Novios con chip Capítulo 24
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Capítulo 24

L a noche anterior, ya de vuelta en la ciudad y todavía temblando por dentro por algo que no tenía nada que ver con el frío de la sierra, Mateo se había quedado un buen rato de pie frente al espejo del baño, sin lavarse los dientes ni hacer nada que no fuera mirarse a los ojos con una severidad que no recordaba haberse dedicado nunca a sí mismo.

No vuelvas a perder así el control, se había dicho, en voz baja, casi como una plegaria.

No por Adrián. No por Leo, ni por Hugo, ni por nadie de quienes había dejado atrás en aquel salón con la sensación, ahora que lo repasaba con algo de distancia, de haber tratado como si fueran una amenaza real.

Por él mismo. Porque llevaba toda la vida entera construyéndose con mucho cuidado el hombre sereno que era, el que nunca alzaba la voz, el que escuchaba antes de reaccionar, y en un solo minuto de pánico había arrasado años enteros de aquella construcción.

No había manera de deshacer eso, ni de fingir que no había pasado.

Por la mañana, con las pocas cosas que había podido reunir la noche anterior ya dobladas en un rincón del dormitorio, empezó a recoger el resto del piso con la misma meticulosidad exagerada con la que había hablado consigo mismo frente al espejo: separando en una maleta lo que necesitaría de inmediato y en cajas, cerradas con cinta adhesiva estirada con un cuidado ridículo para una tarea tan poco importante, todo lo que podría esperar a una segunda visita.

Dobló cada camiseta dos veces en vez de una.

Colocó los libros por orden alfabético dentro de la caja, sin ningún motivo práctico que lo justificara, solo porque el propio gesto —controlado, exacto, sin margen para el error— le devolvía algo de la firmeza que sentía que se le había escapado la noche anterior.

Le sorprendió, mientras lo hacía, lo poco que su ausencia iba a notarse en aquel piso.

Casi todo lo que había en cada habitación —los cuadros, la vajilla, hasta las plantas del salón, elegidas y cuidadas por Adrián con una atención que Mateo nunca había conseguido igualar— seguiría exactamente donde estaba, indiferente a que él se marchara o se quedara, y hasta los pocos objetos que sí eran suyos, o que en teoría eran de los dos, le parecieron de pronto, mientras los guardaba, menos suyos de lo que había creído.

Oyó la puerta antes de oír ningún paso y el corazón le dio un vuelco tan fuerte que tuvo que apoyar una mano en el borde de la cama, algo que llevaba deseando y temiendo a partes iguales desde que había llegado.

No temía a Adrián. Temía, con mucha más razón, que verlo entrar por aquella puerta le hiciera dudar de una decisión que necesitaba, por su propio bien, mantener intacta.

—Mateo.

Se giró con una serenidad que le costó fingir y se encontró a Adrián, en el umbral del dormitorio, con la misma cara de siempre —los ojos claros, el pelo un poco revuelto por el viaje, ese cuerpo que Mateo conocía de memoria y que seguía pareciéndole, contra toda la lógica objetiva del mundo, lo más hermoso que había visto nunca—, y antes de poder contenerse del todo se permitió una última mirada, apenas un segundo, del tipo que se dedica a algo que se sabe que no va a volver a verse igual, tratando de que se le quedara grabado en la retina con la misma precisión con la que había estado guardando los libros por orden alfabético.

Adrián no supo interpretar aquella mirada y se acercó despacio, con una cautela nueva en él, como quien teme espantar a un animal que podría salir corriendo al primer movimiento brusco.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy bien —contestó Mateo, con una naturalidad tan perfecta que casi se la creyó él mismo.

—¿Y Hugo? —añadió, después, porque necesitaba preguntar algo que no fuera sobre ellos dos, algo que le diera a la conversación una base segura donde apoyarse antes de continuar—. ¿Está bien?

—Está perfectamente —dijo Adrián y algo se le suavizó en la cara, un principio de sonrisa que no llegó a cuajar del todo—.

Está tan bien, de hecho, que he tenido que cortar toda comunicación con Leo hasta que se calme un poco.

Esta mañana me ha mandado catorce mensajes seguidos, todos en mayúsculas, la mitad sin verbo.

Mateo no pudo evitar una risa breve, la primera en muchas horas, y algo en el ambiente del dormitorio se relajó.

—Me alegro muchísimo por los dos.

—Yo no sé si alegrarme o preocuparme —dijo Adrián apoyándose contra el marco de la puerta, con un gesto que buscaba parecer despreocupado—.

Fue una estupidez pensar que era buena idea que se conocieran, ¿sabes?

Ahora me doy cuenta de que lo mejor habría sido que se cayeran fatal desde el primer momento.

En cambio, mi problema se ha combinado con tu problema y el resultado es algo que probablemente suponga el fin del universo tal como lo conocemos.

—¿Crees que les irá bien?

—No tengo ni idea. Creo que sí —dijo Adrián tras meditar un momento, con una seriedad fingida que no engañaba a nadie—. Creo que están hechos el uno para el otro, de una manera que da bastante miedo.

Mateo sonrió, sin poder evitarlo, imaginándose ya lo que le esperaba a la pareja: Leo enviándole a Hugo siete ramos de flores en una sola semana, proponiéndole matrimonio tres veces antes de que llevaran un mes juntos, preparándole cenas íntimas a la luz de las velas con una dedicación absoluta y sin ningún sentido del ridículo, y Hugo, exactamente igual que siempre, convencido de que aquello no era nada serio, de que en algún momento aquello se acabaría revelando como un rollo de una noche que se había alargado más de la cuenta por pura inercia.

Leo incansable. Hugo insaciable. Una combinación que solo podía terminar, pensó, en algo agotador, insoportable, y probablemente muy feliz, de esa manera extraña y ruidosa de felicidad que a gente como Adrián y como el propio Mateo, más callados, más comedidos, siempre les parecería sospechosamente parecida al infierno.

—Van a ser un desastre —dijo, al fin.

—Un desastre precioso, eso sí.

Se quedaron así un momento, con la broma todavía flotando entre los dos, sin que ninguno de los dos quisiera ser el primero en devolver la conversación al terreno de lo que de verdad importaba.

Mateo, sintiendo que aquel breve respiro se le acababa, volvió a agacharse junto a la caja de libros que había dejado a medio cerrar, retomando la tarea con las manos, aunque ya no con la misma urgencia de antes.