Capítulo 14 #3
—Siéntate un momento —dijo Leo, sin levantar la vista, dando una palmadita al tronco a su lado.
Hugo obedeció, notando bajo las piernas la corteza áspera y todavía tibia del sol de la tarde, y esperó, con el corazón algo acelerado porque una parte de él ya sabía, con esa certeza incómoda que se llega antes incluso que las palabras, que lo que estaba a punto de escuchar iba a cambiar algo, aunque todavía no supiera cuánto ni de qué manera.
—Lo que has visto no tiene ninguna explicación razonable —empezó Leo, despacio, meditando cada palabra de una manera que Hugo no le había oído nunca hasta entonces—. Podría inventarme algo. Se me dan bien las mentiras, cuando quiero. Pero no quiero. No contigo.
—Leo, me estás asustando un poco.
—No quiero asustarte. Es justo lo contrario de lo que quiero —Leo se giró por fin a mirarlo, y en su cara, iluminada ya por el azul cada vez más denso del atardecer entre los árboles, había algo que Hugo no reconoció al principio, porque nunca lo había visto en él: miedo de verdad—.
Los rumores. Los del pódcast de Sergio, los de las redes, todo eso que de los que lleváis varios días riéndoos.
No son del todo mentira. Yo soy... —dijo y se detuvo, buscando la palabra con un esfuerzo casi físico—. ...algo muy parecido a lo que dicen.
El bosque siguió sonando exactamente igual que un segundo antes —el mismo pájaro, el mismo viento entre los pinos— y a Hugo le pareció, durante un instante absurdo, que aquella indiferencia del mundo entero era lo más extraño de todo, que algo tan enorme pudiera decirse en voz alta sin que ni una sola hoja se moviera de manera distinta.
—¿Una máquina? —repitió, muy despacio, probando la palabra en su propia boca, como si necesitara oírsela decir a sí mismo para empezar a creérsela—. ¿Como un robot?
—Más o menos. Aunque esa palabra se queda corta para explicarlo bien, y ahora mismo no tengo ni la energía ni el valor para intentar explicártelo mejor.
Hugo se quedó en silencio un buen rato, con la vista perdida en el pantano que se adivinaba ya solo como una mancha más oscura entre los árboles, dejando que la información se asentara despacio, poco a poco: la fuerza con la que acababa de tumbar a dos hombres adultos sin apenas esfuerzo, la manera en que nunca parecía cansarse de verdad, ni tener frío de verdad hasta que decidía tenerlo por él, aquella facilidad suya para hablar de las cosas más simples como si fueran nuevas, como si el mundo entero le resultara todavía asombroso de una manera que ningún ser humano adulto conseguía ya sentir.
Todo encajaba, de golpe, con una claridad retrospectiva que resultaba casi vertiginosa.
Leo se pasó una mano por la cara, con un gesto de cansancio que a Hugo, después de todo lo que acababa de aprender sobre él, le costó encajar.
—Y ahora te toca a ti decidir qué haces.
Podrías tenerme miedo. Sería razonable. O podrías querer que me aleje, que también sería razonable.
O podrías odiarme por no habértelo dicho antes, cuando he empezado a contarte otros secretos como si fuera lo más normal del mundo —dijo y se rio, un sonido corto que no tenía nada de alegre—.
Llevo toda la tarde pensando en cómo sería este momento, si es que llegaba, pero en ninguno de los escenarios que me he imaginado salía bien.
Hugo lo miró entonces con atención, de verdad, quizás por primera vez desde que se habían conocido con esa mirada nueva que exigía lo que acababa de revelarle, pero lo que encontró no fue nada distinto de lo que ya conocía: los mismos hombros anchos hundidos con la misma inseguridad infantil de siempre, la misma vulnerabilidad que llevaba todo el fin de semana enseñándole sin ningún filtro, el mismo Leo que se había metido en su cama para darle calor sin pedirle permiso, que había insistido en compartir cuarto por pura terquedad generosa.
Y entonces, para su propia sorpresa, Hugo se echó a reír.
No fue una risa nerviosa, ni una risa de shock buscando una salida cualquiera.
Fue una risa que le subió desde algún sitio muy hondo del pecho y que se le escapó entera, doblándose un poco sobre sí mismo con las manos en las rodillas, mientras Leo lo miraba con una alarma creciente que no hizo sino que a Hugo le costara todavía más parar.
—¿De qué te ríes?
—De nada. De todo —dijo Hugo y se limpió una lágrima de la risa con el dorso de la mano, todavía sin poder parar del todo—.
Es que desde que te conocí he pensado que eras la persona más maravillosamente rara que había conocido en mi vida y ahora resulta que tengo una explicación perfecta sobre el por qué y no sé, me hace muchísima gracia.
Y también un poco de alivio, la verdad. Empezaba a preocuparme que fueras tan bueno de una manera que no sabía explicarme.
—Entonces... ¿no me tienes miedo?
—Leo —Hugo se giró del todo hacia él, con una calma que le sorprendió a sí mismo—.
Acabas de reducir a dos matones el doble de grandes que tú sin despeinarte, para protegerme a mí.
Si tuviera que tenerte miedo por eso, tendría que habértelo tenido ya hace un rato, cuando ha pasado, y en cambio lo único que he sentido ha sido muchísimo alivio de que estuvieras de mi lado.
Lo que seas, o lo que no seas, no cambia nada de eso.
Sigues siendo el tío que se ha mudado a un cuarto diminuto solo para que yo no durmiera solo la primera noche.
Algo se deshizo en la cara de Leo entonces, un alivio tan completo y tan repentino que pareció, por un segundo, que también él fuera a echarse a llorar, aunque en lugar de eso lo que hizo fue levantarse de golpe del tronco, tirar de Hugo también hacia arriba con una fuerza que ya no le intentó disimular ni un poco y abrazarlo con tanta energía que lo levantó unos segundos del suelo, arrancándole a Hugo una risa ahogada contra el hombro de Leo, aplastada por el propio abrazo.
—Gracias —dijo Leo, contra su pelo, con una voz que sonaba distinta a como Hugo la había oído nunca, más ligera, como si le hubieran quitado de encima un peso que llevaba cargando demasiado tiempo—. En serio. No tenías por qué reaccionar así.
—Claro que sí.
Lo dejó en el suelo, y se quedaron los dos ahí un momento, riéndose sin ningún motivo concreto salvo la pura descarga de adrenalina y alivio mezclados, con el bosque ya casi azul del todo alrededor y las primeras luces del chiringuito, allá abajo, empezando a distinguirse entre los troncos como una promesa de música y de gente y de la noche que todavía les quedaba por delante.
—Venga —dijo Leo, al fin, secándose los ojos con el dorso de la mano y recuperando, de golpe, todo su entusiasmo habitual, como si el susto entero no hubiera sido más que un charco que acababan de saltar—, que se me hace tarde para mi cita.
Bajaron el resto del camino casi corriendo, empujándose el uno al otro entre risas, con esa ligereza de quien acaba de soltar un peso que no sabía que llevaba encima.