Novios con chip Capítulo 17
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Capítulo 17

E l día amaneció con una luz distinta a la de los tres anteriores: no gris del todo, pero sí más apagada, como si alguien hubiera bajado un grado la intensidad del sol sin llegar a apagarlo.

Mateo se despertó solo en la cama grande —Adrián ya no estaba a su lado, aunque las sábanas de su parte seguían tibias— y tardó un momento en identificar qué era lo que echaba en falta antes de darse cuenta de que era el calor del día anterior, esa sensación de verano adelantado que llevaba disfrutando sin darle demasiada importancia y que ahora, de golpe, se había retirado con la misma discreción con la que había llegado.

Encontró a Adrián abajo, en la cocina, ya vestido —no con las prendas cómodas de estar por casa que llevaba ayer, sino con algo más parecido a la ropa que se ponía para ir a la oficina—, con el teléfono en una mano y una taza de café sin tocar en la otra.

Algo en la rigidez de sus hombros le confirmó a Mateo, antes incluso de que dijera una palabra, que la mañana era muy diferente a la de ayer.

—Buenos días —dijo Mateo, con una normalidad que le costó fingir—. ¿Todo bien?

—Tengo que irme —dijo Adrián, sin preámbulo, guardándose el teléfono en el bolsillo con un gesto que pretendía ser tranquilo y que a Mateo, que había aprendido a leer cada uno de sus gestos, no le engañó en absoluto—. Ha surgido algo. Un tema de trabajo.

—¿Un tema de trabajo? ¿Hoy, con todo lo que está pasando?

—Precisamente por todo lo que está pasando.

Mateo esperó, dándole a Adrián el espacio exacto que se le da a alguien para completar una frase, para añadir un solo detalle más que la hiciera real —qué tema, con quién, por qué él y no otro cualquiera de sus compañeros—, pero el espacio se quedó vacío.

Adrián no añadió nada más. Se quedó ahí, con la taza de café todavía sin tocar entre las manos, esperando a su vez, con una paciencia que a Mateo le pareció, por primera vez, casi insultante.

—Vale —dijo Mateo, al fin, porque no encontró ninguna manera de decir lo que de verdad quería decir sin que sonara a reproche.

Y ahí estaba lo que de verdad le dolía, pensó, mientras veía a Adrián asentir con un alivio apenas disimulado por haber esquivado la pregunta sin tener que mentir directamente: no era que Adrián tuviera secretos.

A esas alturas, Mateo casi podría haber soportado un secreto de verdad, incluso el peor de todos, el que llevaba meses haciendo que le costara conciliar el sueño.

Lo que no conseguía soportar era esto: que anoche mismo el mundo entero hubiera confirmado que había máquinas infiltradas entre ellos, que hubiera una excusa perfecta, legítima, ya servida en bandeja —me necesitan en la oficina, hay una crisis, no puedo explicarte más— y que Adrián, incluso teniendo la verdad más fácil del mundo a su disposición, sin necesidad de inventarse nada, hubiera recurrido igualmente a la misma vaguedad de siempre.

—¿Estarás bien aquí? —preguntó Adrián, ya con las llaves del coche —el coche compartido, el único que tenían allí— en la mano.

—Voy a estar perfectamente.

Adrián se acercó y Mateo notó primero el frío que traía prendido en la ropa —la chaqueta todavía helada del breve paso por el porche— antes de sentir el beso en sí, apenas un roce de labios en la sien que debería haberle calentado algo por dentro y que, en cambio, se le quedó flotando en la piel como un gesto hecho de memoria.

Oyó la puerta abrirse, el aire cortante de fuera colándose de golpe y luego los pasos de Adrián sobre la gravilla, cada vez más rápidos, hasta que el motor arrancó y el sonido se fue apagando camino abajo.

Se quedó de pie en mitad de la cocina un buen rato, sin moverse, escuchando el silencio que había dejado detrás mientras la luz de fuera, gris y contenida, entraba por la ventana como una disculpa que nadie había pedido, y notaba, contra la palma apoyada en la encimera fría, que se le habían quedado los dedos entumecidos de sostener una taza de café que ni siquiera había llegado a preparar.

Intentó hacer café, más por costumbre que por verdadera necesidad de estar despierto, y fue al pulsar el botón de la cafetera —la misma vieja cafetera de émbolo con la que Adrián había bromeado sobre sus instrucciones— cuando se dio cuenta de que aquella mañana, además de todo lo demás, algo más había dejado de funcionar: ninguna luz se encendió en el pequeño indicador del aparato y cuando probó el interruptor general de la cocina, tampoco.

—¿Hugo? —llamó, hacia la escalera, con una voz que pretendía sonar despreocupada—. ¿Se ha ido la luz o soy yo que no sé usar esta cocina?

Hugo bajó pocos minutos después, vestido solo con la camiseta y un bañador, con el pelo revuelto y una cara de sueño que no llegaba a disimular del todo ciertas ojeras recientes, y probó él mismo el interruptor con el mismo resultado nulo.

—Se ha ido, sí. —Sacó el móvil del bolsillo del pantalón de pijama, frunciendo el ceño ante la pantalla—. Y yo tengo solo una raya de cobertura, cuando ayer tenía tres.

—Prueba a reiniciarlo.

Lo intentaron los dos, por turnos, con el mismo resultado desalentador, y Mateo, después de comprobar que tampoco el hervidor eléctrico ni la tostadora respondían a ningún botón, sintió una irritación desproporcionada crecerle por dentro, una irritación que sabía, incluso mientras la sentía, que no tenía nada que ver en realidad con un simple corte de luz.

—Tiene que haber un cuadro eléctrico en algún sitio —dijo, ya de pie, buscando en su memoria algún momento en que hubiera visto, aunque fuera de refilón, algo parecido a un cuadro eléctrico—. Tal vez esté en el garaje, o cerca.

Lo encontraron, en efecto, en un cuartucho anexo a la casa que hacía las veces de trastero y garaje a la vez, un espacio estrecho que olía a cemento frío y a gasolina vieja, con una capa fina de polvo cubriéndolo todo y una telaraña que le rozó el pelo a Mateo cuando se agachó a probar el interruptor de la luz —que tampoco funcionaba, claro—.

Tuvo que sujetar la linterna del móvil entre el hombro y la oreja para examinar la caja gris de plástico atornillada a la pared: una hilera de interruptores pequeños, cada uno con un número escrito a mano en cinta adhesiva ya amarillenta y medio despegada.

Mateo, con el frío del suelo de cemento calándole ya a través de las zapatillas, comprendió enseguida que aquello no era un problema que ninguno de los dos supiera resolver.

—¿Sabes identificar cuál es cuál? —le preguntó Hugo, con la misma cara de derrota que debía de tener él mismo.

—Ni idea. Adrián se ocupa siempre de estas cosas. Yo ni siquiera sabía que había una caja de estas en casa hasta que se rompió el microondas el año pasado y él la abrió sin pensárselo dos veces.

Subió y bajó un par de los interruptores al azar, notando bajo el dedo el chasquido seco y áspero de un mecanismo que llevaba demasiado tiempo sin usarse, sin ningún resultado más allá de ese ruido inútil repitiéndose una y otra vez.

Se quedó mirando la caja entera con una sensación extraña de derrota que no tenía nada que ver con el cableado de la casa.

Probó a llamar a Adrián, y el teléfono, después de dos tonos entrecortados, no llegó a conectar del todo, dejándole solo un silencio raro y comprimido antes de cortarse.

—Nada —dijo, guardándose el móvil, con una voz que le costó mantener firme—. Tampoco hay manera de localizarlo.

Volvieron a la cocina, donde la luz gris de la mañana entraba ya de lleno por la ventana sin necesidad de ninguna lámpara que la complementara.

Mateo, sentado a la mesa con las manos alrededor de una taza de agua fría porque no había manera de calentar nada, sintió que la casa entera, que hasta el día anterior le había parecido un pequeño paraíso prestado, empezaba a encogerse a su alrededor con una densidad nueva y nada agradable: sin luz, sin cobertura de verdad, sin Adrián, sin saber cuándo iba a volver ninguna de las tres cosas, la sensación ya no era la de estar desconectados del mundo, cómodamente, por elección propia, como habían estado disfrutando hasta entonces.

Era la de estar aislados, sin que nadie les hubiera preguntado si era lo que querían.

—Oye —dijo Hugo, sentándose frente a él con una prudencia que delataba que también él notaba el cambio de humor en la cocina—, ¿estás bien?

—Estoy bien.

—Mateo.

—Estoy bien, Hugo, en serio —lo dijo con más sequedad de la que pretendía y se arrepintió al instante, viendo cómo Hugo se replegaba un poco en la silla, herido sin decirlo—. Perdona. Es solo que llevo una mañana rara.

Y ahí estaba otra vez, pensó —el mismo pensamiento que llevaba dos días apartando cada vez que asomaba y que hoy, sin luz, sin cobertura y sin saber siquiera dónde estaba Adrián, ya no tenía fuerzas para seguir apartando—, mirando a Hugo al otro lado de la mesa con una mezcla de cariño y de un resentimiento pequeño y vergonzoso: si Hugo no se hubiera empeñado en traer a Sergio, quizás ahora mismo sería él quien estuviera con Leo en algún sitio, feliz, en vez de Sergio, y quizás Mateo no tendría que estar viendo, con una claridad cada vez más dolorosa, la química evidente que había entre Leo y Hugo, la misma que Hugo llevaba todo el fin de semana regalándole a otra persona con una generosidad casi heroica que a Mateo, en el fondo, le partía un poco el corazón por él.

Podría habérselo dicho. Podría haberle dicho, sin crueldad, que su propia obsesión de siempre, esa manía suya de perseguir a quien no le hacía caso, le había costado esta vez algo que de verdad le convenía, y que quizás debería aprender, por fin, a distinguir entre las dos cosas.

No lo dijo. Se tragó el pensamiento entero, con el mismo esfuerzo con el que se traga un veneno que uno prefiere sufrir a solas antes que compartir con nadie, y en su lugar se levantó, buscando en la despensa algo que pudiera comerse sin necesidad de electricidad.

—Vamos a desayunar pan con lo que sea que no necesite calentarse —dijo, con una falsa normalidad que sostuvo a duras penas—. Y luego ya veremos qué hacemos con el resto del día.