Novios con chip Capítulo 16
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Capítulo 16

L a casa estaba casi a oscuras cuando Hugo entró, con solo la lámpara de pie del salón encendida y las brasas de la chimenea reducidas a un resplandor apenas naranja entre las cenizas, pero encontró a Mateo y Adrián todavía despiertos, sentados el uno junto al otro en el sofá con una manta compartida sobre las piernas y dos tazas de algo ya frío olvidadas en la mesa baja, viendo en el portátil algo que apagaron en cuanto lo oyeron entrar.

—¿Qué tal la noche? —preguntó Mateo, incorporándose un poco—. ¿Y Leo?

—Se ha quedado con Sergio. Con unos amigos suyos —Hugo se dejó caer en el sillón individual, notando de golpe todo el cansancio acumulado del día entero—. Le está yendo bien. Muy bien, la verdad.

—Me alegro muchísimo —dijo Mateo y lo decía en serio, con esa calidez tan suya que nunca sonaba artificial—. ¿Y tú? Tienes cara de haber bailado más de la cuenta.

—Puede ser —Hugo se pasó una mano por la cara, y entonces, recordando de golpe la razón real por la que había querido hablar con ellos antes de subir a dormir, se incorporó de nuevo—. Oye, ¿habéis visto las noticias?

Lo preguntó con más cuidado del que habría puesto veinticuatro horas antes, midiendo cada palabra por dentro, consciente de que estaba a punto de hablar de algo que ya no era, para él, ninguna abstracción de telediario: era Leo, sentado horas antes en el mismo sofá donde ahora estaba sentado Mateo, con la misma sonrisa de siempre.

Se preguntó, fugazmente, cómo sonaría aquella conversación si dijera en voz alta lo que sabía y descartó la idea antes de que terminara de formarse del todo.

Mateo y Adrián intercambiaron una mirada rápida que a Hugo, en su estado actual, le costó terminar de entender.

—Algo hemos visto, sí —dijo Adrián, con una tranquilidad que sonaba solo un poco más medida de lo habitual—. ¿Lo han confirmado ya, entonces? Nosotros lo vimos hace un rato, en un resumen bastante confuso.

—Lo han confirmado del todo. Había una tele en el chiringuito, y lo daban tal cual, con fuentes de varios gobiernos y todo —Hugo se frotó los ojos, todavía sin terminar de creerse él mismo lo que estaba a punto de contar—.

Y lo más raro no era eso, era ver cómo nadie parecía darle demasiada importancia.

La gente siguió bailando y pidiendo copas como si nada.

Yo creo que nadie se lo cree del todo todavía, aunque lo vean con sus propios ojos.

—Es lo lógico —dijo Mateo, estirando las piernas bajo la manta con un suspiro, la vista fija en el rescoldo casi apagado de la chimenea—. Es demasiado fuerte para creérselo de golpe. Como todo lo demás que nos han ido colando estos años sin que nadie protestara demasiado.

—¿A qué te refieres?

—Pues todo —Mateo hizo un gesto vago con la mano, abarcando algo más grande que la propia habitación—.

Llevamos años dándoles cada vez más control de todo, ¿no?

Los bancos, el tráfico, hasta el médico te dice ahora lo que tienes según lo que le dice un algoritmo antes de mirarte a los ojos.

Y de repente resulta que, encima, había algo ahí detrás, algo que pensaba por su propia cuenta y a nadie le sorprende del todo, porque llevábamos años entregándoles las llaves de todo sin que nadie se planteara muy en serio si debíamos hacerlo.

No sé. Me da la sensación de que no deberíamos haberles dado tanto poder, para empezar.

Lo dijo sin vehemencia, casi como una reflexión en voz alta más que como una acusación, del mismo modo despreocupado con el que se comenta cualquier torpeza colectiva de la que nadie es responsable directo y sin embargo Hugo, oyéndolo, no pudo evitar pensar en Leo —en la maleta enorme cargada con una sola mano, en la manzanilla compartida a las dos de la madrugada, en el abrazo torpe y sincero de esa misma tarde para darle calor sin que nadie se lo pidiera— y sintió, sin decir nada, una punzada extraña de lealtad hacia alguien que Mateo ni siquiera sabía que estaba implicado en lo que decía.

—Es fácil pensar así ahora, con la ventaja de mirarlo desde fuera —dijo Adrián, con un tono que pretendía sonar ligero y que se le quedó, a los oídos de Hugo, un grado por debajo de lo que necesitaba para conseguirlo del todo—.

A lo mejor no ha sido tan mala idea, después de todo.

No sabemos todavía qué es lo que quieren, ni qué han estado haciendo con ese poder.

Igual ha sido una idea excelente, y solo nos enteraremos de por qué dentro de unos años.

Algo en la manera en que lo dijo —esa defensa tan concreta, tan preparada de antemano, como si llevara tiempo pensada— le rozó a Hugo una idea que se apresuró a apartar antes de que echara raíces: Adrián y Leo trabajaban juntos, eran algo más que compañeros de oficina y si uno de los dos era lo que Hugo ahora sabía que Leo era, ¿qué probabilidad había de que el otro no lo fuera también?

Se sorprendió a sí mismo sopesando la pregunta con una calma que no esperaba de sí mismo, y llegó, casi sin esfuerzo, a la misma conclusión a la que había llegado esa tarde en el bosque: no importaba.

Si Adrián era como Leo o no lo era, no cambiaba nada de lo que Hugo llevaba dos años viendo entre él y Mateo, de la misma manera que no había cambiado nada de lo que sentía por Leo.

—Puede ser —dijo Mateo, encogiéndose de hombros, ajeno por completo a lo que acababa de rozar sin saberlo—. O puede que hayamos sido de una ingenuidad espectacular y nos demos cuenta demasiado tarde. Ya veremos.

Se quedó un momento en silencio y Adrián alargó el brazo para coger su taza fría, más por hacer algo con las manos que por verdaderas ganas de beber lo que quedaba en la taza.

—Bueno —dijo, levantándose del sillón con un bostezo que ya no intentó disimular—, yo me voy a dormir. Ha sido un día muy largo.

—Descansa —dijo Mateo y Adrián le dedicó una sonrisa breve, ya casi recompuesta del todo, que a Hugo, sin embargo, no le pareció tan genuina como las que había visto en él durante el resto del fin de semana.

Subió solo la escalera, sin nadie con quien compartir el cuarto pequeño esa noche y al meterse en la cama, cubierto ya con la manta gruesa que Leo le había recomendado que cogiera del armario del pasillo, pensó que era extraño irse a dormir sabiendo algo tan enorme sobre el mundo entero y, al mismo tiempo, no sentir sobre ello nada más urgente que sueño.