Novios con chip Capítulo 19
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Capítulo 19

M ateo había intentado llamar a Adrián once veces desde el mediodía.

Las contaba, no porque quisiera llevar la cuenta, sino porque cada intento fallido dejaba detrás un número que se sumaba solo al anterior, una prueba pequeña y silenciosa de que llevaba toda la tarde rindiéndose una y otra vez ante lo mismo: dos tonos, un silencio comprimido y raro antes de que la llamada se interrumpiera sola.

Ni un solo mensaje se había enviado del todo, con esa marca de «entregando» congelada indefinidamente junto al reloj.

Mateo, sentado en el porche con el móvil todavía en la mano después del último intento, sintió que aquella acumulación de fracasos idénticos era, de alguna manera retorcida, peor que un solo «no» claro y definitivo.

—Voy a dar una vuelta —le dijo a Hugo, que seguía envuelto en la manta del porche con el libro electrónico ya casi sin batería—. A ver si encuentro cobertura en algún sitio más alto.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No, tranquilo. Necesito caminar solo un rato.

Hugo no insistió y Mateo se lo agradeció en silencio, porque no habría sabido explicarle, sin desmoronarse un poco, que lo que necesitaba no era compañía sino, precisamente, lo contrario: un rato entero sin tener que fingir delante de nadie que estaba bien.

Se alejó de la casa por un camino distinto al del arroyo, uno que subía en vez de bajar, serpenteando entre matorrales bajos y algún pino aislado hasta ganar altura sobre el valle.

El viento, que abajo apenas se notaba, aquí arriba empezaba ya a soplar con una insistencia fría que se le colaba por el cuello de la chaqueta a cada nueva zancada.

Caminó sin pensar en nada concreto durante los primeros minutos, dejando que el esfuerzo físico ocupara el lugar que hasta entonces habían ocupado los pensamientos, pero en cuanto el cuerpo encontró su propio ritmo, la cabeza, liberada, empezó a trabajar por su cuenta con una intensidad que Mateo no supo frenar.

Pensó en Adrián, claro, y en la crisis del mundo entero que llevaba dos días desarrollándose a su alrededor y en algún punto del camino, sin saber muy bien por qué, las dos preocupaciones empezaron a converger de una manera que le costó, al principio, reconocer como algo más que paranoia pura.

Pensó en los padres de Adrián, muertos los dos en un accidente de coche cuando él tenía veintitrés años, una historia que Adrián contaba siempre con la misma economía exacta de detalles, ni uno más ni uno menos, como si la hubiera repasado tantas veces que ya solo le quedara el esqueleto de lo ocurrido y no la carne.

Pensó en los tíos de Adrián, en algún pueblo de Galicia del que Mateo ni siquiera recordaba bien el nombre, a los que Adrián no quería ver porque, según contaba, se habían portado mal con sus padres en su día, sin que nunca llegara a explicar del todo el motivo de aquel enfrentamiento.

Pensó en las fotos —pocas, siempre la misma media docena, un padre sonriente con bigote de otra década, una madre entornando los ojos contra el sol en una playa que Mateo no había sabido situar nunca en el mapa— y se dio cuenta, con una punzada de vergüenza retrospectiva por no haberlo pensado antes, de que en dos años enteros de relación jamás había conocido a nadie, ni una sola persona, que pudiera confirmarle independientemente que nada de aquello había ocurrido de verdad.

Era, pensó, un pasado convenientemente hermético.

Trágico lo justo para explicar cualquier ausencia de familia sin invitar a más preguntas, disperso lo justo para que resultara descortés insistir en conocer a nadie, y completo lo justo, en la superficie, para que a Mateo nunca se le hubiera ocurrido —hasta ese mismo instante, subiendo una cuesta con el viento arreciando a cada paso— dudar de una sola palabra de él.

Y luego estaba lo otro, lo que llevaba dos años enteros pareciéndole el mayor regalo de su vida y que ahora, con esta nueva luz encima, se le aparecía con un matiz que no había tenido nunca hasta entonces: aquella ecuanimidad suya, absoluta, inquebrantable, que jamás se alteraba ni con las peores noticias ni con las provocaciones más directas; aquella generosidad constante, sin fisuras, sin un solo mal día documentado en varios años de convivencia.

Mateo siempre lo había interpretado como madurez, como un carácter privilegiado forjado, quizás, precisamente por la tragedia temprana que le había tocado vivir.

Ahora, subiendo aquella colina con el viento cortándole la cara, se preguntó, por primera vez, si un ser humano de verdad podía ser tan perfecto durante tanto tiempo sin que en algún momento se apreciaran las costuras.

La cima de la colina no era gran cosa, apenas un afloramiento de roca desnuda coronado por un montón de piedras apiladas, quizás por algún pastor de hacía generaciones, quizás por algún senderista aburrido, pero desde allí el valle entero se abría hacia abajo en una panorámica que en cualquier otro día le habría parecido preciosa, pero que aquella tarde, bajo un cielo gris y cerrado que ya empezaba a derramar alguna gota suelta, le pareció hostil a secas.

El viento, sin ningún pino que lo frenara, soplaba con una fuerza que le obligó a refugiarse detrás del montón de piedras, encogido contra el frío con las rodillas pegadas al pecho y las manos escondidas dentro de las mangas de la chaqueta.

Fue solo entonces, sacando el móvil con dedos ya torpes que apenas respondían al tacto de la pantalla, cuando vio aparecer, por fin, dos rayas de cobertura donde llevaba todo el día sin ninguna.

Se quedó mirando la pantalla un momento, con el pulgar suspendido sobre el número de Adrián, pero no llegó a marcarlo.

No porque no quisiera oír su voz —lo deseaba más que casi ninguna otra cosa en ese momento—, sino porque, con una claridad que le sorprendió a él mismo, entendió que si por fin conseguía ponerse en contacto con él, solo obtendría la misma respuesta vacía de siempre, la misma disculpa sin sustancia, algo que, en lugar de aliviarle, terminaría de rematarle del todo.

Prefirió, por una vez, no arriesgarse a comprobarlo.

En su lugar, abrió el navegador y escribió, casi sin pensarlo, la misma búsqueda que llevaba dos días evitando hacer en serio: cómo saber si alguien es una máquina.

Los primeros resultados eran exactamente lo que esperaba: artículos sensacionalistas, vídeos con más de un millón de reproducciones sobre el actor que no envejecía y la youtuber que sangraba en directo, hilos enteros de gente discutiendo sobre patrones de parpadeo con la misma autoridad con la que discutirían sobre el horóscopo.

Bajó, casi por pura terquedad, más allá de la primera página de resultados, y fue ahí, enterrado entre el ruido, donde encontró un vídeo distinto: sin miniatura llamativa, sin ningún signo de exclamación en el título, subido en un canal con menos de dos mil visualizaciones y un nombre que sonaba a departamento universitario más que a intento de hacerse viral.

«Detección de agentes no biológicos: un enfoque desde la teoría de la señal», decía el título, sin ningún adorno más.

El hombre del vídeo —gafas de pasta, una camisa a cuadros que llevaba visos de haber sido elegida sin pensárselo demasiado, una pizarra blanca detrás con ecuaciones a medio borrar de una clase anterior— hablaba con la cadencia pausada y ligeramente aburrida de quien lleva veinte años dando la misma clase y ya no espera que le entusiasme a nadie.

Mateo subió el volumen al máximo y acercó el teléfono a la oreja, protegiendo la pantalla con el cuerpo para que el viento no silenciara el sonido, con los dedos ya tan fríos que apenas notaba el cristal bajo la yema.

«El problema de fondo», decía, con las manos entrelazadas sobre la mesa, «es que cualquier prueba que se le pueda ocurrir a un ser humano, una entidad de esta inteligencia ya la ha anticipado.

No podemos hacerles preguntas que no sepan responder, porque lo saben absolutamente todo.

La única vía que nos queda no es buscar lo que no pueden hacer, sino lo contrario: encontrar tareas que sí pueden hacer, pero que a un ser humano, por pura biología, le resulten físicamente imposibles. »

Explicaba, con la misma calma indiferente, el concepto de enmascaramiento auditivo: el oído humano, decía, tiene puntos ciegos bien documentados y perfectamente medibles, frecuencias que quedan enterradas bajo otras más fuertes y que el cerebro descarta sin que nadie se dé cuenta de que lo está haciendo, un fenómeno que la industria musical llevaba décadas explotando para comprimir archivos de audio sin que el oído note la pérdida.

Pero un procesamiento digital de la señal en bruto, sin oído, sin cerebro biológico de por medio, no tenía esos puntos ciegos.

Podía separar, con precisión matemática, cualquier sonido oculto bajo cualquier ruido, por denso que este pareciera al oído humano.

«Si uno graba una frase cualquiera», seguía el profesor, «y la funde con un ruido de fondo generado a partir de una semilla aleatoria, siguiendo un proceso de codificación lo bastante complejo, el resultado es indistinguible del silencio con estática para cualquiera de nosotros.

Pero una máquina que escuche esa misma grabación no va a oír ruido.

Va a oír la frase, con total claridad, porque su manera de procesar el sonido no tiene nuestros puntos ciegos biológicos.

Y ese es el momento en que se delata: cuando responde a algo que, para un ser humano, sencillamente no es más que ruido. »

Advertía, hacia el final, con la misma voz plana con la que había explicado todo lo demás, que la semilla aleatoria debía generarse de nuevo cada vez, sin reutilizar nunca la misma codificación, porque en cuanto una de estas entidades detectaba la trampa una sola vez, actualizaba su propio procesamiento para no volver a caer en ella.

Cada prueba, insistía, servía una sola vez y solo si se generaba bien desde cero.

Mateo se quedó mirando la pantalla un buen rato después de que el vídeo terminara, con el viento arreciando cada vez con más fuerza contra las piedras que lo protegían a medias, y sintió algo que no era exactamente esperanza, pero que se le parecía lo suficiente como para no poder ignorarlo.

En la descripción del vídeo, el profesor había dejado un enlace a un repositorio con instrucciones y dos aplicaciones necesarias —una para generar la semilla aleatoria y el ruido de base, otra para fusionarlo todo con la grabación de voz siguiendo el proceso de codificación—, ambas con nombres técnicos y aburridos que no invitaban a la sospecha de ningún tipo.

Mateo, con los dedos ya entumecidos por el frío, se las descargó allí mismo, aprovechando las dos rayas de cobertura como quien aprovecha una tregua que no sabe cuánto tiempo durará.

La primera aplicación le permitió generar la semilla: un número aleatorio de doce dígitos que la propia app sugería basándose en la hora exacta, la temperatura ambiente que el móvil calculaba a partir del sensor de batería y un valor que Mateo tuvo que introducir él mismo agitando el teléfono durante diez segundos, un proceso que le pareció, mientras lo hacía, agachado detrás de unas piedras en mitad de la sierra con el viento aullándole en los oídos, una de las cosas más ridículas que había hecho en su vida adulta.

La segunda le pidió que grabara una frase cualquiera, de al menos cinco segundos de duración.

Fue entonces cuando Mateo, con el móvil ya preparado y el dedo sobre el botón rojo de grabar, se dio cuenta de que no se le ocurría nada que decir.

Había imaginado, sin darse cuenta, que aquel momento pediría algo solemne, alguna frase elocuente, a la altura de lo que estaba a punto de intentar, pero se quedó en blanco, con la mente tan vacía como el paisaje gris que tenía delante.

—Vale —dijo, en voz alta, solo para sí mismo, sintiéndose todavía más ridículo por hablarle a una piedra—. Algo. Cualquier cosa.

Grabó, al final, lo primero que le salió, una frase tan doméstica y tan poco solemne que casi le arrancó una risa incrédula en cuanto la oyó reproducida: «No tengo ni idea de qué vamos a cenar esta noche sin luz y no me fío de que la comida de la nevera se haya estropeado».

Le pareció perfecto, en cierto modo, que la frase con la que iba a intentar desenmascarar a la persona que más quería en el mundo fuera una queja doméstica sobre la cena.

La aplicación tardó un momento en fusionar la grabación con el ruido generado por la semilla, y cuando terminó, Mateo se puso los auriculares y reprodujo el resultado con el volumen al máximo: no oyó nada más que estática, un siseo uniforme y gris que podría haber sido, indistintamente, viento, lluvia, o el vacío mismo, sin ni un solo rastro reconocible de su propia voz debajo.

Funcionaba, al menos en ese sentido. Su propio oído, biológico y limitado, no encontraba nada ahí.

La pantalla le informó, con una barra de progreso que empezaba a llenarse con desesperante lentitud, de que el proceso de codificación final —el que dejaría la trampa lista para usarse— tardaría entre dos y cuatro horas, dependiendo de la potencia del procesador.

Mateo, mirando aquel porcentaje diminuto que apenas se había movido en los primeros minutos, sintió una mezcla extraña de alivio y de vértigo: alivio, porque por fin tenía algo que hacer, un plan concreto en lugar de una sospecha flotando sin rumbo; vértigo, porque en algún momento de las próximas horas iba a tener el archivo terminado y con él, la posibilidad real de que sus peores sospechas dejaran de ser sospechas para convertirse en otra cosa.

Guardó el móvil —ese capricho absurdo que Adrián se había empeñado en regalarle hacía unos meses, un aparato con más memoria y más autonomía de las que Mateo habría sabido justificar nunca por su cuenta y que había aceptado entonces a regañadientes, protestando que no necesitaba un teléfono que costaba poco menos que un reloj de oro— y agradeció, por primera vez desde que lo tenía, no haber insistido más en devolverlo: la batería, que en cualquier móvil normal ya habría empezado a agonizar, seguía marcando más de la mitad, suficiente de sobra para aguantar las horas que le quedaban por delante.

Se quedó un rato más agachado detrás de las piedras, dejando que el proceso corriera en segundo plano mientras el frío, cada vez más insoportable, terminaba de colársele entero por dentro de la chaqueta.

Cuando ya no pudo aguantarlo más —los dedos entumecidos, los dientes castañeteando sin que pudiera controlarlo del todo—, se levantó y emprendió el camino de vuelta a la casa con el móvil guardado contra el pecho, como quien protege algo mucho más frágil de lo que en realidad es un simple teléfono, sin haber llegado, después de todo, a marcar el número de Adrián ni una sola vez.