Novios con chip Capítulo 18
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Capítulo 18

H ugo salió de la casa a media mañana, con la excusa poco convincente de «voy a estirar las piernas» que Mateo aceptó sin discutir, quizás porque también él necesitaba un rato a solas con el corte de luz y sus propios pensamientos.

Sin haberlo decidido del todo de antemano, Hugo se encontró siguiendo el mismo sendero del día anterior, el que bajaba entre pinos hacia el arroyo, como si los pies recordaran el camino mejor que la cabeza.

El pinar se veía distinto bajo aquel cielo cubierto, más denso y más silencioso, sin la luz dorada filtrándose en columnas entre los troncos que había hecho que el día anterior pareciera, en retrospectiva, diseñado a propósito para la felicidad.

Las agujas de pino bajo sus pies estaban húmedas en vez de secas, y el aire, sin el calor de las últimas jornadas, olía más a tierra que a resina, un olor más apagado, menos generoso.

Llegó al arroyo sin cruzarse con nadie y se acuclilló junto a la orilla, metiendo dos dedos en el agua casi por pura costumbre, para comprobar si seguía tan fría como el día anterior.

Estaba helada, tal vez incluso más que ayer, y a Hugo le costó creer que aquella misma agua, apenas veinticuatro horas antes, le hubiera parecido una idea tan buena que se había tirado de cabeza sin pensárselo dos veces.

El cielo estaba más cerrado hoy, sí, y el aire era más cortante que ayer, pero no tanto como para explicar la diferencia: ayer aquella agua parecía una promesa y hoy una crueldad que ni a punta de pistola se metería en ella.

Y sin embargo aquí estaba, sentado sin nadie con quien reírse esta vez, dándole vueltas a la misma pregunta que llevaba toda la mañana evitando: si Sergio no hubiera aparecido nunca en el chiringuito, si Leo hubiera vuelto anoche con ellos a la casa, ¿habría cambiado algo de verdad?

O era, como empezaba a temer, algo que tenía que ver con él mismo, con alguna cualidad esencial que hacía que la gente lo quisiera cerca pero no demasiado y que ningún golpe de suerte ajeno iba a arreglar nunca.

Volvió a tocar el agua, sin ninguna razón concreta, casi como quien se hurga una herida solo para confirmar que sigue doliendo, apoyándose con la otra mano en la roca húmeda que tenía al lado.

La roca, cubierta de un musgo fino que el día anterior no había pisado con tanta insistencia como hoy, cedió bajo su palma con una traición absoluta.

Hugo no llegó siquiera a soltar un grito completo antes de que el agua lo engullera entero y el frío le cortó la respiración exactamente igual que el día anterior, con la misma violencia instantánea, solo que esta vez no había ningún Leo riéndose a su lado para convertir aquel accidente en una broma y no le pareció ni remotamente divertido.

Salió como pudo, resbalando otra vez en la misma roca traidora, escupiendo agua y maldiciendo en voz alta a un bosque que no tenía ninguna intención de disculparse, con la camiseta y el bañador pegados al cuerpo y un frío nuevo, mucho más grave que el de antes, helándole los huesos.

Se quedó un momento de pie en la orilla, temblando, intentando recordar algún consejo de supervivencia sacado de algún documental a medio ver hacía años, algo sobre qué hacer con la ropa mojada en pleno frío —¿quitársela entera, o dejársela puesta para que el propio cuerpo la fuera calentando?

—, sin conseguir acordarse de cuál de las dos opciones era la correcta y cuál lo iba a matar de hipotermia.

Probó a quedarse vestido. Duró, exactamente, cuarenta segundos, antes de que la tela empapada, fría como un segundo baño que no terminaba nunca, le convenciera de que aquella no era la opción ganadora.

Se quitó la camiseta con dedos ya torpes, la escurrió con toda la fuerza que le quedaba —un chorro de agua helada le cayó directamente sobre los pies descalzos, lo cual no ayudó nada— y descubrió, al intentar volver a ponérsela, que una camiseta mojada y retorcida no vuelve a su forma original con ninguna facilidad ni ninguna dignidad.

Corrió de vuelta a la casa medio desnudo, y el sendero, tan acogedor el día anterior bajo el sol, se convirtió de golpe en un pasillo estrecho de zarzas y ramas bajas que parecían haberle estado esperando.

Una rama de pino le azotó el brazo desnudo a la altura del codo, dejando un arañazo fino que tardó un segundo en empezar a escocer; una zarza, agazapada junto al camino como si llevara toda la tarde afilándose para esto, le abrió una línea corta en el muslo, justo por encima de la rodilla.

Hugo, demasiado ocupado en no resbalar, ni siquiera aminoró el paso para comprobar si sangraba.

Las zapatillas, empapadas hasta el cordón, pesaban el doble de lo normal y soltaban un chapoteo húmedo y ridículo a cada zancada, resbalando sobre las piedras sueltas del camino con una falta de agarre que le obligó, más de una vez, a agitar los brazos en el aire para no caer de bruces sobre el barro.

El aire, al pasar corriendo, le arañaba la piel mojada con una crueldad que el aire quieto no tenía, convirtiendo cada centímetro expuesto —el pecho, los brazos, la espalda todavía chorreando— en una superficie que ardía de frío.

Llegó al porche con la camiseta hecha una bola inservible en el puño, un hilo fino de sangre secándose ya en el muslo, y pasó por delante de Mateo —que se había instalado allí con una manta y un libro, y que levantó la vista justo a tiempo para verlo cruzar como una exhalación empapada, temblorosa y cubierta de arañazos— sin aminorar el paso ni un segundo.

—¡No preguntes! —fue todo lo que consiguió gritar, sin aminorar el paso, dejando a Mateo con la boca abierta y una pregunta que efectivamente decidió no hacer.

La ducha, cuando por fin llegó a ella, resultó ser la última broma cruel del día: sin electricidad, no había manera de calentar el agua, así que Hugo tuvo que enjabonarse a toda velocidad bajo un chorro que le pareció, si acaso, todavía más gélido que la propia poza, soltando una sarta de improperios que probablemente se oyeron desde el piso de abajo.

Se vistió después temblando de arriba abajo, con la ropa pegándosele a la piel todavía húmeda, y se sentó en el borde de la cama a esperar a que el cuerpo, poco a poco, reaccionara.

Cuando por fin empezó a entrar en calor, lo hizo con una intensidad casi alarmante, un calor que le subió por dentro de golpe y que le pareció, en su estado ya bastante alterado, casi excesivo, como si el propio cuerpo hubiera decidido compensar de una sola vez todo el frío acumulado del día.

Fue entonces, todavía sentado en el borde de la cama con el pelo goteando, cuando su vista se cruzó con la maleta de Leo, todavía a medio deshacer en el rincón de la habitación, con una sudadera asomando por la cremallera entreabierta.

Se acercó casi sin decidirlo y ya había extendido su mano hacia la prenda, cuando se detuvo en seco, con una claridad repentina que le heló la mano en el aire: reconoció el gesto.

No era la primera vez que hacía algo parecido, buscar en una prenda ajena, un calor que ya no estaba, y supo, con la misma nitidez con la que reconocía cualquier otro patrón de su propia vida que llevaba años repitiendo sin conseguir romperlo, hacia dónde llevaba aquel camino si lo dejaba avanzar sin oponer resistencia.

Ya se imaginaba lo que vendría después: se ilusionaría cada vez que Mateo y Adrián los invitaran a cenar a los dos, calculando de antemano si Leo se sentaría a su lado; le propondría planes de cine con la excusa fácil de la amistad y se pasaría la película entera preguntándose si algún día, en una sala tan oscura como esa, terminarían con las manos entrelazadas sin que hiciera falta decir nada; escucharía sus fracasos amorosos uno detrás de otro, con la paciencia infinita de quien espera que el otro se dé cuenta solo, tarde o temprano, de dónde tenía el amor delante de las narices todo ese tiempo.

Y mientras tanto, Leo seguiría queriendo, como acababa de elegir querer, a otra persona.

Porque de eso se trataba, precisamente: no de que Leo había elegido marcharse con Sergio, y esa elección —no una casualidad, no una cita mal organizada, una elección real, tomada con los ojos bien abiertos— era mucho más difícil de soportar que cualquier rechazo directo.

Cerró los ojos un momento y se obligó, con una crueldad que se aplicó a sí mismo a propósito, a imaginárselos: Leo y Sergio juntos en ese mismo instante, en alguna habitación de aquella casa de lujo que Hugo no había visto nunca, descubriéndose el uno al otro sin ninguna de las dudas ni los ensayos torpes de las últimas noches.

Le dolió imaginarlo, exactamente como esperaba que le doliera, y aun así se obligó a contemplar la imagen un momento más de lo estrictamente necesario, porque necesitaba que le doliera o al menos necesitaba dejar de poder fingir que no le dolía.

Si no era capaz de ver a Leo solo como un amigo —y no lo era, llevaba ya dos días sin conseguirlo del todo—, entonces lo sensato, lo que habría aconsejado a cualquier otra persona en su misma situación, era exactamente lo mismo que llevaba aplazando aplicarse a sí mismo con Sergio: poner distancia.

Dejar de acercarse a la hoguera solo porque el calor, de lejos, parecía agradable.

Pensó, con una ironía que no le hizo ninguna gracia, en la lección que él mismo le había dado a Leo sobre los planetas y sus órbitas, sobre acercarse poco a poco hasta encontrar el momento exacto.

Se le había olvidado mencionar la parte más importante de toda la teoría, la que en realidad más falta le hacía a él mismo: que hay personas a las que conviene acercarse y otras de las que conviene alejarse a la misma velocidad exacta con la que uno querría acercarse, precisamente porque ese deseo es la prueba de que ya se ha acercado demasiado.

Si aquel beso incompleto de la tarde anterior hubiera llegado a convertirse en uno real pensó, probablemente Leo se habría apartado, incómodo, dejando claro que aquello nunca había sido más que un ensayo.

Se le daba fatal, después de todo, distinguir cuándo alguien estaba de verdad interesado en él y cuándo solo estaba siendo amable, o practicando, o matando el tiempo.

Llevaba media vida entera equivocándose.

Logró apartar la mano de la sudadera, cerró la cremallera de la maleta con un gesto al que quiso darle algo más de peso que el de ordenar una prenda ajena, se puso la ropa más gruesa que encontró entre la suya, y bajó al porche a buscar a Mateo, ya seco del todo, aunque no exactamente recompuesto.

Mateo seguía envuelto en una manta y con un libro en papel entre las manos —de los pocos objetos de la casa que no dependían de ninguna corriente eléctrica—, y se sentó a su lado sin decir gran cosa, dejando que el silencio en común los uniera, sin que ninguno de los dos tuviera que explicar por qué necesitaban estar juntos.

—Oye —dijo Hugo, al cabo de un rato, con una voz que pretendía sonar más ligera de lo que se sentía—, ¿me prestas tu lector electrónico? El móvil se me ha quedado sin batería del todo y esto de estar aquí sin nada que hacer me está matando.

—Claro —Mateo rebuscó en la mochila que tenía a los pies y se lo tendió, ya encendido—. Ten cuidado con lo que abres, que tengo algunas cosas ahí que no sé si estás preparado para descubrir sobre mí.

—¿Como qué?

—Como que llevo tres capítulos de «El hombre multiorgásmico» y no pienso dar explicaciones al respecto.

Hugo soltó una carcajada tan inesperada que le sorprendió a él mismo, la primera de todo el día que no tuvo que fingir, y Mateo, viéndolo reír así, sin saber por qué le hacía tanta falta en ese momento, sonrió también, con un alivio que tampoco supo explicarse del todo.

—No te prometo no leerlo.

—No esperaba menos de ti.

Se quedaron los dos en el porche, envueltos en la misma manta que no calentaba lo suficiente, cada uno con su libro y la casa, detrás de ellos, todavía a oscuras y en silencio, esperando a que alguien volviera a encenderla.