Capítulo 22
H ugo salió de la casa sin ningún plan concreto, solo con la necesidad urgente de que las paredes dejaran de cerrarse a su alrededor durante un rato.
Nadie intentó detenerlo: Leo se quedó donde estaba, con los brazos caídos a los lados en un gesto de derrota; y Adrián, de pie junto a la puerta, con la mirada todavía clavada en el punto exacto del camino de tierra por donde las luces del coche acababan de desaparecer, ni siquiera pareció darse cuenta de que Hugo pasaba por su lado, inmóvil de una manera que a Hugo, en cualquier otra noche, le habría llamado la atención.
—Necesito un momento —fue lo único que dijo, sin dirigirse a nadie en particular, antes de internarse en la oscuridad del jardín.
El frío lo recibió con una contundencia que no había calculado del todo, mucho más agresivo que el de las noches anteriores.
Hugo caminó sin rumbo durante los primeros minutos, siguiendo el camino de tierra en dirección contraria a la que había tomado el coche de Mateo, dejando que las piernas se movieran mientras la cabeza, incapaz todavía de procesar del todo la magnitud de lo que acababa de presenciar, se limitaba a repetir fragmentos sueltos de la última media hora sin conseguir ordenarlos en nada coherente.
Fue solo al llegar a la altura del último recodo antes de que la casa se perdiera de vista entre los árboles cuando la realidad, mucho más pequeña y mucho más incómoda que cualquier tragedia, empezó a imponerse sobre todo lo demás: hacía frío de verdad, un frío que se le colaba ya por debajo de la camiseta fina que se había puesto esta mañana y no tenía absolutamente ningún sitio a donde ir.
El pueblo quedaba demasiado lejos para llegar a pie de noche.
Además, con lo que estaba pasando en el mundo entero, la sola idea de aparecer solo, sin nadie que lo acompañara, en mitad de unas calles donde según las noticias podía haber disturbios de un momento a otro, le pareció muy poco recomendable.
El camino hacia el chiringuito quedaba descartado por razones bastante más concretas: todavía tenía grabado en el cuerpo, con una nitidez que no necesitaba ningún esfuerzo para recordar, el peso de aquella mano empujándole el pecho entre los pinos y no tenía ningunas ganas de comprobar si el grupo de la tarde anterior volvería a rondar por allí una segunda noche.
Se quedó parado en mitad del camino, con los brazos cruzados contra el frío, dando vueltas sobre sí mismo sin decidirse por ninguna dirección, sintiéndose cada minuto que pasaba un poco más ridículo: no tenía cartera —se había ido de la casa sin ni siquiera pensar en cogerla, algo que solo constató al palparse los bolsillos vacíos con una punzada de incredulidad hacia sí mismo—, tampoco tenía el móvil, que llevaba toda la tarde cargándose en la cocina, y no tenía, sobre todo, ningún sitio donde llegar que no fuera, otra vez, aquella misma casa de la que acababa de salir dando un portazo metafórico que ahora, con el frío calándole los huesos, empezaba a parecerle un poco excesivo.
Y encima tenía hambre. Un hambre estúpida, completamente fuera de lugar dado todo lo demás que acababa de pasar, pero real e insistente, que le hizo pensar, con una desesperación casi cómica, en una ración entera de patatas fritas calientes, del tipo que había visto que servían en el chiringuito, con mucha sal y quizás alguna salsa picante, una idea tan absurdamente concreta que le arrancó una risa breve, más nerviosa que alegre, en mitad de la oscuridad del camino.
Porque además, pensó, dando otra vuelta sobre sí mismo sin decidirse a ir en ninguna dirección, ¿qué pintaba él, en realidad, en aquella casa?
Sin Mateo allí, la casa entera se reducía, de repente, a lo que siempre había sido bajo la superficie: la casa de vacaciones de la pareja de su mejor amigo, con un compañero de trabajo al que Hugo conocía desde hacía apenas cuarenta y ocho horas.
Nada de aquello era suyo. Ni la habitación pequeña, ni la chimenea, ni la manzanilla de madrugada.
Se le ocurrió, con una vergüenza instantánea, la idea de aparecer en la puerta de alguna casa del pueblo y pedir, con toda la humildad del mundo, que le indicaran dónde estaba la parada de autobús más cercana, y la descartó enseguida, no porque fuera mala idea, sino porque no se sentía con fuerzas ni para eso.
Siguió caminando en círculos amplios, sin alejarse demasiado de la casa ni acercarse tampoco, en una especie de órbita indecisa que no tenía nada de la elegancia con la que él mismo, apenas dos días antes, le había explicado a Leo cómo debían de moverse los planetas, hasta que el cansancio y el frío, combinados, lo empujaron finalmente a detenerse en un altozano pequeño desde donde todavía se distinguían las luces de la casa entre los árboles, encendidas todas, ventana tras ventana, como si nadie dentro tuviera ninguna intención de irse a dormir esa noche.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra un pino y las rodillas recogidas contra el pecho, decidido a esperar a que aquellas luces se apagaran una a una antes de atreverse a volver, convencido de que necesitaba que la casa entera estuviera dormida para poder colarse de nuevo en ella sin tener que enfrentarse a la cara de nadie esa misma noche.
Las luces, sin embargo, no se apagaron. Pasó una hora, quizás más —sin móvil no tenía manera de comprobarlo con exactitud—, pero las ventanas siguieron iluminadas, tercas, indiferentes a su plan.
Fue el frío, más que la paciencia agotada, lo que terminó de decidirlo.
Se arrastró, literalmente a rastras durante el último tramo, cuesta abajo hasta la parte trasera de la casa, donde una hilera de tumbonas desvencijadas rodeaba una piscina vacía y cubierta con una lona que llevaba, a juzgar por las hojas acumuladas encima, más de un invierno entero sin usarse.
Se dejó caer sobre la más cercana con un suspiro que fue, a partes iguales, alivio y derrota.
La lona de la tumbona, fría al principio, fue calentándose poco a poco con su propio cuerpo, y Hugo, demasiado agotado ya para seguir dándole vueltas a nada, se quedó dormido allí mismo, bajo un cielo despejado y sembrado de estrellas que no llegó a ver, mucho antes de que ni una sola de las luces de la casa se apagara.