Novios con chip Capítulo 15
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Capítulo 15

E l chiringuito se anunciaba desde lejos, antes incluso de que el sendero desembocara del todo en la orilla del pantano: una guirnalda de bombillas de colores colgada entre dos postes desiguales, temblando un poco con la brisa que subía del agua, y una música que llegaba fragmentada por la distancia, un bajo grave que se sentía en el pecho antes de distinguirse ninguna melodía concreta.

El agua del pantano, negra y quieta bajo la noche ya cerrada, devolvía aquellas luces multiplicadas en una superficie temblorosa que a Hugo, acercándose ya con Leo un paso por delante, le pareció una de las cosas más bonitas que había visto en todo el fin de semana.

Era un local sencillo, apenas una barra alargada de obra bajo un cobertizo de cañizo, con mesas de plástico blanco desperdigadas por una explanada de tierra compactada que llegaba casi hasta la orilla, y un generador zumbando en algún sitio detrás, alimentando las luces y un par de altavoces que sonaban con esa distorsión de los equipos de sonido que llevan demasiados veranos a sus espaldas.

Había bastante gente —turistas de la zona, familias que alargaban la cena, un grupo de chicas jóvenes bailando ya entre ellas sin ninguna vergüenza— y el ambiente entero tenía esa densidad cálida y ligera de las noches de fin de semana, cuando todo el mundo parece haber decidido a la vez que el día siguiente puede esperar.

—Huele a fritura y a repelente de mosquitos —dijo Leo, inspirando hondo con un placer que no tenía nada de irónico—. Me encanta.

Se acercaron a la barra, donde un chico joven con una camiseta del chiringuito les sirvió dos cervezas heladas con una eficiencia distraída, y fue entonces, mientras Hugo buscaba unas monedas en el bolsillo, cuando reparó en el televisor colgado en una esquina del cobertizo, sujeto con unas bridas a la estructura de cañizo, con el volumen tan bajo que la música de los altavoces lo ahogaba casi por completo.

En la pantalla, un presentador de rostro muy serio hablaba frente a un rótulo rojo que ocupaba media pantalla, y debajo, en letras blancas que se desplazaban demasiado deprisa para leerse enteras, corría una sucesión de palabras que Hugo solo alcanzó a capturar a fragmentos: CONFIRMADO... FUENTES GUBERNAMENTALES... PRESENCIA...

—Leo.

—¿Qué?

Hugo señaló con la barbilla hacia el televisor y Leo, siguiendo la dirección de su gesto, se quedó quieto un segundo con la cerveza a medio camino de la boca, la vista clavada en la pantalla con una atención que ya no tenía nada que ver con la fiesta de alrededor.

Un hombre apoyado en la barra, con la camisa desabrochada dos botones de más y la piel curtida de quien pasa los veranos enteros al sol, alzó la voz hacia el camarero sin apartar la vista de su copa.

—Oye, ¿puedes subir eso un momento?

El camarero, sin mucho interés real, alargó el brazo y subió el volumen un par de rayas, lo justo para que la voz del presentador se abriera paso, entrecortada, por encima de la música que seguía sonando de fondo sin que a nadie se le ocurriera apagarla.

«...fuentes de varios gobiernos, entre ellos el español, han confirmado esta tarde lo que hasta ahora eran solo rumores en redes sociales: la existencia de una presencia tecnológica no humana infiltrada...»

—Joder —dijo el hombre de la barra, sin ninguna urgencia en la voz, como quien comenta un resultado de fútbol que no le importa demasiado—. Pues va a ser verdad lo de las máquinas esas.

—Parece que sí —contestó su acompañante, una mujer de edad parecida, sin levantar la vista de su cóctel—. Oye, ¿pedimos otra ronda, o esperamos a ver qué dicen?

—Pedimos otra ronda. Si el mundo se acaba, prefiero que me pille con una copa en la mano.

Se rieron los dos, brindando por aquella ocurrencia con un choque de vasos que sonó, en mitad de todo aquello, extrañamente alegre.

El camarero, ya con la atención puesta en la siguiente comanda, bajó el volumen del televisor casi tanto como lo había subido, devolviendo la música de los altavoces a su lugar de protagonista indiscutible de la noche.

Nadie más pareció prestarle demasiada atención a la pantalla: un par de chicas, más allá, comentaron algo entre risas señalando el televisor, alguien sacó el móvil para grabar el rótulo un segundo, sin dejar de mover los pies al ritmo de la música mientras lo hacía, y en cuestión de un minuto entero la conversación general del chiringuito había vuelto a fluir por donde iba antes, como un río que rodea una piedra sin apenas notar que estaba ahí.

Hugo, todavía con la cerveza fría en la mano, sintió una especie de vértigo al comprobar con qué facilidad la noticia más importante que había oído en su vida podía convertirse, en cuestión de segundos, en poco más que un comentario de barra entre ronda y ronda, y comprendió, sin llegar a formularlo del todo con palabras, que aquella indiferencia no era estupidez ni desprecio, sino la única manera que la gente parecía tener de afrontar algo de tal relevancia sin que les estropeara la noche: no creérselo del todo, todavía no, seguir bailando, seguir pidiendo la siguiente copa, y dejar que la comprensión completa de lo que fuera que estuviera pasando llegara mañana, con resaca, cuando hubiera más tiempo para asustarse como era debido.

Miró a Leo, casi sin querer, buscando en su cara alguna pista de cómo estaba encajando aquello —la noticia de su propia existencia, confirmada por un gobierno entero, sonando de fondo entre un reguetón y el ruido de un grifo sirviendo cañas—, y encontró una expresión que no supo leer del todo: no era miedo exactamente, ni tampoco alivio, sino algo más parecido a la extrañeza de quien ve, por primera vez en una pantalla ajena, una versión resumida y torpe de una verdad que lleva toda la vida cargando en silencio.

—¿Estás bien? —preguntó Hugo, en voz baja, acercándose un paso.

Leo tardó un segundo en contestar, con la vista todavía fija en el televisor, ya casi olvidado por el resto del local.

—Es raro —dijo, al fin, con una sonrisa pequeña que no terminaba de cuajar del todo—. Verlo ahí, en una tele de chiringuito, entre anuncios de champú. Había imaginado este momento de mil maneras distintas, pero en ninguna de ellas sonaba reguetón de fondo.

Se quedaron un rato más apoyados en la barra, dejando que la cerveza se calentara un poco entre las manos mientras el resto del chiringuito seguía su ritmo de siempre, ajeno por completo a la conversación entre susurros que acababan de tener junto al televisor.

Poco a poco, sin que ninguno de los dos lo decidiera del todo, la noticia se fue quedando atrás, enterrada por la música y por las luces de colores y por esa energía contagiosa de sábado — aunque fuera viernes— que un chiringuito de verano es capaz de generar por sí solo.

—Baila conmigo —dijo Leo, en algún momento, ya con la segunda cerveza casi terminada, tendiéndole una mano a Hugo con una convicción que no dejaba mucho margen para el rechazo.

—Yo no bailo, Leo.

—Todo el mundo baila. Solo que unos lo hacen mejor que otros, pero a mí eso no me parece motivo suficiente para no intentarlo.

Le arrastró hasta el pequeño espacio de tierra pisada que hacía las veces de pista, entre un grupo de adolescentes que grababan vídeos de sí mismos sin parar y una pareja mayor que bailaba algo que no tenía absolutamente nada que ver con la canción que sonaba.

Hugo, después de un primer minuto de resistencia sincera, se dejó llevar con una torpeza que a Leo, lejos de importarle, parecía hacerle muchísima gracia.

Bailaron mal y se rieron de lo mal que bailaban, y en algún momento Leo, exagerando un giro que no le salió del todo bien, estuvo a punto de llevarse por delante una mesa entera, arrancándole a Hugo una carcajada tan sincera que le costó recuperar el aliento durante un buen rato.

—Como hagas esto con Sergio lo espantarás —dijo Hugo, todavía riéndose, apoyado en el hombro de Leo para no perder el equilibrio.

—Con Sergio bailaré mejor. Es cuestión de motivación.

Llevaban ya un buen rato en la pista, con la ropa empezando a pegárseles del calor acumulado y las luces de colores girando cada vez más deprisa en la cabeza de Hugo por efecto de una tercera cerveza que no recordaba del todo haber pedido, cuando una voz conocida sonó por encima de la música, desde algún punto cercano a la barra.

—¡Vaya, mirad quién está aquí!

Sergio se acercaba entre las mesas con esa media sonrisa suya de siempre, vestido con una camisa fina de lino que se le pegaba ligeramente al pecho por el calor de la noche, con dos amigos rezagados un poco más atrás, riéndose de algo que Hugo no llegó a oír, y a Leo se le iluminó toda la cara con una rapidez que dejaba muy poco espacio para el disimulo.

—¡Has venido! —dijo con entusiasmo, separándose de Hugo de golpe.

—Os dije que me pasaría, ¿no? —Sergio le dio la misma palmada de siempre en el hombro, aunque esta vez se quedó un instante más apoyado en él, quizás por el calor de la noche, quizás por las copas que ya llevaba encima, y miró a Leo con una atención que no había tenido antes, un segundo de más, como si por primera vez reparara en algo que llevaba ahí todo el fin de semana sin que él lo hubiera apreciado—.

Oye, bailas fatal, ¿eh? Te he estado viendo desde la barra.

—Se me da mejor con mejor compañía —contestó Leo, y aunque lo dijo con la misma naturalidad desenvuelta de siempre, había debajo un pulso distinto, una intención que Hugo, observándolo todo un paso hacia atrás, reconoció enseguida, porque sabía el tiempo que llevaba esperando este momento.