Novios con chip Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

El del tatuaje se giró hacia Leo con la sonrisa todavía puesta, recorriéndolo de arriba abajo con la misma mirada rápida y desdeñosa con la que había medido a Hugo minutos antes, sin que pareciera encontrar en aquel repaso nada que le hiciera reconsiderar nada: un chico grande, sí, pero de los que sonríen demasiado y hablan con demasiada dulzura para saber pelear de verdad.

Como si aquella advertencia le pareciera, más que una amenaza, una broma que añadir a la noche.

—¿O qué?

No hubo ningún segundo intermedio, ninguna escalada que Hugo pudiera seguir con claridad después, al intentar recomponer lo sucedido: un instante el hombre tenía la mano apoyada en el pecho de Hugo, y al siguiente estaba en el suelo, sentado de golpe sobre la tierra del claro con una expresión de incomprensión absoluta en la cara, como si su propio cuerpo hubiera decidido, sin consultarle, dejar de sostenerse en pie.

Leo se había movido con una rapidez que no encajaba con nada de lo que un cuerpo humano, por entrenado que estuviera, debería ser capaz de hacer —un solo gesto, apenas un empujón que a ojos de cualquiera habría parecido comedido, casi suave, y sin embargo bastó para que el hombre saliera despedido más de un metro entero, como si lo hubiera golpeado un coche y no una mano.

El flaco de la gorra, el que se llamaba Noé según su amiga, dio un paso adelante con un puño ya en alto, y Leo, sin que a Hugo le diera tiempo siquiera a gritar una advertencia, lo esquivó con un movimiento tan fluido que parecía coreografiado de antemano, y le devolvió el golpe con algo que no llegó ni a ser un puñetazo completo —apenas un toque, del revés de la mano, casi displicente— que lo tumbó igualmente, sin que Leo pareciera haber hecho ningún esfuerzo real por conseguirlo.

—Nadie más quiere intentarlo, ¿verdad? —dijo Leo, y aunque el tono seguía siendo el suyo, aquella misma voz cálida de siempre, había debajo algo distinto, algo que hizo que el resto del grupo retrocediera de golpe hacia los coches sin necesidad de que nadie dijera nada más.

La chica que seguía grabando bajó la vista un instante hacia la pantalla, quizás solo para comprobar que lo tenía todo, pero se la encontró congelada en un cuadro de estática gris que no recordaba haber visto nunca en aquel móvil, sin que el botón lateral, por mucho que lo pulsara mientras retrocedía con los demás, consiguiera que el móvil reaccionara.

Los dos hombres en el suelo se incorporaron a trompicones, sin mirar atrás.

En menos de un minuto el claro entero se vació entre puertas de coche cerradas de golpe y un motor arrancando con las ruedas patinando sobre la gravilla suelta, dejando tras de sí solo el eco decreciente del motor perdiéndose sendero abajo y el silencio del bosque, de repente enorme, cerrándose de nuevo sobre los dos.

Hugo se quedó donde estaba. No se había movido cuando el ruido del motor se apagó del todo, ni cuando el propio bosque, a su alrededor, retomó sus sonidos habituales —un pájaro, el viento entre las copas— con la misma indiferencia de antes.

El temblor, que durante la propia agresión apenas había tenido tiempo de sentir, le llegó entero justo entonces, cuando ya no había ningún peligro inmediato del que protegerse: le empezó en las manos, le subió por los brazos y en cuestión de segundos tenía todo el cuerpo sacudiéndose con una intensidad que no conseguía controlar por más que respiraba hondo, una y otra vez, sin que sirviera de nada.

—Hugo —Leo se acercó despacio, con las manos abiertas y una cautela que no le había visto usar nunca—. Oye. Mírame.

Hugo no consiguió mirarlo. Tenía la vista clavada en un punto impreciso del suelo y el temblor no remitía.

En algún rincón de la cabeza, mezclado con el miedo mismo de la agresión, había otra cosa distinta y mucho más difícil de nombrar: la imagen de aquel hombre saliendo despedido por los aires como si no pesara nada, y de Leo, quieto a su lado, sin haber sudado ni una gota.

—¿Estás bien? —Leo se agachó frente a él, buscándole la mirada—. ¿Es por el susto? ¿O es que...? —No terminó la frase, y a Hugo, incluso en el estado en que se encontraba, no le costó adivinar cuál habría sido el final: ¿o es que ahora me tienes miedo a mí?

Pasaron varios segundos sin que Hugo dijera nada, sin que su cuerpo dejara de temblar y Leo se puso en pie a medias, como si estuviera a punto de echar a correr hacia la casa.

—Podría ir a por el coche. Tardaría cinco minutos, si corro.

No llegó a incorporarse del todo, sin embargo, y volvió a sentarse junto a Hugo casi al momento, negando con la cabeza para sí mismo.

—No. No quiero dejarte aquí solo, así, después de esto.

Y tampoco me fío de que a esa gente no se le ocurra volver.

Siéntate un momento —dijo finalmente, guiándolo con una mano en la espalda hacia un tronco caído junto al camino y Hugo se dejó llevar sin oponer ninguna resistencia, dejándose caer sobre la madera húmeda sin que le importara lo más mínimo mancharse los pantalones.

Leo se sentó a su lado, buscando con la mirada algo, cualquier cosa, que pudiera servir de ayuda, hasta que se acordó de la bolsa que Mateo les había dado antes de salir —«por si os entra hambre antes de llegar»— y la sacó de la mochila con una urgencia desproporcionada, como si aquel puñado de frutos secos pudiera arreglar algo de lo que acababa de pasar.

—Toma. Come algo. A veces ayuda tener algo que hacer con las manos.

Hugo cogió un puñado sin mirar siquiera lo que era, todavía con la vista perdida, y se lo llevó a la boca de manera completamente mecánica, masticando sin ningún interés real, mientras Leo lo observaba con la misma atención con la que se observa algo que está a punto de romperse.

El picor llegó sin ningún aviso previo.

Empezó como un cosquilleo en la punta de la lengua que Hugo, todavía abstraído, apenas registró, pero en cuestión de dos segundos se convirtió en un incendio completo que le subió por el paladar, le bajó por la garganta y le hizo brotar lágrimas de los ojos con una violencia que no tenía nada que ver con el miedo ni con la agresión ni con nada de lo demás.

—AGH —Hugo escupió lo que le quedaba en la boca directamente al suelo, sin ningún decoro, y soltó la bolsa entera como si acabara de descubrir que dentro había una tarántula—. ¿Qué es esto?, ¿QUÉ ES ESTO?

—¿Qué? —Leo, todavía en modo de alerta máxima, se puso en pie de un salto—. ¿Qué pasa? ¿Qué te ocurre?

—¡Los frutos secos estos! —Hugo se abanicaba la boca abierta con la mano, sin ningún resultado real, mirando a su alrededor con una desesperación que en cualquier otro contexto habría resultado ridícula y que en aquel momento le pareció, sinceramente, razonable: habría bebido de un charco de barro con tal de que aquello dejara de arder, pero no había ningún charco a la vista—.

Pican. Pican muchísimo. Leo, creo que la lengua me arde de verdad.

Leo se quedó un momento mirándolo sin entender del todo, con la misma cara de alarma con la que llevaba los últimos cinco minutos, hasta que la situación entera —Hugo, que hacía nada estaba temblando de miedo, ahora agitaba la mano delante de la boca abierta como si acabara de tragar fuego— empezó a resultarle, poco a poco, mucho menos una emergencia y mucho más otra cosa.

—¿Están picantes?

—¡Queman! —Hugo cogió un puñado de hojas del suelo, consideró si masticarlas ayudaría en algo, pero acabó por descartarlas—. Sinceramente, Leo, creo que preferiría que me hubiera pegado ese tío del tatuaje. Esto es peor. Mucho peor.

Fue esa frase, más que ninguna otra cosa, la que hizo que a Leo se le aflojaran por fin los hombros y una risa —la primera desde que había empezado todo— se le escapó antes de que pudiera contenerla.

—No tiene gracia —protestó Hugo, aunque él mismo, entre latigazo y latigazo de picor, ya no consiguió aguantarse del todo la risa tampoco.

Leo se agachó, recogió la bolsa caída del suelo, y sacó un par de cacahuetes con una curiosidad que no tenía nada de precavida.

—Leo, ¡no!

Comió unos cuantos de todos modos, masticando con una expresión de concentración absoluta mientras esperaba el veredicto de su propio cuerpo.

—Tampoco es para tanto —dijo, al cabo de un segundo, aunque enseguida frunció el ceño, sorprendido—. Bueno. Algo sí. —Cogió otro puñado de todos modos, sin que aquello pareciera disuadirlo lo más mínimo—. Pero están buenos. Saben a lima.

—¿Cómo puedes seguir comiéndolos?

—No sé. Es agradable, en plan raro —dijo Leo encogiéndose de hombros y ofreciéndole otra vez la bolsa a Hugo, que la rechazó con las dos manos levantadas como si fuera un arma cargada.

Se quedaron así un rato, Hugo recuperando poco a poco el aliento entre risas y latigazos de picor, y Leo comiendo cacahuetes de una bolsa que hacía dos minutos había estado a punto de provocar una desgracia, hasta que el temblor de Hugo, sin que ninguno de los dos lo comentara en voz alta, se había ido calmando del todo, sustituido por algo mucho más parecido a un alivio agotado.

—¿Volvemos a casa? —preguntó Leo, ya más serio, guardando la bolsa—. Creo que es lo mejor, después de esto.

—Ni hablar —Hugo se limpió los ojos, todavía llorosos, con el dorso de la mano—. Si he sobrevivido a esos cacahuetes, creo que podré con lo que sea. Vamos al chiringuito.

Leo lo miró un momento, con una mezcla de alivio y de algo más difícil de nombrar, y asintió, ayudándolo a levantarse del tronco con la misma fuerza tranquila de siempre.

Caminaron un trecho en silencio, uno al lado del otro, hasta que Hugo, con la voz todavía un poco ronca de la risa y del picor, se atrevió por fin a decir lo que llevaba diez minutos evitando.

—Leo. Ese tío ha salido volando. Literalmente volando.

Leo no contestó enseguida. Se apartó un poco, hacia el tronco caído de un pino viejo que bordeaba el claro, y se sentó en él con un gesto que no tenía nada de su habitual desparpajo, los codos apoyados en las rodillas, la mirada perdida en algún punto del suelo.