Capítulo 21
E n su habitación, con la puerta cerrada y la excusa del jersey ya cumplida sobre la cama sin que llegara siquiera a ponérselo, Mateo sacó el móvil y vio, por fin, la barra de progreso completa: el archivo estaba listo, un pequeño icono de sonido esperando pacientemente en la carpeta de descargas, con un nombre de archivo tan aséptico y tan poco dramático —audio_procesado_final.wav— que costaba creer que pudiera contener nada capaz de cambiarle la vida a nadie.
Se quedó mirando la pantalla un buen rato, con el pulgar suspendido sobre el icono de reproducción, sintiendo el mismo vértigo exacto que había sentido en la colina, multiplicado ahora por la certeza de que ya no había vuelta atrás posible: si lo intentaba y no pasaba nada, se quedaría con la incertidumbre de siempre, intacta, quizás para siempre.
Y si pasaba algo, ya no habría manera de deshacerlo.
Bajó de todos modos.
Encontró a los demás en el salón, con Adrián removiendo el fuego con un atizador y Leo y Hugo sentados en extremos opuestos del sofá grande, con una distancia entre ellos que a cualquiera con la cabeza más despejada le habría llamado la atención.
—Oye —dijo, sentándose en el sillón individual con una naturalidad fingida a duras penas—, se me ha grabado algo raro en el móvil sin querer, con todo el lío de la colina. ¿Alguien oye algo aquí?
Reprodujo el audio a volumen normal, sosteniendo el teléfono en el centro de la mesa baja, y durante los segundos que duró la grabación —el mismo siseo gris y uniforme que él mismo había escuchado en la colina, indistinguible del ruido de cualquier grabación estropeada— nadie en la habitación hizo ni el más mínimo gesto.
Adrián siguió removiendo el fuego. Leo miró el teléfono con la misma curiosidad educada con la que habría mirado cualquier otro ruido doméstico sin importancia.
Hugo, sin apartar la vista de sus propias manos, ni siquiera pareció registrar que había sonado nada en absoluto.
—Nada, será cosa mía —dijo Mateo, y sintió, por un instante, un alivio tan grande y tan traicionero que estuvo a punto de dejarlo ahí, de guardarse el teléfono y no volver a pensar en ello nunca más.
Pero no lo hizo. Subió el volumen al máximo, con el pulgar temblándole un poco sobre la pantalla, y volvió a reproducirlo, esta vez sin ninguna excusa que ofrecer de antemano, solo un «perdonad, una vez más» murmurado casi para sí mismo.
Esta vez sí hubo algo.
Fue Leo el primero: a mitad del siseo, sin ningún aviso, abrió la boca con la misma naturalidad instintiva de quien responde a una pregunta que acaba de oír con total claridad, y llegó a decir, casi entera, la primera sílaba de una respuesta —«po...
»— antes de que su propio cuerpo, con una rapidez que no tenía nada de humana, se congelara de golpe a mitad de un gesto que había empezado a acompañar la respuesta —la mano ya levantándose, dos dedos separándose como para señalar algo que ya nunca llegaría a nombrar—, los ojos abriéndose con una expresión de puro horror ante lo que acababa de hacer.
Adrián no llegó ni siquiera a eso. Se quedó inmóvil junto a la chimenea, el atizador todavía en la mano, con la cabeza ladeada un grado exacto hacia el teléfono, en una quietud tan absoluta y tan poco natural que a Mateo se le heló algo por dentro mucho antes de que Adrián llegara a volverse del todo hacia él.
Y entonces se giró.
Lo hizo despacio, mucho más despacio de lo que un giro tan simple debería tardar o quizás fue el propio tiempo el que decidió, en ese instante concreto, dejar de fluir como Mateo había dado siempre por sentado que fluía: vio el hombro de Adrián moverse primero, luego el cuello, la mandíbula recortándose un momento contra el resplandor anaranjado de la chimenea antes de que el resto de la cara terminara de girarse hacia la luz de la lámpara, el atizador todavía colgando, olvidado, de una mano que ya no parecía saber para qué lo sostenía.
En algún punto de aquel giro insoportablemente lento, Mateo fue consciente de su propio corazón, de cada latido individual golpeándole contra las costillas como si quisiera salir de allí antes de terminar de ver lo que estaba a punto de ver y del crepitar del fuego, que seguía sonando exactamente igual que un minuto antes, indiferente por completo a que su mundo estuviera a punto de cambiar de forma.
No fue una mirada de sorpresa, ni de miedo, ni de ninguna de las cosas que Mateo, en las horas que llevaba imaginando aquel momento, había esperado encontrar en su cara.
Fue algo mucho más extraño: Adrián miró el teléfono que Mateo todavía sostenía en la mano y sus ojos se fijaron en él con una leve vibración que no correspondía a la manera en que un ser humano mira un objeto, como si no estuviera viéndolo, sino leyéndolo, recorriendo con la vista algo que iba mucho más allá de la pantalla iluminada y el archivo de audio que contenía, hasta la última carpeta, el último mensaje, la última búsqueda guardada en el historial de aquella misma tarde en lo alto de una colina.
—Mateo —dijo Adrián, soltando el atizador para dar un paso hacia él con las manos abiertas, en un gesto que pretendía ser tranquilizador y que a Mateo, en ese instante, le pareció lo más aterrador que había visto jamás—. Puedo explicártelo.
—No te acerques.
Lo dijo con una voz que no reconoció como propia, tan baja y tan firme que ni siquiera él supo de dónde le había salido.
Se levantó del sillón dando un paso atrás y luego otro, hasta quedar con la espalda casi pegada a la pared del salón, manteniendo entre él y Adrián —y entre él y Leo, que seguía paralizado junto al sofá con la boca todavía entreabierta sobre aquella sílaba a medio pronunciar— la misma distancia exacta que se mantiene, sin pensarlo, frente a una amenaza recién descubierta.
—Mateo, por favor, deja que...
—He dicho que no te acerques.
Adrián se detuvo, con las manos todavía abiertas en aquel gesto suspendido a medio camino. El silencio que siguió fue tan completo que Mateo llegó a oír, con una claridad casi obscena, el crepitar del fuego que Adrián había dejado de remover.
Fue Hugo quien lo rompió, levantándose despacio del sofá también mostrando las palmas de las manos, en el mismo gesto exacto que pretendía demostrar que no era una amenaza. Dio un paso hacia Mateo con una cautela que no le pegaba nada a su manera habitual de moverse por el mundo.
—Mateo. Escúchame un momento. Sé que parece muy fuerte, pero no tienes nada que temer, de verdad. Leo no te va a hacer nada. Ni Adrián. Te lo prometo.
—¿Cómo sabes tú eso?
Lo preguntó casi sin darse cuenta de que lo estaba preguntando, todavía con la vista fija en Adrián, pero fue al ver la cara de Hugo —esa mueca instantánea, esa manera de tragar saliva antes de contestar, la misma que Mateo llevaba veinte años reconociendo como la prueba definitiva de que se avecinaba una confesión que no iba a gustarle— cuando entendió, con una claridad que le cayó encima como un segundo golpe justo encima del primero, que la pregunta no tenía una respuesta inocente.
—Mateo, yo...
—¿Tú... tú lo sabías?
Hugo no contestó enseguida, y ese silencio, ese medio segundo exacto de duda antes de cualquier palabra, fue toda la respuesta que Mateo necesitó.
—Desde ayer —dijo Hugo, al fin, con una voz que se le quebró un poco al final de la frase—. Desde lo del bosque. Leo tuvo que... no importa cómo fue, pero tuvo que decírmelo y no te lo conté porque pensé que no tenía derecho y no sabía cómo...
Mateo dejó de escucharle a mitad de la frase.
No fue una decisión consciente, ni un gesto de desprecio deliberado; fue que algo dentro de él se cerró de golpe, como una puerta que se cierra sola con el viento y a partir de ahí las palabras de Hugo le llegaron amortiguadas, sin sentido, mezcladas con las de Leo —que había recuperado por fin el movimiento y trataba de decir algo también, «Mateo, yo no le conté nada de Adrián, te lo juro, él no sabía nada»— en un murmullo de voces que ya no le importaban lo suficiente como para intentar separarlas.
Todos lo sabían. Todos, menos él. Mateo, de pie en mitad de aquel salón con el fuego crepitando y las luces por fin encendidas después de un día entero de oscuridad, sintió que la casa entera —la casa que hasta hacía una hora le había parecido, con la vuelta de la luz, un pequeño refugio recuperado— se convertía, de golpe, en el sitio más solitario del mundo, un lugar lleno de gente que lo quería, o que decía quererlo, pero ni una sola de esas personas había considerado que él mereciera saber, antes que ninguna otra, la verdad sobre su propia vida.
Se movió sin pensarlo, cruzando el salón hasta el aparador de la entrada donde Adrián dejaba siempre las llaves del coche, y las cogió con un gesto tan brusco que Adrián, que había dado un paso para interceptarlo, se quedó a medio camino, con el brazo todavía extendido y una expresión de derrota tan absoluta en la cara que ni siquiera Mateo, en el estado en que se encontraba, pudo evitar del todo que se le quedara grabada.
—Mateo, por favor, no conduzcas así, deja que...
—Necesito irme.
—Al menos deja que...
—¡Necesito irme, Adrián! ¿Puedes respetar aunque solo sea eso?
No esperó a que nadie dijera nada más. Salió por la puerta principal hacia la noche cerrada, con el frío golpeándole de nuevo en la cara sin que esta vez le importara lo más mínimo, y se metió en el coche con las manos temblándole tanto que le costó dos intentos encontrar el botón de arranque, mientras a su espalda, recortado contra la luz del porche, Adrián se quedaba de pie, inmóvil, viendo cómo las luces del coche se encendían y el vehículo empezaba a alejarse por el camino de tierra sin que él intentara detenerlo.
La carretera, en la oscuridad casi completa de la sierra, se convirtió pronto en poco más que un túnel estrecho iluminado por los faros.
Mateo condujo sin ver realmente nada de lo que tenía delante, con la vista nublada por unas lágrimas que no recordaba haber empezado a derramar y que no hacía ningún esfuerzo por contener, tomando las curvas con una brusquedad que en cualquier otra noche le habría asustado.
En algún momento, en una recta que se le hizo eterna entre dos muros de pinos oscuros, algo cruzó la carretera delante de él —un animal, quizás, un ciervo o un jabalí, no llegó a distinguirlo del todo entre las lágrimas y la velocidad— y Mateo, con los reflejos anulados por todo lo demás que llevaba encima, no llegó siquiera a pisar el freno a tiempo.
El coche se detuvo de todos modos.
No hubo ningún chirrido de neumáticos, ningún frenazo brusco que lo lanzara contra el cinturón; el vehículo redujo la velocidad con una suavidad perfecta y se detuvo a escasos metros de donde fuera que hubiese estado aquella sombra, deteniéndose exactamente lo justo, ni un metro de más, como si algo o alguien, en algún lugar, hubiera calculado la frenada con una precisión imposible para cualquier sistema de seguridad de fábrica.
Mateo se quedó allí sentado un momento, con las manos todavía aferradas al volante y el corazón latiéndole con una fuerza que le dolía, sin entender del todo lo que acababa de pasar, demasiado destrozado por todo lo demás como para preguntárselo demasiado.
Se secó los ojos con el dorso de la mano, respiró hondo dos veces y volvió a arrancar, más despacio esta vez, hacia la ciudad, hacia ningún sitio en concreto salvo lejos de aquella casa, sin volver la vista atrás ni una sola vez hacia la sierra que dejaba detrás, envuelta ya del todo en la oscuridad de la noche.