Novios con chip Capítulo 23
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Capítulo 23

H ugo se despertó con la primera luz gris del amanecer filtrándose entre los pinos, desorientado durante varios segundos sobre dónde estaba y por qué tenía el cuerpo agarrotado en un ángulo que no correspondía a ninguna cama conocida, hasta que el frío en la cara y el peso inesperado sobre el resto del cuerpo le devolvieron, de golpe, el recuerdo completo de la noche anterior.

Bajó la vista y encontró una manta gruesa —la del armario del pasillo, la que Leo le había recomendado hacía dos noches— extendida sobre él con un cuidado que no encajaba con la manera brusca en que se había quedado dormido.

No tuvo que buscar mucho para encontrar a Leo.

Estaba sentado en la tumbona de al lado, con las rodillas subidas hasta el pecho y los brazos alrededor de ellas, la camiseta fina insuficiente contra el frío de la madrugada, el pelo revuelto de una manera que a cualquier otra persona, a aquellas horas, le habría sentado fatal y que a él, con la primera luz rosada tocándole apenas los hombros, no le quedaba nada mal.

Hugo pensó, con la parte de su cabeza que todavía no había decidido lo que debía pensar, que era una injusticia bastante considerable que alguien pudiera resultar tan atractivo a las seis de la mañana, sin dormir, congelado y con esa expresión de estar preparándose para lo peor.

Leo lo miraba con una seriedad que Hugo no recordaba haberle visto nunca, ni siquiera en el bosque, ni siquiera durante la confesión.

—Buenos días —dijo Leo, en voz baja, como si temiera romper algo si levantaba la voz.

Hugo tardó unos instantes en ubicarse del todo —la tumbona, el frío, la manta que no recordaba cómo había llegado a taparlo— y fue solo cuando el recuerdo completo de la noche anterior le cayó encima de golpe, entero, sin avisar, cuando se incorporó de golpe con una urgencia que no tenía nada que ver con el frío ni con la postura.

—Mateo —se pasó las dos manos por la cara—. Soy el peor amigo del mundo. Se marchó anoche destrozado y yo estoy aquí, durmiendo en una tumbona como si nada.

—Mateo está bien —dijo Leo, con una tranquilidad tan inmediata que a Hugo, en su estado de culpa recién descubierta, le sonó más a frase hecha que a información real.

—¿Cómo lo sabes? —dijo, algo enfadado.

No esperaba ninguna respuesta a aquello.

Era la clase de pregunta que se hace para señalar que nadie, en realidad, puede saber nada, que «está bien» es solo lo que se dice para que uno se sienta mejor sin motivo alguno.

Pero Leo no se lo tomó como una pregunta retórica.

Lo miró a los ojos, con una calma distinta a la anterior, más cargada, y repitió, más despacio:

—Mateo está bien.

Y esta vez Hugo, sin saber muy bien por qué, le creyó de otra manera. Volvió a hacer la misma pregunta, pero ahora sonó diferente, con algo más parecido a la curiosidad, la de quien empieza a sospechar que hay una auténtica respuesta.

—¿Cómo lo sabes, Leo?

—¿Tú crees que Adrián se habría quedado aquí o habría sido capaz de cerrar los ojos ni un minuto, si no tuviera la certeza absoluta de que Mateo está a salvo ahora mismo?

—Leo no contestó a la pregunta directamente, pero algo en la manera en que la formuló dejaba claro que no era una manera de esquivarla, sino la única respuesta que estaba dispuesto a dar.

Hugo no insistió. Había algo en la cara de Leo que no invitaba a seguir tirando de aquel hilo y una parte de él, la más honesta, prefirió no imaginarse del todo por qué medios exactos alguien podía tener esa clase de certeza sobre una persona que estaba, en ese mismo instante, a muchos kilómetros de distancia.

—Hay cosas que es mejor que no sepas —dijo Leo, al cabo de un momento, con una suavidad que no tenía nada de amenazante—.

No porque no confíe en ti. Es que hay información que ayuda y hay información que solo duele, y a veces la única diferencia entre una y otra es quién tiene que afrontarla.

Tú también tienes cosas así, seguro. No mentiras.

Solo cosas que no le cuentas a nadie, ni siquiera a Mateo, porque contarlas no cambiaría nada salvo que alguien se sintiera peor.

Como cuántas veces has entrado en el Instagram de algún ex a las tres de la madrugada este último año, por ejemplo.

—Eso es muy concreto para ser un ejemplo al azar.

—Lo difícil —siguió Leo, ignorando la protesta con una sonrisa pequeña— no es decidir si algo se cuenta o no se cuenta. Eso es fácil. Lo difícil es decidir cuál es cuál. Yo me equivoco constantemente.

Hugo se quedó mirándolo un momento, con una especie de asombro que no esperaba sentir a esas horas de la mañana, congelado y hambriento, en una tumbona de piscina.

—¿Desde cuándo eres tan profundo?

—Lo leí en una galleta de la suerte.

—Las galletas de la suerte no dicen esas cosas, Leo.

—Las tuyas, no sé. Yo tengo mucha más experiencia que tú en cuestión de galletas de la suerte —dijo Leo encogiéndose de hombros, con una naturalidad que no dejaba ningún resquicio por el que discutírselo, y se levantó, tendiéndole una mano para ayudarlo a incorporarse—.

¿Por qué estás aquí fuera? Podrías haberme dicho que entrara.

—Quería respetar tu espacio. —Leo se encogió un poco de hombros, con una inseguridad que no le pegaba nada—. Pensé que, después de anoche, lo último que necesitabas era tenerme cerca.

—No necesito espacio, Leo. —Hugo se pasó una mano por la cara, notando el frío todavía en los huesos y, debajo, un hambre tan voraz que casi le dio vergüenza sentirla en un momento como aquel⁠—.

Necesito entrar en calor y comer algo antes de morirme, en ese orden o en el otro, no tengo ninguna preferencia clara ahora mismo.

Algo se le relajó a Leo en la cara al oír aquello, un alivio tan visible que resultaba casi cómico, pero antes de que llegara a decir nada más sobre la noche anterior, Hugo volvió a hablar.

—¿Puedo entrar en la cocina?

—Claro.

Leo se levantó de un salto, con una agilidad que contrastaba de manera casi ridícula con el cuerpo entumecido de Hugo, y lo ayudó a incorporarse tirando de él con una fuerza que, esta vez, a Hugo no le sorprendió en absoluto.

La mano de Leo, cálida contra la suya, todavía helada, se quedó un segundo de más antes de soltarla, pero ninguno de los dos comentó nada al respecto.

—Ven.

Entrar en la casa fue, de manera casi instantánea, como recuperar una parte de sí mismo que no sabía que había perdido durante la noche: el calor residual de la calefacción, el olor familiar a leña quemada y a café frío de la noche anterior, la luz cálida de las lámparas todavía encendidas, todo lo golpeó de golpe con un alivio tan físico que estuvo a punto de sentarse en el suelo del recibidor solo para disfrutarlo un momento más.

—Esta casa tiene una cosa rara —dijo, ya en la cocina, mientras Leo sacaba pan y lo que quedaba de un embutido de la nevera con una eficiencia que no tenía nada que envidiar a la de Mateo, moviéndose por aquella cocina ajena con la misma soltura despreocupada con la que se movía por todas partes, la camiseta subiéndosele un poco por la espalda cada vez que se agachaba a abrir un cajón—.

Todo lo importante que pasa aquí, pasa en esta cocina, de madrugada.

—A lo mejor es la casa la que decide esas cosas.

—A lo mejor.

Leo le preparó un bocadillo enorme, con más embutido del que cualquier persona razonable habría puesto, y Hugo le dio el primer bocado casi antes de que terminara de tendérselo, devorándolo con un apetito que no dejaba mucho espacio para la conversación, hasta que el hambre empezó a remitir y las palabras, por fin, encontraron su espacio entre bocado y bocado.

—Anoche, con Sergio... —empezó Leo, con una cautela que a Hugo, en cualquier otro momento, le habría hecho sonreír—. Llegamos casi hasta el final. Del acercamiento, digo. Como practicamos.

—¿Y? —preguntó Hugo, con una ligereza que no sonaba creíble del todo.

—Y lo hice bien. Muy bien, la verdad. Te habrías sentido orgulloso. Fui acercándome despacio, como los planetas, exactamente como tú me enseñaste, con la conversación fluyendo, sin que se notara que me iba aproximando.

Hugo asintió, masticando despacio, notando que el siguiente bocado le costaba tragarlo un poco más que los anteriores.

—Y justo antes de que nuestros labios llegaran a rozarse, en el último segundo exacto —⁠continuó Leo, sentándose frente a él con los codos apoyados en la mesa—, me di cuenta de que no quería que pasara.

Hugo dejó el bocadillo un momento sobre el plato, mirándolo con una atención que ya no tenía nada que ver con el hambre.

—¿Por qué no?

—Porque me di cuenta de que llevaba toda la noche deseando estar en otro sitio —dijo Leo mirándole, sin ningún rastro de la vacilación que había tenido antes—.

No con Sergio. Contigo. Llevaba toda la noche pensando en si estarías bien, en si te lo estarías pasando bien tú también y en algún momento entendí que la persona con la que de verdad quería practicar aquel acercamiento no era Sergio.

Eras tú. Siempre habías sido tú, solo que tardé un poco en darme cuenta.

Hugo se quedó callado un momento, con el corazón latiéndole de una manera que no tenía nada que ver ya con el frío de la noche ni con el hambre recién saciada. Sintió que una sonrisa se le abría paso en la cara sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

—Vamos a ser un desastre —dijo, al fin, sacudiendo la cabeza—. Tú y yo. Un desastre absoluto en esto del amor.

—Probablemente.

—No sé ni por dónde vamos a empezar.

—Yo tampoco —dijo Leo con esa sonrisa suya tan completa que le ocupaba toda la cara, antes de robarle, sin ningún pudor, el último trozo del bocadillo directamente del plato de Hugo—. Pero prefiero ser un desastre contigo que hacer las cosas bien con cualquier otra persona.

Fuera, el cielo empezaba a clarear del todo por encima de la sierra, tiñendo de un rosa pálido las últimas nubes de la noche.

Dentro, en la cocina, con las manos todavía manchadas de grasa del bocadillo y la casa entera durmiendo a su alrededor, Hugo se acercó lo justo para quitarle a Leo una miga que se le había quedado prendida en el labio, un gesto que no tenía ninguna necesidad práctica detrás y que a ninguno de los dos pareció importarle que no la tuviera.

Se quedaron así un rato más, sonriéndose sin decir nada más, sin ninguna prisa por decidir, esa misma mañana, qué era lo que acababan de encontrar.