Capítulo 15 #2
Sergio se rio y por primera vez en todo el fin de semana no fue la risa fácil y algo distraída de costumbre, sino una risa que se detuvo en la cara de Leo antes de apartar la vista.
Hugo, que lo veía todo desde fuera con la claridad extraña que dan tres cervezas y ninguna implicación personal directa, creyó presenciar el momento exacto —el que Leo llevaba dos días entero deseando identificar sin conseguirlo— en que algo empezaba, por fin, a moverse en la dirección correcta.
A partir de ahí, la noche cambió de ritmo sin que nadie lo anunciara.
Sergio se quedó con ellos, dejando que sus amigos se perdieran hacia otra mesa sin protestar demasiado y durante la siguiente hora, mientras las luces de colores giraban cada vez más despacio en la cabeza de Hugo —o quizás era él quien giraba más despacio y perdía la cuenta de las cervezas—, Sergio y Leo bailaron juntos con una torpeza compartida que ninguno de los dos parecía tener ninguna prisa por corregir, riéndose de sus propios pasos fallidos, apoyándose el uno en el otro cada vez con menos excusa necesaria para hacerlo.
Hugo se quedó cerca, primero por costumbre y después por elección consciente, ejerciendo de testigo discreto desde una mesa con una última cerveza que ya no pensaba terminarse, viendo cómo Leo, poco a poco, iba encontrando el propio ritmo que llevaba dos días buscando: dejaba las pausas justas entre frase y frase, se acercaba un centímetro y esperaba a ver qué hacía Sergio con esa distancia antes de acercarse otro, y en algún momento, cuando la música bajó de intensidad para dar paso a algo más lento, apoyó una mano en la cintura de Sergio con una naturalidad que ya no tenía nada de ensayada y Sergio no se apartó.
Hugo apartó la vista, no por incomodidad, sino por una especie de pudor generoso, el mismo que se siente al presenciar sin querer algo que no te pertenece del todo, y se entretuvo mirando el pantano, negro y quieto más allá de las luces del chiringuito, hasta que una sombra se sentó frente a él en la mesa.
—Oye —dijo Sergio, solo, con Leo todavía en la pista hablando con uno de los amigos que habían vuelto a acercarse—. Te quería preguntar una cosa, si no te importa.
—Dime.
—¿Leo tiene algo con alguien? Porque no quiero meter la pata si es así, pero me está pareciendo un tío genial, y esta noche... —Sergio se encogió de hombros, con esa honestidad suya tan simple que nunca parecía calcular el efecto de lo que decía—. No sé, esta noche me está gustando bastante.
Hugo sintió, con una claridad que le sorprendió, que aquella pregunta no le dolía nada, o casi nada, comparado con cómo le hubiera dolido unos días antes, y se preguntó, brevemente, cuándo había dejado de sentir aquello como una pérdida propia para empezar a sentirlo como una alegría ajena.
—No tiene nada con nadie —dijo—. Y te lo digo en serio: aprovecha la oportunidad, Sergio. Es uno de los buenos.
Sergio asintió, con una seriedad poco habitual en él, y volvió a la pista con un paso más decidido del que Hugo le había visto en todo el fin de semana.
Era casi la una de la madrugada cuando Sergio, con las llaves del coche ya en la mano y Leo pegado a su costado con una sonrisa que no le cabía en la cara, se acercó a la mesa de Hugo.
—Unos amigos han organizado algo en la casa —dijo, con una despreocupación que no lograba disimular del todo cierto nerviosismo nuevo en él—.
Nada especial, cartas, música, alguna copa más.
Le he dicho a Leo que se venga. —Miró a Hugo, dudando un segundo—.
¿Te apuntas tú también, o prefieres que te acerquemos primero a la casa?
—Voy a volver a casa andando —dijo Hugo, ya de pie, estirando las piernas entumecidas de tanto rato sentado—. Me vendrá bien despejarme un poco antes de dormir.
—Ni hablar —la respuesta de Leo llegó tan rápida, tan sin margen para la discusión, que hasta a él mismo pareció sorprenderle el tono—. No vas a volver solo y a pie de noche por ese camino. Precisamente por ese camino no.
—Leo, estoy bien, en serio, no hace falta que...
—No es por ti. Bueno, sí es por ti, pero no es que dude de que puedas hacerlo —Leo se pasó una mano por el pelo, con una vehemencia que no encajaba del todo con la ligereza que había mantenido toda la noche—. No pienso dejar que vuelvas por ahí tú solo. Sergio, ¿nos acercas primero a la casa?
—Claro, sin problema —dijo Sergio, ya buscando las llaves del coche, ajeno por completo a todo lo que aquella insistencia escondía debajo.
Hugo no volvió a discutirlo, aunque una parte de él, la más honesta, reconoció que a esas alturas de la noche aquella negativa tan rápida le había aliviado más de lo razonable.
—¿Seguro que no te importa? —le preguntó Leo en voz baja, mientras caminaban juntos hasta el coche de Sergio, aparcado en un ensanche de tierra junto al camino, con el pantano quedándose atrás, oscuro y en silencio, mientras el chiringuito seguía sonando a su espalda como si nada en el mundo hubiera cambiado esa noche, ni fuera a cambiar nunca.
—Leo. Te has estado entrenando para este momento exacto. Si ahora me dices que no irás, te destierro del cuarto pequeño.
Se rieron los dos, aunque la risa de Leo se quedó un segundo corta, como si algo en la propia broma no tuviera nada de divertido.
El coche olía a un ambientador de coco que no terminaba de disimular del todo un fondo persistente a tabaco viejo y Hugo, acomodado en el asiento de atrás con la ventanilla bajada para dejar entrar el aire fresco de la noche, vio pasar los faros iluminando el túnel de pinos que bordeaba la carretera mientras Leo, delante, mantenía con Sergio una conversación tonta sobre qué canción poner, ninguno de los dos capaz de decidirse del todo, riéndose de cada propuesta absurda del otro con una facilidad que a Hugo, medio adormilado ya por el cansancio y las cervezas, le pareció el sonido más tranquilizador del mundo.
El camino de tierra hacia la casa apareció antes de lo que Hugo habría querido, y Sergio detuvo el coche justo delante del porche, dejando el motor encendido y las luces largas iluminando la fachada de piedra, donde la ventana del salón seguía encendida, señal de que Mateo o Adrián, o los dos, todavía estaban despiertos.
—Bueno —dijo Hugo, abriendo la puerta con cierto esfuerzo por el sueño—, que os vaya bien. Portaos mal.
—Espera —Leo se bajó también, rodeando el coche para plantarse frente a él en la oscuridad, con las luces del salpicadero iluminándole apenas medio rostro—. Te acompaño hasta la puerta.
—Leo, son quince metros.
—Aun así.
Caminaron los pocos pasos hasta el porche en silencio, con el motor del coche todavía ronroneando a su espalda y Sergio esperando en su interior, tarareando algo por lo bajo con la ventanilla bajada.
Hugo, ya con la mano en el pomo de la puerta, se giró para despedirse del todo, encontrándose con una expresión en la cara de Leo que no encajaba del todo con la euforia que había tenido toda la noche.
—Búscate una manta de verdad esta noche —dijo Leo, casi de golpe, con una preocupación que sonaba mucho más seria de lo que la frase en sí misma merecía—. La del cuarto pequeño no sirve para nada, ya lo sabes. Busca otra en el armario del pasillo, hay una gruesa, la vi cuando llegamos.
—Leo, voy a estar bien.
—Ya lo sé. Solo... —Leo se quedó callado un segundo, con una vacilación que no era propia de él, y algo cruzó por su cara, fugaz, que Hugo no llegó a identificar del todo antes de que desapareciera bajo la sonrisa de siempre—. Nada. Que no pases frío, nada más.
Se despidieron con un abrazo rápido y Leo volvió al coche con un trote ligero, subiéndose de nuevo al asiento del copiloto entre risas con Sergio, que ya arrancaba antes incluso de que la puerta terminara de cerrarse del todo.
Hugo se quedó un momento en el porche, viendo cómo las luces traseras del coche se alejaban por el camino de tierra hasta perderse entre los pinos, sintiendo un cansancio denso y satisfecho que solo en parte tenía que ver con la cerveza y el baile.