Capítulo 20
C uando Mateo entró en la casa, con el frío todavía metido en los huesos y el móvil apretado contra el pecho bajo la chaqueta como si pudiera acelerar el proceso de codificación por pura cercanía, encontró a Hugo en la cocina, trasteando con algo en la encimera, y las palabras le salieron antes incluso de haber decidido del todo decirlas.
—Hugo, tengo que contarte algo. Creo que me estoy volviendo loco.
—¡Ha vuelto la luz!
Lo dijo con tal efusión, señalando hacia el techo con las dos manos como si acabara de presenciar un milagro menor, que a Mateo la frase se le quedó suspendida a medio camino, sin saber muy bien qué hacer con ella.
Lo que decía Hugo era cierto: la bombilla de encima de la encimera estaba encendida, con esa luz un poco cruda y demasiado blanca que en cualquier otro momento le habría parecido fea, pero que en ese instante le pareció, sin ninguna ironía, hermosísima.
El zumbido bajo y constante de la nevera, que llevaba todo el día en silencio, volvía a llenar la cocina con su ronroneo de siempre y en algún punto del pasillo, la luz del recibidor también estaba encendida, proyectando un rectángulo cálido sobre el suelo de barro cocido.
—Ha vuelto —repitió Mateo, casi sin poder creérselo, recorriendo la cocina con una especie de asombro infantil que le sorprendió a él mismo, tocando el interruptor de la luz solo para comprobarlo otra vez, encendiendo y apagando la tostadora, aunque no tenía nada que tostar—. ¿Cuándo ha sido?
—Hace media hora, más o menos. He puesto a cargar todo lo que tenía descargado, por si vuelve a irse.
—Eres un genio.
—Soy previsor, que es distinto —Hugo lo miró entonces, con una atención que Mateo, en su euforia momentánea, no había esperado—. Oye, ¿qué me ibas a decir? Lo de que te estabas volviendo loco.
Mateo se quedó un segundo callado, sopesando si merecía la pena estropear aquel alivio tan simple, tan físico —una bombilla encendida, un zumbido familiar— con lo que llevaba toda la tarde cargando colina arriba y colina abajo.
—Nada —dijo—. Tonterías. Cosas del corte de luz, que me estaba volviendo un poco paranoico.
No le dio tiempo a comprobar si Hugo se lo había creído del todo, porque en ese mismo momento se oyó un coche fuera y Adrián entró por la puerta principal con las mejillas enrojecidas por el frío de la noche y una expresión de cansancio que se le borró de golpe en cuanto vio a Mateo cruzar el pasillo hacia él.
—¡Menos mal que estás aquí! —dijo Adrián y el alivio en su voz sonó tan real que Mateo, por un instante entero, sintió que todo lo que había ocurrido durante el día —la colina, el viento, el archivo codificándose en su bolsillo— se desvanecía y se sentía dispuesto a olvidarlo todo con tal de dejarse llevar por aquel alivio compartido.
El abrazo duró, como mucho, tres segundos antes de que el teléfono de Adrián vibrara contra su bolsillo con una insistencia imposible de ignorar.
Adrián, todavía con un brazo alrededor de Mateo, lo sacó, miró la pantalla y algo en su cara se cerró con la misma rapidez con la que se había abierto un momento antes.
—Tengo que cogerlo —dijo, ya separándose—. Un segundo.
Salió de nuevo al porche, cerrando la puerta tras de sí con un cuidado que a Mateo, observándolo a través del cristal, le pareció mucho más elocuente que cualquier portazo: Adrián caminando hasta el borde del porche, de espaldas, con la voz ya baja incluso antes de empezar a hablar, en el mismo sitio, con la misma postura, con el mismo cuidado de no dejarse oír.
Y ahí, viéndolo desde el otro lado del cristal, Mateo sintió que el alivio de hacía un momento se esfumaba con una rapidez que le dio casi vergüenza, transformándose en algo mucho más parecido al resentimiento: no porque Adrián estuviera hablando por teléfono, sino porque incluso ahora, incluso después de un día entero sin poder localizarlo, incluso después de la angustia entera de la colina, la primera cosa que Adrián hacía al volver a casa era, otra vez, lo mismo de siempre.
—¿Todo bien? —preguntó Hugo, apareciendo a su lado con una taza de algo caliente que le tendió sin preguntar.
—Todo bien —mintió Mateo, aceptando la taza más por tener algo que sostener con las manos que por verdaderas ganas de beber nada.
Poco después llegó Leo, con la ropa de la noche anterior todavía puesta y una expresión seria que no encajaba en absoluto con la euforia con la que se había marchado veinticuatro horas antes y que a Mateo, distraído como estaba con la silueta de Adrián recortada contra la oscuridad del porche, apenas le dio tiempo a registrar del todo.
Notó, sí, un silencio raro instalándose entre Leo y Hugo en cuanto se cruzaron en el salón, un intercambio de miradas que no llegó a convertirse en palabras.
Hugo pareció replegarse sobre sí mismo con una brusquedad que no era propia de él y se marchó hacia la cocina con una excusa poco convincente sobre revisar algo del horno, mientras Leo se quedaba de pie en mitad del salón, con las manos metidas en los bolsillos, mirando la puerta por la que Hugo acababa de desaparecer con una expresión que a Mateo, en cualquier otro momento, le habría preocupado bastante.
Adrián tardó casi diez minutos en volver a entrar, guardándose el teléfono con un gesto que pretendía parecer definitivo y no lo consiguió del todo.
Cuando por fin los cuatro se reunieron en el salón, con la chimenea ya encendida otra vez y las luces de la casa entera devolviéndole a la noche un poco de la normalidad que llevaba todo el día perdida, Mateo, incapaz de soportar ni un segundo más de aquel silencio espeso que parecía habérselos tragado a todos, dijo lo primero que se le ocurrió con tal de romperlo.
—¿Y si cenamos fuera? En Arroyo Frío tiene que haber algo abierto todavía. Nos vendría bien salir un rato, después del día que hemos pasado.
—No creo que sea buena idea —dijo Adrián, casi antes de que Mateo terminara la frase, con una rapidez que a él le sonó, en su estado actual, sospechosamente ensayada—. Con todo lo que ha ocurrido, ha habido disturbios en varias ciudades. Estamos mejor aquí, sin exponernos a nada.
Lo dijo con la misma calma razonable de siempre, la misma que Mateo llevaba dos años enteros sintiendo como un refugio y que esa noche, por primera vez, no le sonó a protección, sino a control.
—Claro —dijo, con una sonrisa que no le costó ningún esfuerzo fingir, porque ya había dejado de sentir nada—. Tienes razón. Mejor cenamos aquí.
Se levantó con una calma que le sorprendió a él mismo y anunció que iba un momento a su habitación, a por un jersey, dejando atrás un salón en el que nadie —ni Adrián, ni Leo, ni Hugo, que seguía sin salir de la cocina— pareció reparar en que el móvil, guardado hasta entonces contra su pecho, había empezado a vibrar con la notificación que llevaba toda la tarde esperando.