho.

Mateo asintió, sin ninguna emoción visible en el gesto, y siguió recorriendo la estantería hasta detenerse en un ejemplar gastado de Orgullo y prejuicio, con el lomo blanco de tanto doblarse y un par de páginas dobladas por la esquina que Adrián le había enseñado una vez, hacía más de un año, contándole con una sonrisa nostálgica que era el libro que había leído entero, a escondidas, durante las clases más aburridas del instituto.

—¿Y esto?

—Lo compré de segunda mano. Ya venía así de gastado —dijo Adrián con la misma franqueza tranquila de antes, sin ninguna vergüenza añadida, como si llevara tiempo esperando la ocasión de contarlo—.

Me gustó la idea de que pareciera querido por alguien, aunque no fuera por mí.

Nunca fui al instituto. Al menos no de la manera que te lo describí.

—¿Y el libro en sí? ¿Lo has leído de verdad?

—Ese sí —le respondió y, por primera vez desde que había entrado en el piso, algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara a Adrián—. Varias veces, de hecho. El cariño, al menos, era real.

Mateo pasó los dedos por el lomo del libro sin llegar a cogerlo, dejándolo donde estaba —no era suyo, nunca lo había sido y ahora entendía con una claridad nueva hasta qué punto—, para seguir con su tarea, sacando de la balda un par de discos que sí eran suyos, guardándolos en la caja con el mismo cuidado meticuloso de toda la mañana, sin que ninguna de las dos revelaciones que acababa de escuchar consiguiera alterarle el ritmo de las manos ni un solo segundo.

—Mateo —dijo Adrián dando un paso hacia él, con una vacilación nueva, animado quizás por la complicidad tranquila que había ido asentándose entre los dos durante las últimas preguntas—.

No tienes que hacer esto. Ninguna de las dos cosas que te acabo de contar cambia nada de lo que hay entre nosotros. Podrías quedarte.

Mateo cerró la caja, esta vez del todo, y se giró hacia él con una calma que le costó fingir.

—Te quiero —dijo Mateo y era la primera vez que lo decía en voz alta desde que había cruzado la puerta, con una sencillez que no dejaba lugar a ninguna duda sobre su sinceridad—.

Pero no puedo quedarme en una relación en la que siempre, cada vez que te vayas, cada vez que suene el teléfono, me voy a preguntar cuál será la siguiente mentira.

No es contigo con quien no puedo vivir, Adrián. Es con esa pregunta.

—Entonces no mentiré más. Nunca más. Te lo prometo.

—No es tan sencillo, y los dos lo sabemos —dijo Mateo negando con la cabeza, despacio—. Quizás podamos ser amigos. Con el tiempo.

—No creo que pueda —le respondió Adrián y la voz se le quebró un poco al final—. No creo que pueda verte con otro, Mateo. Y todavía menos creo que pueda soportar ver cómo prefieres estar solo a estar conmigo. Es algo que no podría soportar.

Mateo se quedó mirándolo un momento, sintiendo el peso completo de aquella confesión sin que le temblara, esta vez, ninguna parte de él.

—Entonces seremos amigos que no se odian —dijo, con una ternura que no había esperado poder ofrecerle todavía esa mañana—, pero que no se ven nunca.